El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

Pelea de comadres…

Después de unos días de descanso en hermosos pueblecitos de Cundinamarca y Tolima, abro periódicos viejos para tratar de actualizarme y veo que durante la primera semana laboral de 2013 sonó con insistencia en los medios el enfrentamiento verbal (cero ideología, cero pensamiento político, cero propuestas) entre los pesos pesados de la politiquería, perdón, de la política: el presidente Santos y el expresidente Uribe.

Uno, que apenas puede ver los toros desde la barrera, solo puede atinar a hacer un recorderis de la manera como llegaron estos dos señores a la cima de la presidencia. Pero, para ello, debo aclarar que si en un momento sentí cierta afinidad con el presidente Uribe en esta hora no hay nada que compartir con él. En cambio con Juanma, ¡nada, nunca!

Uribe batió récord de popularidad tanto en las dos elecciones en que resultó elegido presidente como en las encuestas. En su momento, fue el líder político más popular en América Latina con guarismos arriba del 70%, difíciles, casi imposibles de igualar. Fueron casi ocho años en la cima de la popularidad, lujo que muy pocos líderes del hemisferio pueden darse.

Que Uribe haya hecho honor a ese cariño popular no es tema de este comentario. Pero sí se puede decir que mejoró en varios aspectos, por ejemplo, en que la gente estaba “secuestrada” en sus ciudades porque le daba miedo viajar por carretera. Miedo por las famosas pescas milagrosas que eran pan nuestro de cada día. Desconocer ese avance es imposible.

Fue una larga luna de miel que empezó a decaer cuando los colombianos nos dimos cuenta de que el presidente estaba manejando a Colombia como si fuera “el Ubérrimo”, es decir, como si fuera una gigantesca finca lechera de su propiedad. En algún momento sentimos que no nos gobernaba un presidente sino un capataz, irascible, terco, autoritario, autócrata y grosero (le doy en la cara, marica).

Mal que bien, Alvarillo aglutinó en su entorno a mucha gente de diversas calidades. Construyó un movimiento político tan fuerte y tan poderoso que fue capaz de elegirlo dos veces y estuvo a punto de elegirlo por tercera vez. El uribismo logró mayorías en Senado y Cámara, ganó las principales gobernaciones y alcaldías del país; en otras palabras, erigió un “ismo”, el uribismo, que va a ser muy difícil superar en los próximos años.

Por otro lado, el entonces “presidenciable” Juan Manuel, desde el curubito del poder como ministro de defensa, les decía a cuantos quisieran oírlo que él era uribista de raca mandaca. Que Uribe era su jefe y que él era un soldado raso de esa colectividad y que se postularía únicamente cuando su jefe declinara una nueva candidatura. Juan Manuel solo cumplía órdenes y hablaba con una humildad rayana en el servilismo. Y la gente le creyó.

En plena campaña aún gritaba a los cuatro vientos que él era el candidato del popular uribismo. Ello, sin lugar a dudas, es una muestra contundente de lo que es un político colombiano: astuto, rastrero, y maquiavélico, en el mal sentido. Claro; si se hacen las cuentas, Santos es quizás el único presidente que llegó al solio de Bolívar sin tener en su haber un solo voto. Santos salió elegido porque le dijo al pueblo elector que iba a continuar la obra de Uribe. Discurso muy apropiado y certero en momentos en que Alvarillo aún tenía entre el bolsillo de su chaqueta de chalán al 75 por ciento de favorabilidad en las encuestas. Y Uribe cayó en la trampa y le endosó los votos. Por eso puede decirse que hoy tenemos a Santos como presidente con los votos del uribismo.

Pero apenas fue elegido presidente, Juanma mostró el cobre; en las primeras de cambio, en la confección de su primer gabinete el uribismo que decía representar sufrió el primer garrotazo. Y Uribe, que no es bobo, lo sintió. Y empezó a hacer lo que nunca debió hacer: agarrarse a golpes de prensa con quien hablara mal de su gobierno y a despotricar de Santos. Abrió una cuenta en twitter y desde entonces no ha hecho más que destruir por ese medio la imagen que había logrado en sus dos mandatos. Y utiliza un lenguaje guerrerista que solo alimenta el odio y la polarización.

Santos, con su sonrisita socarrona y bobalicona, puso a su exjefe a trinar de la rabia a toda hora. Llevan más de dos años en una pelea que a ratos parece una reyerta de verduleras. Que el mar territorial que se perdió con Nicaragua fue por culpa del gobierno Uribe. Que Santos es un mentiroso. Que los falsos positivos son obra del ministro Santos. Que tuvo tres años para denunciar al general Santoyo pero no lo hizo. Que Santos es una canalla que pone a sus ministros a calumniar a Uribe. Que ahora que Uribe se puso más bravucón que de costumbre, Santos está dispuesto a destapar las ollas podridas del anterior gobierno, en fin. En peleas de comadres se descubren las verdades.

La opinión pública se pronunció por medio de una encuesta y dijo que es necesario ponerle fin a esta pendencia. Con eso no se construye país y sí se crea caos y anarquía. Pero por desgracia, esto  ha sido así desde tiempos inmemoriales. Recuerdo a mi tío Epaminondas, que Dios lo tenga en su santa gloria, cuando decía a propósito de las peleas de Laureano Gómez con su homólogo Alfonso López Pumarejo: “esos dos aparecen en los periódicos como si fueran enemigos pero en la realidad son compadres que se beben todo el whisky del mundo, se reparten el poder, se burlan de la gente”. En el fondo, las falsas peleas son por el poder político y por el bolsillo de los electores. ¿Será eso lo que ocurre con Santos y Uribe?

Total, ni fu ni fa. Sabemos que hay uribismo con el poder político de los votos y santismo por el poder de la burocracia y el ponqué presupuestal. Uribe es un bravucón que todavía se cree el Mesías que salvará a Colombia y Santos es un usurpador de un movimiento que él mismo se encargó de apabullar desde su posición de jefe de Estado. ¿Diferencias entre los dos? Uribe es intelectualmente como veinte juanmanueles.  Porque al menos sabe hablar. Santos ostenta un discurso pobre, dubitativo, chabacano y escaso. Pero tiene la sartén por el mango y se tira el billete. Uribe, si bien no es la flor de la elocuencia, por lo menos muestra convicción. Pero olvida que los colombianos no somos sus peones. Y hace esfuerzos desesperados y agónicos por recuperar el mango de la sartén.

Colofón: lo único bueno que deja esta reyerta entre los mandamases de Colombia, es que el pueblo puede verles la cara real a sus dos máximas figuras políticas. Ve una moneda con la cara del cinismo y la pobreza conceptual, y el sello con la efigie del autoritarismo. Un eterno aprendiz de gentleman y un chalán pueblerino con mucha habilidad para administrar fincas. ¡Horror, y son los que mandan!

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