El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

Ocho años de Santos. Pa´ qué más…

Me muevo en ambientes académicos e intelectuales, lo cual no significa que yo sea lo uno o lo otro. Pero lo digo para explicar la gran extrañeza que ronda entre personas pensantes y preocupadas por el futuro de Colombia: de tantos profesores universitarios y de decenas de cientos de estudiantes con los que he hablado de ese tema, con una exigua y peregrina excepción, nadie, en absoluto, aprueba al gobierno Santos y mucho menos su cacareada reelección.

 Y tienen toda la razón; claro, un presidente al que se le cae la reforma a la educación, que no fue capaz con la reforma a la justicia, que ni siquiera ha intentado una reforma política, que no le anda la reforma a la salud, que su reforma tributaria es una grosería que no entiende ni el ministro respectivo, y además aprobada de afán porque los legisladores estaban listos para irse ¡de vacaciones!, es un presidente malo al que lo único que le funcionan son las encuestas.

 En su corto discurso de relanzamiento, al presidente Santos no le alcanzó el tiempo para hablar del paro agrario, del paro camionero de la bomba de tiempo que es la región del Catatumbo, y más bien se dedicó a hablar pendejadas sin sustento real; habló de un país de cucaña, con ríos de miel y leche, que no existe; dizque dos millones de empleos, reducción de la pobreza, y otras bobadas dignas del bobo de Sábados Felices. A decir cosas que a un gentleman presidente le quedan muy mal porque el pueblo lo conoce. Por eso es difícil aceptar que las dichosas encuestas las hacen con gente del común. “No me crean tan pendejo”, afirmó el tío Anselmo cuando le leí la última encuesta de Datexco.

De cuál infraestructura vial hablará don Juan Manuel, si por donde uno viaja, por donde viaja la gente y que se registra en los noticieros de televisión, son trochas propias de un país atrasado y corrupto que tiene mucha riqueza pero una muy perversa clase dirigente. ¿Prosperidad? De la única prosperidad que puede hablar don Juanma es la de los 267 congresistas que se ganaron por decreto presidencial un raquítico aumento de sueldo de 8 millones mensuales. Claro, de eso también se olvidó en su discurso de relanzamiento.

Tampoco recordó el presidente hablar del problema cada vez más crítico con Nicaragua, un paisito corrupto y debilucho que, sin embargo, tiene en jaque a Colombia por cuenta de la desidia de altos funcionarios de la cancillería a quienes les importa más la nómina de corbatas derrochadoras e improductivas alrededor del mundo que la soberanía nacional. Y la comunidad internacional burla burlándose de nosotros por cuenta del infantilismo de las reacciones oficiales. Parecemos párvulos con declaraciones como “Nicaragua descubrió que el agua moja”. Damos a entender que necesitamos un fallo de la Corte Internacional de Justicia pero cuando lo proclaman lo desconocemos y lo consideramos inaplicable. ¡Vergüenza internacional!

Quién, al analizar este caso de Nicaragua no lo asocia con el funesto episodio de Panamá a principios del siglo XX. Colombia era gobernado por José Manuel Marroquín, un personaje más preocupado en la elaboración de sus diccionarios que en los problemas de un país caótico y guerrerista al que, sin embargo, se le abrió la tarasca cuando le mostraron 25 millones de dólares de la época por cerrar la j… ante  el despojo de un territorio vital para el desarrollo de Colombia  y América Latina pero que terminó cediendo ante el poder de Estados Unidos que aprovechó el meimportaunculismo de Colombia para hacerse a los derechos del canal por cien añitos. ¿No estará pasando lo mismo con la riqueza marina del área en conflicto, en el que además debe haber mucho petróleo? Y el gobierno de Juanma y de Mariangelita, ¿qué?

La reelección de Juan Manuel Santos se está cocinando con la leña del proceso de paz. Si se le da, bienvenida. Todos los colombianos no solo la deseamos sino que la merecemos. Y se equivoca don Juan Manuel cuando dice que hay colombianos enemigos de la paz. Lo que hay son uribistas enemigos suyos que le quieren cobrar su inocultable traición al hombre de los votos. Pero que quede claro, presidente: no hay ni un solo colombiano que no quiera la paz. El presidente demanda del pueblo apoyo para la paz pero él no apoya al pueblo. ¿Una prueba? El infame aumento del ingreso para los 267 personajes que solo le hacen daño a Colombia desde el “sagrado” recinto del Congreso de la República.

Otra “cosita”, que debería saber don presidente: no es cierto que él sea imprescindible y que sea absolutamente necesario reelegirlo para “terminar la tarea”, porque si Colombia elige a otro, ese otro TIENE LA OBLIGACIÓN CONSTITUCIONAL Y POLÍTICA de seguir avanzando en el proceso de paz. Ese otro, que no se sabe quién pueda ser, debe continuar pero cambiando la estrategia: en vez de mesa de conversaciones debe implantar una mesa de NEGOCIACIÓN. Las FARC no van a ceder todo lo que han ganado en cincuenta años de conflicto ni el Estado va a derrotarlas. De modo que hay que negociar, lo cual significa ceder en muchos puntos aunque ni al Ubérrimo ni a mi primo Pachito les guste la idea.

El presidente Santos, pues, cada vez que abre la boca la embarra. La embarra para los millones de colombianos que NO participan en las encuestas. Y acierta para los 500 o 600 gatos que, se supone, las contestan. Y esos escasos gatos ponen a la clase dirigente a protagonizar reyertas de verduleras. Juan Manuel Galán contra Simón Gaviria. La U contra Cambio Radical. Polo Democrático alternativo contra Progresistas.  Horacio Serpa contra la decencia, Uribe contra medio mundo. El procurador, contra la indecencia de hacer política desde la Casa de Nariño. Todos ellos en pos del poder. En fin. Pero aun así lo que refresca el alma es que nunca como ahora, con las redes sociales tan activas, se nota la manifiesta animadversión por un mandatario impopular al que, repito, lo único que le funcionan son las encuestas.

Ahora, lo deprimente: no hay un personaje capaz de ganarle la elección a Santos. Y menos con el inmenso poder de la maquinaria y el tesoro público a su favor. No es una visión pesimista; es una visión real. Los colombianos no tenemos esperanzas. La clase política nacional, la plutocracia industrial, comercial, los jueces, las instituciones, algunos medios de comunicación con sus omnipotentes periodistas alineados con el poder, están acabando con nuestra nación. La brecha entre la opulencia y la miseria es cada vez más evidente e imposible de superar. Triste pero cierto.

Colofón. Insisto: una acción desafiante y abiertamente provocadora, como el aumento de las mesadas en casi 8 millones para los 267 congresistas, sin una explicación sensata, sin una justificación real, es una acción que dice claramente qué va a ser de los colombianos en el próximo futuro. Son aproximadamente 2.100.000.000 (DOS MIL CIEN MILLONES DE PESOS ¡MENSUALES!) Este gobierno, manirroto como el que más, va a hacer lo que sea por lograr sus propósitos. ¡Pobres colombianos!

 

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