El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

Génesis de la violencia o las conciencias tranquilas

Gobernador de Guainía fue condenado a cinco años de prisión por compra de votos. En Bogotá se pagaban millones de dólares para ceder contratos: testigo. Alcalde de Bogotá a la cárcel por carrusel de contratación. Descubren municipios con censo electoral mayor que la población proyectada. Nancy Patricia Gutiérrez, a juicio por tráfico de influencias. Cinco años de cárcel a ex concejales por robar dineros de la educación. Ordenan capturar a vicepresidente de la CUT por homicidio. La Contraloría indagará al ICBF por millonarios giros. A la cárcel irá funcionario de juzgado de Cúcuta por desfalco a Invías. Et sic de coéteris.

Estos no son propiamente titulares de una revista del corazón. Son apenas algunos encabezamientos de las noticias de los medios de prensa, sólo de la semana que termina. Pero suficientes para analizar el porqué de los problemas por los que atraviesa nuestro amado país, por cuenta exclusiva de nuestra también amada, sacrificada e incomprendida clase dirigente. Y pueden ser la explicación de nuestra carnal violencia.

Se generan tantas noticias alrededor del despilfarro, del robo descarado, de la desviación de recursos, de favorecimiento a terceros, en fin, alrededor de delitos protagonizados por los administradores del tesoro público, que uno como persona medianamente inteligente no tiene más remedio que ventilar en cuanto foro se le aparezca esta situación que, de veras, tiene en vilo a más de cuarenta millones de colombianos.

Esta semana se supo por algunos medios que una investigación arrojó datos tan espeluznantes como este: “en Colombia todos los días uno de cada nueve niños se va a la cama sin comer”. Pero no precisamente por falta de apetito o porque se quedó dormido viendo los realitis de RCN o de Caracol. No. Se fue a la cama sin comer porque no tuvo qué.

Todo ello es ampliamente conocido por la llamada opinión pública. Pero lo grave del asunto consiste en que esa opinión pública no hace el ejercicio completo. Porque si lo hiciera, tendría que relacionar los titulares de prensa acerca de la corrupción administrativa con la infame pobreza del niño que no tuvo qué comer, por ejemplo. Y actuaría en consecuencia. Intentaría salir del meimportaunculismo que nos tiene sumidos en la miseria.

No es tan difícil. Con una simple calculadora de bolsillo se puede sacar una cuenta aproximada de las cantidades de comidas básicas que podrían comprarse con los BILLONES vilmente saqueados en el carrusel de contrataciones del Distrito Capital.

Me explico: uno como lector interpreta las noticias acerca del alcalde  Samuel y de su carnal Iván. Las noticias de las actuaciones públicas de esas cumbres morales que son los señores Nule. De los traficantes de influencias, de los compradores de votos, de los desfalcadores del erario que,  léase bien, es dinero de propiedad exclusiva del pueblo soberano. Por aparte, como si fueran harina de otro costal, se leen las noticias de violaciones de niños, del hambre, de la miseria de ciertos sectores de la población; es decir, no se logra comprender que los casos están estrechamente relacionados.

Cuántas escuelas, cuántos parques, cuántos hospitales, cuántas viviendas podrían comprarse, repito, con tantos billones de pesos robados de manera inmisericorde. Cuánta hambre se podría erradicar con sólo una parte de esos dineros.

Pero si la gente que lee no relaciona, es decir, no hace la tarea completa, el presidente, los jueces de la República, los fiscales, toda esa larga nómina de funcionarios de los organismos de control, sí deberían pensar en el impacto de los robos, del delito. Y no debería temblarles la mano para descargar todo el peso de la ley a quienes así lo merecen. Pero lo que se ve y se palpa es un respeto absoluto, casi miedo, por la figura prominente de los delincuentes de “alta alcurnia”.

Cuando a un político corrupto (perdón por la redundancia) le comprueban sus delitos y le dan casa por cárcel o le condonan la pena por “buen comportamiento”, la justicia, ni más ni menos, se burla cruelmente de la gente que padece los horrores de la delincuencia de cuello blanco. Cuando a un hombre humilde que por un error –  inducido quizás por las penalidades generadas por un Estado corrupto y ladrón – le dan injustamente cinco o más años de prisión sin beneficio de excarcelación, la gente nota que se le están burlando en sus narices. Ese ciudadano anónimo sí sirve de escarmiento para los demás, pero los de cuello blanco no.

Pero el asunto no para ahí. Históricamente se sabe que la gente aguanta y aguanta pero llega a un límite. Y eso es lo que está ocurriendo en muchos lugares del mundo, incluido Colombia. Revueltas de campesinos, camioneros, trabajadores, estudiantes, amas de casa, que se sienten brutalmente maltratados por sus flamantes dirigentes, salen a las calles a bloquear vías de acceso, a dañar edificios públicos y privados, a golpear agentes de policía, a incendiar, etc. Aparece el vandalismo, el caos, la violencia. Esta semana que termina, por ejemplo, se dieron casos de estos en Quindío, Santander, Magdalena y Meta. Ah, y en Bogotá, por cuenta de estudiantes de la Universidad Distrital. Y ante esta situación, ¿qué hace el Estado? Reprime con la fuerza pública. Hace la fácil. Es decir, cambia violencia por violencia. Resultado, unas gotas más a la copa que poco a poco se llena.

Aclaremos. No solo no apoyamos sino que repudiamos todo acto de violencia venga de donde venga y vaya para donde vaya. Pero ello no es óbice para advertir que cuando la copa se llena y se rebosa, la conciencia popular es mucho más poderosa que las fuerzas de coerción.

Por esas razones, y hablando en serio, los altos estamentos oficiales deben medir el impacto de su irresponsabilidad. Estas revueltas populares pueden volverse inmanejables y en un momento dado pueden crecer – para utilizar la manida frase coloquial – como una bola de nieve. A todos los organismos oficiales, especialmente quienes administran recursos económicos y justicia, les corresponde analizar un poco más allá de los códigos, de la normatividad, de los protocolos. La gente siente que les están sacando la platica del bolsillo a la brava.

A manera de sana alerta, digamos que en Colombia está sonando el siniestro tic tac de una bomba de tiempo. La gente se está sintiendo acorralada y eso es más grave de lo que se piensa. Señores gobernantes, jueces, magistrados, parlamentarios: piensen un poco más en la real situación del país. No le paren tantas bolas al ex mandatario finquero, bravucón y buscapleitos y déjenlo que se mate solo. Olviden las rencillas personales. No le acepten más regalos ni francachelas a los Giorgio Sale. Frenen un poco la desmedida utilidad de la contratación pública fraudulenta. Hagan lo que en su momento pretendió hacer un brillante, demagogo y corbatinudo presidente cuando anunció con bombo y platillos: “tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

En otras palabras, aprovechen el debate electoral que se avecina para limpiar un poco la hedionda imagen que tienen de la política quienes se abstienen de votar. Pero háganlo con verdaderos actos de honradez y respeto. NO DEGÜELLEN LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO.

Colofón: los colombianos estamos hartos de oír de los funcionarios corruptos ¿redundancia? en trance de defenderse en los tribunales, que tienen la conciencia tranquila. Son conciencias tan deterioradas y oscuras que ya ni siquiera se les intranquilizan. ¿Cuánto miles de millones más se necesitarán para que se le intranquilice la conciencia a la cabeza visible del carrusel de la contratación pública distrital? ¡Bárbaros, la tapa!

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