El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

El problema es la cobarde indiferencia de la gente…

Los malos gobernantes no son el problema; el problema es la cobarde indiferencia de la gente.

Palabras más, palabras menos, era lo que proclamaba el líder negro Martin Luther King, adalid auténtico de la causa negra que pretendía poner fin al cruel racismo en los Estados Unidos, por allá en los años sesentas del siglo XX.

Es una situación que puede ser propia de casi todas las sociedades del mundo. Y Colombia, nuestra Patria querida, no es la excepción. Las últimas elecciones son la prueba de que a la gente no le interesa su propia suerte. Para decirlo con palabras más crudas que las de don Martin Luther, en nuestro país impera la antifilosofía del meimportaunculismo…

Se presentaron cinco candidatos con la mezquina aspiración de ganarse el mísero derecho de ser segundones para participar en una absurda, costosa y perversa segunda vuelta.

¿Quién ganó, quién perdió? En apariencia ganó el candidato del uribismo. Y perdió el candidato presidente. Bueno, pero ganaron los dos, dirán las cifras de la Registraduría. Digo en apariencia porque miserables 29 y 25% de los dos primeros, son cifras francamente deplorables. Y lo son porque suman apenas el 54% del pírrico 40% de ciudadanos que salieron a votar. Una interpretación certera dice que los colombianos no quieren a Santos, ni a Zuluaga ni mucho menos a Clarita, ni a Enriquito ni a Marthica. Una verdadera lástima que no lo hayan dicho en las urnas con el argumento del voto en blanco.

No solo perdieron los candidatos, sino que perdió Colombia. Pero el país ya había perdido desde antes, cuando se despejaron las cinco candidaturas, sencillamente porque NO HABÍA POR QUIÉN VOTAR. Uno de los dos candidatos va a ganar la presidencia pero Colombia de todas maneras pierde. Ya lo verán.

Zuluaga es un buen tipo y es posible que sea un buen dirigente. Pero la sombra de Álvaro Uribe le pesa mucho. Y le pesa mucho porque el expresidente se equivocó de cabo a rabo con su actitud hostil en los medios, en las redes sociales. Uribe nunca comprendió la magnitud de haber sido presidente por ocho años y desperdició el capital político que acumuló durante esos años. Las cifras dicen que no hay en la historia de América una figura política como él, que se dio el lujo de tener índices de aceptación popular por encima de los 75 puntos en el momento de su salida.

Porque nadie medianamente informado ignora que hubo muchas obras buenas en su gobierno. Pero tampoco es del caso negar que el abuso del poder, las chuzadas, los falsos positivos, su talante de capataz finquero, buscapleitos y camorrero, terminaron por crear entre la gente que lo aclamaba un sentimiento que oscila entre el descontento y el rechazo.

Incluso la tía Empera, liberal verraca de las antiguas, y conocedora de la política como pocos en el país, y todo con un humilde radio transistor como fuente informativa, me dijo: “sobrino, usté sabe que yo adoraba al Uribe. Pero se puso fue a güevoniar (vieja indecente) en las tales redes a vaciar a tuel mundo en vez de dedicarse a rascarse las… (En este momento se perdió la comunicación) como hacen casi todos los expresidentes. Y mire lo que pasó: que casi todo el mundo habla mal de él y por su culpa al pobre Zorrito se lo va a comer la mermelada.”

Santos ha dado suficientes muestras de su escasa habilidad para gobernar. Pero dispara en los medios cifras que no cree ni él mismo. Uno como ciudadano de a pie no entiende ni las cifras del DANE ni las cuentas alegres del ministro de hacienda, ni los cantos de sirena que aseguran que el país va bien, que hubo crecimiento, ni ninguna de esas tochadas en las que son expertos los economistas.

Lo único que entendemos es que hay déficit en salud, en educación, en vivienda, las carreteras son trochas pero con peajes de autopista europea. En lo único que hay superávit es en las cuentas de 268 congresistas que por obra y gracia de Juan Manuel Santos empezaron a recibir ocho millones de pesos mensuales más, como pago para apoyar las iniciativas presidenciales; el presidente los compra porque de todas las reformas que emprendió, la única que le aprobaron fue la tributaria a pupitrazo aleve cuando ya los HP (honorables parlamentarios) estaban de afán por salir  disfrutar de sus “merecidas” vacaciones fuera del país. Sin embargo, fue una reforma macheteada que no entienden ni los tributaristas más avezados.

Y qué decir de las campañas. Nunca como en esta se había visto tanta podredumbre. No solo porque parece una reyerta de verduleras sino que sus mensajes publicitarios carecen de sentido y no aparece en ellos ni una pizca de creatividad. Son mensajes chambones, ordinarios, sin coherencia, sin ideas. Santos y Zuluaga vetaron a la inteligencia porque no aparece por ninguna parte. Para ellos el argumento es la grosería y el insulto bajo y ruin. De veras da miedo saber que uno de los dos nos va a gobernar durante los próximos cuatro años. Y nos falta espacio para hablar de las alianzas desesperadas y de los apoyos macabros sedientos de mermelada y puestos.

El caso es que Colombia debe decidir entre Zuluaga y Santos. Porque ya ni el voto en blanco sirve de nada. Y uno se pregunta: ¿quién es el autor del bodrio legal que dice que la tercera opción del tarjetón es el voto en banco pero que este no tiene efecto? Así es Colombia. Y nadie dice nada.

Ya ni siquiera existe el consuelo de votar por el menos malo, como decían en los tiempos de Samper y Pastrana. Los colombianos estamos condenados a cuatro nefastos años de Santos, con un gobierno pegado con babas por una improbable y etérea firma de la paz, o a cuatro años de Zuluaga con la influencia quizás funesta de un Uribe poderoso en el Congreso y con toda la carga de un odio visceral contra todos los que no piensan como él. Como dijo el tío Anselmo: “toca escoger entre uno malo y otro pior”.

Colofón: ¿Alguno de mis caros lectores había sospechado siquiera una alianza Santos – Petro? O ¿Uribe – Pastrana a través de Zuluaga – Ramírez? Huelen feo esas alianzas. Y causan repulsión las fotografías de los legisladores que apoyan la mermelada presidencial con un argumento bobalicón: que están apoyando no a un candidato sino a la paz… Lo bueno: la clase política colombiana mostró con absoluta nitidez  su rostro deforme y monstruoso de la corrupción y la lascivia económica. ¡Dios, estamos en tus manos, protégenos!

 

 

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