El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

¡Brutos, más que brutos!

Todo tiempo pasado fue mejor. Frase retrillada que me sirve para rememorar épocas en que ser hincha de Millonarios era compartir la gloria de mi equipo, una ilusión inmarcesible, un estado del alma.

 Aunque casi perdido en el confín de la memoria, recuerdo un domingo de mi niñez por allá como del año 70, más o menos. Jugaban en el Campín Millonarios contra Nacional y los albiazules con el triunfo clasificaban a segunda ronda de la Copa Libertadores de América. El partido iba 1 – 0 pero, como siempre, Nacional nos empató en el minuto de Dios.

La decepción de nuestra alma de niños fue tremenda y el instinto de solidaridad nos lanzó a hacer algo impensable: saltamos la valla y, luego de eludir los bolillazos de los agentes del orden, nos metimos de contrabando en el camerino azul para ir a consolar a los jugadores. Recuerdo que en la boca del túnel uno de los directivos de Millos les dijo a los policías: déjelos pasar, yo respondo. Creíamos que el camerino sería un mar de lágrimas, pero ahí se dio la segunda decepción del día: los jugadores que acababan de moler nuestras ilusiones reflejaban en sus rostros todo, menos tristeza. A algunos como el “Chonto” Gaviria – ese defensa central dotado de una exquisita técnica como nunca más los hubo quizás en el mundo – lo encontramos cual barranquillero corroncho, con la grabadora al hombro y todavía con el uniforme puesto, oyendo salsa.

Ese día empecé a comprender que el fútbol es un hermoso deporte de multitudes pero también un negocio que se mueve al ritmo de las ilusiones de los aficionados. Y, ojo, estoy hablando de hace como cuarenta años, cuando las camisetas eran de Millonarios, o de Santa Fe o de Nacional, no de los patrocinadores.

No había sino un director técnico para todo el equipo. Ahora hay entrenador de arqueros, de delanteros, etc., y falta poco para que haya un técnico para cada una de las once posiciones. Ahora hay director deportivo, gerente deportivo, equipo de sicólogos, equipos asesores de imagen, manejadores, agentes internacionales, jefes de prensa, asesores de los asesores, y un largo etcétera de cargos inútiles. El fútbol, incluso en Colombia que es una liga de medio pelo en comparación con Italia o España, también es una danza de los millones. Cristiano Ronaldo o Lionel Messi no valen tanto por sus goles sino por la publicidad impresa hasta en sus propias retaguardias.

El único episodio que recuerdo de “violencia” en el fútbol corrió por cuenta de los primos Bonza, más grandes que yo, en mi colegio de primaria. Uno era hincha de Millos y el otro de Santa Fe. Pero también en ciclismo el de Millos era admirador de Cochise Rodríguez y el otro de Álvaro Pachón. Entonces las peleas que empezaban en la cocina de su casa se trasladaban a los recreos del colegio. Aun así, solo una vez se dieron en la jeta. Quizás podría decirse que se dieron cuenta a tiempo de que irse a las manos por unos ídolos era muy poco inteligente, por no decir estúpido.

Los primos Bonza deben estar hoy metidos de lleno en la tercera edad, consternados por la irracional manera de ver el fútbol. Cierto. Con tanta tecnología, en el siglo de la inteligencia, unos se matan con otros por una pinche camiseta que en muchas ocasiones es más sinónimo de delincuencia que de amor por el fútbol.

Eran otros tiempos. Cuando la edad lo permitió, se remataban los partidos en el Palacio del Colesterol, al calor de unas buenas canastas de pola al clima. Se hablaba del partido, se discutían las jugadas, se mencionaba inocentemente a la progenitora del árbitro por este haber pitado un penalti imaginario o por no haber pitado uno evidente. Pero no pasaba a mayores y todos salíamos juagados de la rasca, abrazados y contentos de haber disfrutado una tarde de fútbol, que en esa época era de poca táctica y muchos goles. Mejor dicho: eso sí era fútbol.

¿Buscar causas y responsables? Sí, pero para encontrar soluciones. Una causa es el “hinchismo” de micrófono. Algunos supuestos periodistas no comentan jugadas sino que destilan odio. Y ese odio se traslada a las redes sociales. Es muy triste ver en Facebook mensajes que no solo se tiran el idioma español sino que incitan a responder con más ferocidad. La violencia del fútbol no sale de las redes sino que se ventila ahí. Y da dolor y angustia  comprobar el bajo nivel de escolaridad de quienes “consumen fútbol”. Esa manifiesta escasez mental es el caldo de cultivo del terror en los estadios.

Otra causa: la venta de camisetas. Tener una camiseta del equipo amado es prueba de amor por él. Pues bien; antes los aficionados no iban al estadio con camisetas sino con banderas. Un equipo hoy es una fábrica de productos, es una marca. Un dirigente del Nacional hablaba por estos días de lo lucrativo que es vender camisetas. Cómo será de rentable, digo, que por eso cambian el diseño cada seis meses. Es un negocio patrocinado por una moda nefasta que genera violencia. Hay mamás que prohíben a sus hijos salir a la calle con camisetas de sus equipos por el peligro que ello representa. Todo por una maldita moda que ni siquiera es nuestra.

Lo perverso de la industria de las camisetas no es la camiseta en sí, sino la malsana fiebre que ella despierta. Y más perverso ver que los que se embolsillan el billete salen a los medios cada que hay un muertico a decir a grito herido que hay que acabar con la violencia en los estadios y fuera de ellos. Pero los descarados no están dispuestos a invertir en campañas educativas ni un centavo de lo que perciben por sus multimillonarias ventas.

La cruel realidad impone medidas de peso. Es cierto que no pueden pagar justos por pecadores y suspender el campeonato sería un disparate. Pero urge sentar un precedente pues ya son muchos y muy frecuentes los episodios con muerto incluido. También es cierto que no todos los aficionados son violentos de acción pero la mayoría los son de palabra. Lo verán con solo abrir una página cualquiera de Facebook poco antes o poco después de un partido.

Soluciones: ¿Represión policial? No, esto genera más violencia porque aficionados y policías parecen ser enemigos naturales. ¿Legislación severa? Hay quienes dicen que la violencia de los júlingans ingleses se acabó con penas severas. Allá en la “civilizada” Inglaterra una acción de las que son tan frecuentes en Colombia se paga mínimo con dos años de prisión efectiva. Los aficionados entran al estadio mediante el registro de su huella digital, de modo que los violentos no entran NUNCA más a un estadio de fútbol.

Pero el problema es que en Locombia no hay cárceles suficientes. Y si no hay cárcel para asesinos y ladrones consumados, tampoco la habrá para delincuenticos de estadio. Ni para homicidas al volante. Mejor dicho, en Colombia no hay solución para nada. En estos momentos lo único que importa es el proceso de Paz de la Habana y la reelección de Santos. El resto que CM.

Colofón: “me gusta” mucho este mensaje de Facebook: ¿Tú te haces matar por tu equipo de fútbol favorito? No, yo sí estudié… Refleja el pensamiento que ronda este comentario: delirar por un equipo de fútbol, comprar su camiseta al precio que sea, estar todo el día en las redes leyendo y escribiendo “mkdas” de fútbol es ESTÚPIDO. He dicho.

@elojodeaetos

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