El MERIDIANO 82

Publicado el El meridiano 82

Tras los Olímpicos, el Equipo de Atletas Refugiados mira su futuro

Yolande
Yolande Mabika ya volvió a sus entrenamientos en el centro de yudo. / © ACNUR-Benjamin Loyseau

Después de competir en los Juegos Olímpicos, Yolande y sus compañeros de equipo esperan haber dado la vuelta a la página del pasado.

La pesadilla se ha ido, pero los recuerdos quedan.

Yolande Mabika recuerda correr por su vida cuando rebeldes atacaron su hogar en Bukavu, al este de la República Democrática del Congo, hace más de 20 años. Ella tenía ocho. Esa fue la última vez que vio a su familia. Ellos huyeron en otras direcciones.

Recién competida en yudo durante las Olimpiadas como miembro del primer Equipo Olímpico de Atletas Refugiados, Yolande, ahora con casi 29 años, piensa que ya tal vez le dio la vuelta a la página de su pasado (lea los perfiles de los 10 refugiados que compitieron en los Olímpicos).

“Aún pienso en Congo, pero cada vez menos y menos, ahora para mí está en el pasado, y ya no pienso en mi familia todo el tiempo. Los recuerdos están ahí, pero el dolor ya no está. He aceptado que no los volveré a ver”, le dijo al Acnur en una entrevista.

“Ya no pienso en mi familia todo el tiempo”

Yolande fue recogida por un helicóptero militar, y fue llevada a la capital, Kinsasa, a un albergue para huérfanos y niños abandonados. Ahí, en un inicio, ella lloró mucho.

Después, ella empezó a practicar yudo como una forma de terapia. Cambió su vida. Ella dice que desarrolló un “corazón fuerte”. También ahí comenzó su viaje que terminó en los Juegos de Río de este mes.

Si ese capítulo de su vida ya terminó para ella, entonces será el legado más importante de estos Juegos.

“Brasil es mi hogar ahora y quiero quedarme para construir una nueva vida. Me gustaría trabajar con chicas jóvenes que no tuvieron suerte, como yo, y ayudarles a sobrellevar problemas como los que yo tuve”, ella explicó.

Primero, ella tiene asuntos sin terminar en la arena.

“Tuve esta competencia y ahora todo el mundo me conoce. No me detendré así. Continuaré entrenando. Competiré, para ser más fuerte”, prometió Yolande.

“Esa fue mi primera pelea desde que soy refugiada en Brasil. No me detendré. Ahora todo el mundo sabe que soy una atleta olímpica y continuaré entrenando para ser más fuerte en cada competencia”.

Yolande habló en el centro de yudo en un vecindario en Río de Janeiro, donde ella entrena con su compañero refugiado del Congo, Popole Misenga, de 24 años, que también es yudoca del Equipo Olímpico de Atletas Refugiados.

Lea más: La historia de Popole, el yudoca que hizo historia doble en Río.

En 2013, ambos viajaron a Brasil para competir en el Campeonato Mundial de Yudo por la República Democrática de Congo. Su entrenador confiscó sus pasaportes y les dio acceso limitado a comida, como lo hacía desde antes. Debido a años de abuso, ellos huyeron del hotel y solicitaron asilo.

Ambos fueron eliminados al inicio de las competencias Olímpicas de este año. Sin embargo, los dos son modelos para decenas de brasileños jóvenes aspirantes en el gimnasio, que se identifican con sus historias de vencer los obstáculos con trabajo duro y persistencia.

“Ellos son las historias de personas pobres de todo el mundo, no solo de refugiados”

De hecho, todo el Equipo de Refugiados, que incluye a corredores de Sudán del Sur y Etiopía, así como nadadores de Siria, ha inspirado a personas en todo el mundo. Sus historias de triunfo sobre la adversidad han atrapado al imaginario, particularmente en su país anfitrión, Brasil, donde muchas personas también enfrentan duras luchas por sobrevivir.

Los atletas han tocado corazones con sus trágicas historias personales y sus modestos sueños y esperanzas.

“Ellos son las historias de personas pobres de todo el mundo, no solo de los refugiados. Por eso la gente les toma cariño. No es solo estar de este o del otro lado de la frontera, es la lucha contra todo pronóstico”, dijo Tegla Loroupe, la corredora keniana ganadora de un récord mundial, que fue seleccionada por el Comité Olímpico Internacional (COI) para liderar al Equipo de Refugiados. “Me siento como si fueran mis hijos”.

Río de Janeiro demostró su apoyo esta semana con un mural de los 10 miembros, pintado por artistas callejeros. Este cubre las paredes de un viejo almacén en una zona antes abandonada, la cual el Consejo Municipal busca mejorar como tributo de los Juegos Olímpicos de 2016. Y durará aun después de que los atletas, espectadores y medios de comunicación se vayan.

“Este será el verdadero legado de los Juegos”, dijo Roberto Malengrau, del departamento de cultura de la ciudad. “El primer Equipo de Atletas Refugiados es uno de los mayores legados de los Juegos, y este mural encaja y representa perfectamente esto”.

En su primera aparición en el centro desde las competencias Olímpicas, otros yudocas, jóvenes y viejos, se reúnen entusiasmados, haciéndoles múltiples preguntas sobre la experiencia.

“Es mi sueño lograr lo que ellos lograron”, dijo una de las chicas brasileñas. “Quiero ser parte del equipo de Brasil, ser campeona olímpica, campeona mundial. Pero cuando veo a Yolande y Popole pelear, ellos son muy disciplinados. Ellos decidieron que querían pelear en las Olimpiadas, y lo hicieron”.

Rose Nathike Lokonyen, sursudanesa de 23 años y que guio al equipo al estadio en la ceremonia de apertura bajo la bandera olímpica, dijo que todos los miembros del equipo estaban encantados con la cálida bienvenida que recibieron, pero querían una oportunidad para poder continuar con sus entrenamientos y seguir mejorando.

“Todo el Equipo Olímpico de Refugiados y yo estamos muy felices de haber competido en estos Juegos, los primeros con un Equipo de Refugiados. Nosotros representamos a millones de personas. Me gustaría representar a mi país en los Juegos Olímpicos, pero cuando termine la guerra. Si aún hay conflicto, es muy difícil. Tienen que ser capaces de lograr la paz. Paz es lo que necesitamos”.

*Esta es otra entrega de la colaboración entre Acnur y el blog El Meridiano 82.

Comentarios