Ecuaciones de opinión

Publicado el Ignacio Mantilla Prada

La generación sin pollo

Un amigo me decía recientemente que nosotros, la generación de los padres de los “millennials”, pertenecemos a lo que él denomina “la generación del NO pollo”. Y sustenta esta afirmación haciéndome caer en cuenta de una situación y un comportamiento que ha cambiado en las últimas décadas así: cuando nosotros éramos niños, la mejor presa del pollo era para el papá, pero luego, como papás, nos tocó vivir el cambio y dejar la presa favorita a nuestros hijos. Por eso, en las familias de clase media, muchos de nosotros nunca pudimos comer pechuga, pernil, pierna o rabadilla.

Esta reflexión, aparentemente no tiene ninguna trascendencia; sin embargo, sin apartarme del ejemplo del pollo, es notorio el cambio que han tenido las nuevas generaciones, gracias a la abundante y variada oferta de comida que apareció en las ultimas décadas y que por fortuna  aún hoy en día existe y puede disfrutar una familia de clase media: ¿acaso era posible servir más de dos piernas de pollo para satisfacer a todos en la mesa si ésta era la presa favorita? Pues no, si se preparaba pollo, había que comprarlo completo, y por lo tanto a la mesa iban dos piernas solamente; es más, en ocasiones el pollo entraba caminando a la casa, sostenido en esas dos únicas piernas que luego comeríamos. 

Pero hoy en día el pollo en la mesa ya no representa un gasto extra para una ocasión o celebración especial y todos los miembros de una familia, por numerosa que ésta sea, pueden comer su presa favorita, aún si todos prefieren la misma, y se permite también repetir. Se pueden satisfacer todos los gustos y caprichos: servir alitas solamente, por ejemplo. Pero hoy, cuando las familias de la clase media tienen una mayor capacidad adquisitiva y hay mayor oferta, la lucha ya no es por hacerse a la mejor presa, la lucha de muchos padres es para conseguir que el pequeño coma. Que coma cualquier presa, pero que coma pollo.

La lista de cambios debidos a la abundancia en que han crecido los jóvenes de las nuevas generaciones es larga; quiero destacar un par de ejemplos evidentes que ilustran la situación: en nuestra niñez y juventud escasamente podíamos elegir un par de canales nacionales de televisión, y eso si había televisor en casa. Y no se necesitaba del control remoto por supuesto ¿para qué si la opción era ver a Pacheco en el canal 7 o a Doña Gloria Valencia en el 9? Hoy en día, hay tal oferta, que ya no es posible imaginarnos frente al televisor sin estar provistos del control remoto como complemento indispensable para cambiar continuamente de canal. Pero curiosamente, con frecuencia concluimos que: ¡no hay nada que valga la pena ver! 

Uno de los recuerdos más vivos que tengo es la austeridad que nos imponíamos a la hora de tomar fotografías. Había que disponer de rollos que nos permitían tomar 12, 24 o 36 fotos y luego había que revelarlas, escoger el formato y pagar una cantidad considerable de dinero por cada fotografía revelada, así que echar a perder alguna o tomar una mala foto era prácticamente penalizado económicamente. Hoy en día, con cualquier celular podemos tomar excelentes o pésimas fotografías. Da igual, al fin y al cabo no tienen ningún costo y es tal la facilidad para hacer fotografías, que casi siempre se toman muchas más de las necesarias, de la misma escena, para poder escoger la mejor (o la menos peor).

Pero esta abundancia en la oferta cotidiana también se ha sentido en el medio universitario. Es por eso que hoy en día el texto, del que sólo se disponía anteriormente de un ejemplar en la biblioteca de la facultad, lo pueden tener todos los estudiantes del curso, bien sea impreso o descargado como un archivo más en un dispositivo electrónico cualquiera.  

Quienes, como yo, hemos tenido la oportunidad de aprender y luego enseñar a programar en diferentes lenguajes de programación, también hemos sentido esta gran transformación. Nuestro aprendizaje fue en medio de una extrema y obligada austeridad, debida a los limitados recursos computacionales de los que se disponía. Para dar una idea de estas limitaciones, les comparto que mi primer computador personal (Radio Shack TRS-80) ni siquiera tenía un disco duro y el almacenamiento de información se hacía en cassettes (que no diskettes). Así que el uso de la escasa memoria disponible tenía que ser sumamente eficiente y es por eso que aprendimos, que si las cantidades que vamos a manejar son números enteros, por ejemplo, no debemos desperdiciar memoria, declarándolas como variables reales de doble precisión. Pero actualmente es asombroso el desperdicio de memoria para cualquier cálculo simple, como si ésta fuera infinita. 

No quiero en esta ocasión ahondar en este aspecto, pero sí comparto un punto de vista personal: muchos de los grandes algoritmos usados e implementados para dar soluciones a problemas matemáticos, o de la física, de la estadística o de la ingeniería, están inspirados en métodos numéricos sumamente eficientes, que lograron precisión con un ahorro importante de tiempo y de memoria. El desarrollo o descubrimiento de nuevos métodos es un reto permanente, pero el éxito también depende del uso eficiente de los recursos disponibles de esta época.

Y será difícil recuperar el sentido de la austeridad o de la eficiencia en el uso de las herramientas de cómputo si los nuevos jóvenes padres millennials, formados en la abundancia, no están convencidos de la importancia del concepto antes que de la herramienta y regalan a sus hijos pequeños, que apenas están aprendiendo las operaciones aritméticas básicas, calculadoras como si se tratara de un lápiz cualquiera, pero que además son de las que llaman “científicas”, para que el niño pueda calcular en ellas lo que no comprende y que los padres no  pueden ni se toman la molestia de explicarles.

 

Naturalmente, hay también que reflexionar sobre el proceso inverso, el que va de la abundancia a la precaria escasez, que se presenta en algunas regiones, incluido nuestro vecindario. Contrario al desarrollo general, en algunos hogares, donde se comió frecuentemente pollo, hoy ni siquiera pueden llegar las víceras del pollo a la mesa y donde hubo calculadora, ahora ni siquiera hay pilas para ponerla a funcionar.

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