Hace ya casi tres décadas se presentó un escandaloso engaño preparado intencionalmente por el físico Alan Sokal, profesor de física en New York University, quien envió un artículo pseudocientífico a la importante revista académica de humanidades “Social Text”, como experimento para comprobar que el equipo editorial publicaría su artículo, lleno de frases aparentemente plausibles que contenían las palabras técnicas correctas, pero plagado de sandeces que sonaban bien para los representantes de lo que se ha denominado «postmodernismo» y (en palabras del propio Sokal) “apoyaban los prejuicios ideológicos de los editores”. La broma de Sokal, titulada “Transgrediendo las Fronteras: Hacia una interpretación hermenéutica  de la Gravitación Cuántica” logró, en efecto, burlar todos los filtros; el artículo fue aceptado y apareció publicado en el año de 1996 en el número 46 de la mencionada revista.

Entre las frases del artículo se destaca por ejemplo la mención al π de Euclides y la G de Newton, “… que otrora se creían constantes universales…”, pero que ni serían constantes, pues “dependen de la cultura”. 

Con la estrategia adicional de citar aparentes eminentes científicos y poner muchas referencias, Sokal logró su objetivo y su famosa broma, más conocida como «escándalo Sokal», tuvo un enorme eco, provocando no solo risas sino también fisuras y controversias entre científicos y humanistas.

Al poco tiempo, Alan Sokal en compañía del físico teórico belga Jean Bricmont escribió un polémico libro, de casi 300 páginas, titulado “Imposturas intelectuales”, resaltando los disparates de moda y generando un gran debate sobre el abuso de la ciencia por parte de los intelectuales posmodernos. 

Pero no es mi interés entrar en ese debate aún activo, sino destacar el «escándalo Sokal» como ejemplo de un importante antecedente de falsificación científica. Por supuesto que no es el único y abundan, cada vez con mayor frecuencia, las publicaciones científicas dudosas que aparentan el rigor de las auténticas, fruto de investigaciones serias. 

Hace 10 años, por ejemplo, se conoció otro escándalo, llamado «escándalo SCIgen», protagonizado por tres estudiantes de la prestigiosa institución norteamericana MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), quienes diseñaron un algoritmo que fue programado en un computador estándar bajo el nombre de “programa SCIgen”, con el cual se generaban «imposturas pseudocientíficas» usando aleatoriamente frases con un aparente sentido, al estilo del libro de Sokal-Bricmont. Cada artículo, generado al azar con este algoritmo, era un compendio de estupideces, pero uno de esos artículos pasó también el filtro de un estricto comité y consiguió que invitaran a los autores a dar una conferencia sobre su investigación en un Congreso Internacional de Computación.

Este ejemplo no dista mucho de lo que hoy se puede obtener con un Transformador Preentrenado Generativo creado con Inteligencia Artificial, del tipo ChatGPT por ejemplo. Es por eso que el reconocimiento de la autenticidad se está convirtiendo en una difícil y cada vez más frecuente tarea previa adicional de los comités editoriales y los jurados encargados de la evaluación y selección de trabajos destacados. 

Pero los embustes con apariencia de verdad afectan también a los no especialistas que caen en la trampa de dar crédito a atractivos resultados fruto de estudios inexistentes que se divulgan por las redes académicas rápidamente. Importante es entonces advertir sobre la cautela que debemos tener al recibir algunas publicaciones, más aún hoy en día, cuando la Inteligencia Artificial ha alcanzado un grado de desarrollo tan alto y los “algoritmos inteligentes” logran encontrar los términos correctos para permear los filtros y transmitir la pseudociencia con una admirable facilidad entre millones de lectores.  

Sin embargo, a pesar de la desconfianza actual hacia las publicaciones en general, fruto de la proliferación de noticias falsas en las que caen con frecuencia desde periodistas hasta gobernantes, llama la atención que cuando de ciencia se trata, se acepten por igual opiniones y creencias, como si la ciencia fuese una narrativa más. En efecto, con el argumento de que la verdad no es absoluta hay una tendencia a aceptar todas las afirmaciones y las posiciones como igualmente válidas y respetables, como si cada opinión tuviese el mismo peso que la de un experto, como si la verdad en la ciencia fuese convencional o necesitara del consenso; como si en la sustentación de una tesis el aplauso de 200 compañeros borrase el concepto negativo del jurado compuesto por tres profesores. 

Estamos ante un interesante fenómeno que bien puede considerarse una gran oportunidad: disponemos de mucha información y facilidad para consultarla, pero hay que aprender a separar la basura. Posiblemente uno de los principales fines de la educación actualmente sea justamente el entrenamiento para depurar la información, pues solo el conocimiento y una sólida formación garantizarán su aprovechamiento correctamente.

@MantillaIgnacio 

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