Ecuaciones de opinión

Publicado el Ignacio Mantilla Prada

Después de la peste

La gran plaga de Londres, ocurrida en 1665, también denominada peste bubónica o muerte negra, fue una epidemia similar a la anterior “peste negra”, un virulento brote que apareció entre 1347 y 1353, y fue recordada como la “Gran Plaga”. 

La recopilación de cifras sobre víctimas de epidemias es muy antigua, como lo demuestra un interesante y magistral reporte sobre la Plaga de Atenas realizado por Tucídides en el que informa que entre 430 y 428 a.C. murieron unas 100.000 personas a causa de esa enfermedad, casi un tercio de la población. 

Cuando se presentó la peste bubónica había empezado a publicarse en Londres, un año antes de la aparición del brote, las actas de mortalidad semanales que documentaban cuantitativamente por primera vez las causas de muerte de sus habitantes. Hasta entonces solo hubo, desde mucho antes, actas de natalidad que se mantenían en las parroquias. Esto había marcado el comienzo de un estudio cuantitativo dentro de la demografía, que acabaría siendo una importante ciencia moderna.

Se estima que la peste bubónica cobró en Inglaterra cerca de 100.000 muertes y que la quinta parte de la población de Londres falleció debido a esta epidemia. Como si esta devastadora epidemia no hubiese sido ya una gran tragedia humana, al año siguiente, en 1666, el incendio denominado el Gran Fuego de Londres arrasó con la ciudad, resultando afectadas cuatro de cada cinco construcciones, pero poniendo fin a la peste.

Esta información la he usado frecuentemente para explicar las razones históricas por las que las predicciones sobre causas de mortalidad y los estudios actuariales, estadísticos y matemáticos sobre riesgos de muerte, que empezaban a desarrollarse a mediados del siglo XVII, perdieron entonces toda credibilidad, frenando las nacientes investigaciones sobre estos temas que tenían, como uno de sus objetivos, promover la venta de seguros. 

No obstante, la peste bubónica dejó algunos aspectos notables por los que vale la pena valorar esa epidemia como un fenómeno del que la humanidad ha podido aprender. Por ejemplo, a pesar de no conocerse casi nada sobre microorganismos, fue a partir de ella que la gente reaccionó en forma diferente a como se actuó ante otras epidemias anteriores y se descubrió que había que aislarse para protegerse, que no debía haber aglomeraciones en las ciudades; una estrategia que hoy, 355 años después, ante la amenaza del covid-19, se sigue usando como la más efectiva forma de reducir la población susceptible de contagio.

La peste bubónica también produjo, como hoy el coronavirus, el cierre de las universidades y escuelas británicas; al cerrarse la Universidad de Cambridge, por ejemplo, uno de los personajes afectados que tuvo que aislarse en el campo fue el joven Isaac Newton, quien se refugió en una finca de su familia durante 18 meses maravillosos para la ciencia. Estudiaba y trabajaba bajo los frutales (algunos manzanos); al final de esa cuarentena revolucionó las matemáticas con el descubrimiento de su método de las fluxiones con el que sentaría las bases del Cálculo Diferencial, simultánea e independientemente de Leibniz. Durante esos meses también formuló las Leyes Fundamentales de la Mecánica, descubrimiento con el que nos contagió de conocimiento a todos los que nacimos en los siglos siguientes. 

Por eso podría afirmarse que después de la peste bubónica, las matemáticas y la física no volvieron a ser las mismas y que las consecuencias de tan devastadora enfermedad no fueron solo la pérdida de miles de vidas humanas; también hubo logros positivos y un importante aprendizaje gracias al aislamiento recomendado.

En nuestras generaciones no habíamos vivido una experiencia como esta; pero estoy seguro de que el coronavirus va a dejar a los sobrevivientes y a las nuevas generaciones grandes y duraderas enseñanzas. Y quizá, por qué no, alguna tesis que traía un desarrollo lento, se acelerará para mostrarnos un descubrimiento increíble como lo hizo Newton.

En materia de educación, por ejemplo, se ha tenido que acelerar la puesta a prueba de las nuevas tecnologías virtuales como herramienta para la docencia en todos los niveles de formación; y sin tener otra posibilidad, los profesores hacen un enorme esfuerzo para que sus estudiantes puedan tener continuidad en sus actividades académicas en medio de esta emergencia. 

La mayoría no estaba preparada, pero la urgencia de una solución ha puesto en evidencia la necesidad de ensayar. Y algunas conclusiones se sacarán de esta experiencia que dejará el covid-19. 

@MantillaIgnacio

Comentarios