Ecuaciones de opinión

Publicado el Ignacio Mantilla Prada

En defensa del ocio

La forma de enseñar, la forma de aprender y más especialmente, la forma de educar, es un tema que despierta gran interés, pero que no consigue fácilmente consensos.

Establecer el objetivo de la educación es el primer punto que habría que abordar para esta importante discusión. Y creo que es más fácil, como en muchas definiciones, identificar inicialmente todo lo que no es su objetivo. En este sentido, me parece importante retomar el pensamiento del gran matemático y filósofo británico Bertrand Russell (1872-1970), Premio Nobel de Literatura (1950), quien en su ensayo Sobre educación, publicado en 1926, compartió unas ideas y reflexiones que aún mantienen una vigencia indiscutible.

De las afirmaciones más relevantes de Russell me identifico con ese concepto según el cual el proceso educativo no debe convertirse en un instrumento para moldear a los niños y jóvenes, para someterlos a un adoctrinamiento, privándolos de su independencia y su libertad e impidiendo el desarrollo de la inteligencia. La misión primera debe limitarse a educar los instintos de modo que puedan producir un carácter constructivo y no destructivo, pero el objetivo de la educación debe ser el de formar seres humanos independientes y capaces. Para lograrlo, el proceso educativo debe evitar la influencia de ‘rebaño’ en los jóvenes y alejarlos de la tendencia a la comodidad que brinda el conformismo.

Desde temprano al niño debe tratársele como a un adulto en potencia, respetando su personalidad y buscando su independencia. Russell resalta que la curiosidad, la amplitud de criterio, la creencia de que el conocimiento es posible, aunque difícil; la paciencia, la habilidad, la concentración y la exactitud son los énfasis que deben  acentuarse con la educación.

No obstante, los prejuicios de los padres de familia, de los educadores, de los directivos, de las iglesias y de los gobiernos son tantos, que constituyen la principal fuente de los errores que afloran frecuentemente en los planes de estudio, aun cuando no sean intencionados.

Y esta influencia alcanza, por supuesto, también a la educación superior. Así por ejemplo podría señalarse, como ya lo hizo Russell hace cerca de 100 años, que uno de los defectos más frecuente en la educación superior moderna es el de intentar convertirla en un puro entrenamiento para adquirir ciertas habilidades, sin preocuparse por ensanchar la mente mediante un examen imparcial del mundo.

Russell se ocupó de reflexionar sobre el concepto de utilidad y especialmente sobre la importancia de lo que muchos llaman el “conocimiento inútil”.  A la pregunta de si es cierto que solamente el conocimiento útil es valioso, agregó inmediatamente la pregunta de si es igualmente cierto que el conocimiento valioso siempre es útil. Y para aclararlo expone esta ilustración a partir de la obra de Shakespeare: “La comprensión de Hamlet puede no ser de gran utilidad práctica, pero da al hombre un dominio mental del que sería desagradable carecer y, en cierto modo, lo convierte en mejor ejemplar humano. Y este último conocimiento es el que prefiere quien sostiene que la utilidad no es el único fin de la educación. ¡Cuánto placer se obtiene del conocimiento inútil!

El afán de conocimiento no debería ser utilitario. El conocimiento debe fructificar gracias a la investigación desinteresada, que no tiene motivos ulteriores al deseo de comprender mejor el mundo. Progresos puramente teóricos y teorías espléndidas pueden encontrar más adelante una aplicación práctica, pero conservan su valor en sí mismas.

El fundamento de la vida intelectual es la curiosidad que mantiene viva la actividad de la inteligencia. Decía el prolífico matemático alemán Carl Gustav Jakob Jacobi (1804–1851) que las matemáticas existen “por el honor del espíritu humano”. Y aunque no sea ese su principal propósito, sí reafirma que el pensamiento creativo aumenta la dignidad del ser humano y que el placer de la comprensión es, de acuerdo con Russell, el supremo fin por el que ha de ser valorada la educación de la mente.

En 1932 Russell publica un breve ensayo titulado Elogio de la ociosidad y hace una interesante defensa del ocio como el origen de lo que conocemos por cultura y como interés civilizado para ocuparse de los propósitos no utilitarios. Descalifica el exceso de trabajo y afirma que el sabio empleo del tiempo libre es un producto de la civilización y de la educación. Defiende la idea de que sin una cantidad considerable de tiempo libre, una persona se verá privada de muchas de las mejores cosas.

Para Russell, los profesores deberíamos, si se quiere que sobreviva la democracia, por encima de todo, tratar de inculcar en los discípulos la tolerancia que surge en el intento de comprender a los que son distintos de nosotros. Se debería animar a los jóvenes para que escucharan los argumentos que defienden los diferentes puntos de vista, pero advirtiendo también “el peligro en la tendencia a suponer que la oposición a la autoridad es esencialmente meritoria y que las opiniones no convencionales tienen que ser correctas; no se sirve a ningún propósito útil rompiendo faroles o sosteniendo que Shakespeare no es poeta”.

Finalmente quiero destacar una reflexión más, que reafirma lo expuesto y que lo expresa con toda claridad Russell al asegurar que: “la disciplina debe ser un hábito y no una obligación”. La verdadera disciplina no consiste en obligaciones externas sino en hábitos que llevan a actividades deseables. “Antiguamente se creía que a los niños no les interesaba aprender, y que sólo se decidían a estudiar atemorizándoles. Hoy se ha averiguado que la culpa no era de los niños, sino de los pedagogos”.

Estas ideas planteadas por Russell están, como lo dije al comienzo, tan vigentes como hace un siglo; y contribuyen a que las reflexiones sobre la educación y la manera como la entendamos y la brindemos a nuestros jóvenes y niños sea el punto de inflexión para la transformación social del futuro.

@MantillaIgnacio

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