En la anterior entrega de este blog se dijo que los jóvenes iraníes pedían en 1979 la salida del Sha para que pasaran a gobernar los clérigos de Jomeini y ahora piden la salida de los clérigos para que llegue a gobernar alguien que arregle los problemas de la vida cotidiana en lugar de alimentar al país con sermones.
Sea cual fuere el tiempo que dure una generación, los protagonistas más jóvenes de la revuelta de ahora tienen una idea borrosa de los motivos que llevaron hace casi medio siglo a la revolución islámica. Su visión de la sociedad, del país, del mundo y de la vida, llevan ingredientes entonces inexistentes. Cuentan con referentes de su propia experiencia y saben, por las redes sociales, de la existencia de otras realidades posibles y deseables.
La insurrección de los últimos días en Teherán y otras ciudades y aldeas no se adelanta detrás de una bandera de ideales ni creencias abstractas, sino de realidades palpables que afectan el día a día de gente de toda edad y condición. Además, se presenta en el seno de una sociedad étnicamente diversa, pues Irán a lo largo de muchos siglos, y sin perjuicio de que los persas sean el grupo dominante, ha venido a alojar kurdos, azeríes, kazakos, turcos, árabes, armenios, balujos y asirios, además de una población judía que vive allí como una de las diásporas más antiguas, desde tiempos del cautiverio en Babilonia.
La clase media, antes ajena a crisis de bienestar elemental, se suma ahora al reclamo porque se hace evidente el deterioro de sus condiciones de vida. La complejidad del problema aumenta si se tiene en cuenta que se trata de una protesta amplia, pero a la vez dispersa, sin liderazgo unificado, con protagonismos múltiples, que provoca la respuesta simple de la represión.
El ingrediente juvenil de los reclamos ubica a los iraníes en paralelo a los jóvenes de Bangladesh, Nepal, Marruecos, Madagascar, México y Perú. Todos unidos por métodos de difusión del descontento que se comparten con la juventud de países “centrales” del mundo occidental, de manera que se producen modos de acción que se copian y adaptan con rapidez extraordinaria. Realidad ante la cual la supresión de las redes sociales con motivo de las protestas forma parte sustancial de la represión.
La protesta iraní lleva un componente femenino de gran poder y significación. Las manifestaciones de ahora son la continuación de las que se dieron en 2022 bajo el lema “mujer, vida y libertad”, para protestar por la muerte, cuando estaba bajo custodia de la policía, de la joven Masha Amini, de 22 años, que fue detenida por la “policía moral” debido a “lo inapropiado de su atuendo”.
A pesar del refinado discurso oficial que busca justificar el ocultamiento público de la figura femenina, brota, como consecuencia de la aspiración a una igualdad más amplia y verdadera, el deseo de que las mujeres tengan una dosis respetable de libertad personal, conforme a patrones aceptados en el resto del mundo. Y si bien hay que comprender, además de respetar tradiciones sobre la manera en la que funciona allí el mundo femenino, es bueno recordar que un país con una proporción significativa de mujeres inconformes no puede ser feliz.
El conflicto del alma de los iraníes se podría expresar así: la fusión entre poder político y credo religioso, base de la república teocrática, plantea un profundo problema de conciencia a la hora de pensar en oponerse al régimen, pues el rechazo al gobierno adquiere visos de protesta contra la autoridad de Dios.
Atrapados entre una asfixiante cotidianidad, sin con qué pagar las cuentas, en medio de una sequía nunca vista, y el dilema de irse o no contra el gobierno teocrático, hay quienes se rinden ante la majestad de su representación divina y terminan por callar y aceptar la vida tal como es. Otros van un poco más allá y, mientras exaltan y aceptan el origen sobrenatural del poder gubernamental, rechazan las fallas de los intérpretes humanos de los designios divinos y salen a la calle a sumarse a quienes ya perdieron el miedo y recuerdan que abandonar falsos respetos y superar la barrera del temor a la muerte es definitivo para el triunfo de cualquier revolución. El hecho de que haya mezquitas dentro de la lista de edificaciones incendiadas tiene enorme valor emblemático y demuestra que se han pasado líneas rojas que anteriormente nadie se atrevía a profanar.
Un liderazgo diseñado para librar batallas de hace varias décadas, bajo lemas, ideales y parámetros alejados de la realidad contemporánea y de las características de esta época de mutaciones, ha resultado hasta ahora incapaz para inventar un país del Siglo XXI, mientras sigue atado al Siglo XX y más atrás. La cosecha de creatividad de líderes trasnochados va a resultar inocua frente a la lógica de quienes ven el mundo de otra manera y tienen muchos más años por delante para vivir.
Parece que, de verdad y sin apelación, los clérigos supremos se consideran ungidos del poder emanado de Dios y por lo tanto superiores al resto de los musulmanes y del resto de la humanidad. Actitud que se transmite a cada agente que se considere leal portador del poder y del mensaje del jefe máximo y se crea intérprete cabal de sus designios y hasta de su imaginación.
El desencuentro entre gobernantes y gobernados, la falta de credibilidad en el liderazgo, y la confrontación generacional en medio de las crecientes diferencias sociales derivadas de la existencia de privilegios arbitrarios, conllevan un choque de valores que no se va a resolver por la vía de la represión. Algo nuevo ha de aparecer, ahora, pronto, o más tarde, que desate todos esos nudos que se fueron enredando como una cuerda en el bolsillo debido al apego a un discurso exitoso en otros tiempos y ahora despintado por nuevas realidades.
Algunos en Occidente abrigan la idea de que una alternativa viable para darle forma a un “nuevo” Irán sería el retorno del hijo del último Sha, heredero del antiguo trono, que ha ofrecido un plan de transición hacia una monarquía constitucional o una república, según decida la ciudadanía. Propuesta que, si bien ha circulado en medio de la gritería de los recientes desórdenes, y a pesar de ser un referente en medio del caos, difícilmente podría contrarrestar el torrente de casi medio siglo de islamismo puro y duro, surgido justamente de una revolución contra la monarquía.
Los fundadores de la república islámica entendían los riesgos que más tarde podría traer la creciente separación de caminos entre su sistema y el resto del mundo. Por ello inventaron un cuerpo paralelo a las fuerzas armadas, poderoso económicamente mediante el control de sectores clave de la economía, y además comprometido fundamentalmente en la protección del proceso revolucionario ante las amenazas que tarde o temprano podían surgir de las entrañas de la propia sociedad, o desde el exterior.
Esa guardia, adoctrinada en un proceso de ingeniería humana cuidadosamente diseñado, ha cumplido su tarea a cabalidad no solamente en territorio iraní sino dondequiera que el régimen aspire, como en el Líbano y otros países de la región, a promover, propagar y defender los proyectos subversivos de la revolución. En medio de los desórdenes de ahora, la guardia ha jugado un papel importante cómo agente de represión, y su fidelidad al Guía Supremo es bastión clave de su supervivencia en el poder. El día que esa fidelidad llegare a fallar marcaría el fin del régimen de una vez, porque una revuelta suele resultar exitosa en el momento en que las tropas encargadas de defender un gobierno se pasen del lado del levantamiento popular.
La anterior entrega de este blog terminó con una mención furtiva al Bazar de Teherán. El Gran Bazar de Teherán resulta de obligatoria referencia cuando se trate de observar el devenir de la vida iraní y el destino de su economía y de sus gobiernos. Muchísimo más antiguo que Wall Street, ese bazar legendario ha sido por miles de años un lugar laberíntico no solo por sus intrincados y fascinantes corredores, sino porque allí anida desde tiempos inmemoriales una significativa fuente de poder.
Para no ir muy lejos, la caída del último Sha se produjo cuando los “bazaaris” resolvieron que la situación de su gobierno era insostenible, no solo por consideraciones económicas, sino porque así lo marcaba el termómetro de la vida nacional. Por bazaaris no se entienden solamente aquellos comerciantes que tienen almacenes abiertos en la sede del bazar, que son la primera línea, sino poderosos y experimentados empresarios que desde la discreción de recintos reservados manejan negocios enormes, vinculados a actividades económicas de talla nacional e internacional. Por lo cual las incidencias de la política y la realidad cambiarias les afectan de manera directa en cuanto son importadores por excelencia.
El bazar cerró sus puertas en las últimas semanas más por precaución que como muestra de acción en uno u otro sentido. Acción ligada a una oligarquía que, así deteste desaciertos del régimen, no se atreve a oponerse porque también resulta afectada por el reclamo popular y, como diría un oligarca colombiano en circunstancia memorable, si el sistema se cae se les cae encima. Su “veredicto” sobre la situación tendrá en todo caso consecuencias importantes en un país en el que el margen de acción económica de los gobernantes no solamente depende de la renta petrolera, que los Ayatolás pueden destinar a propósitos que consideren esenciales, sino de factores ordinarios de una economía que presenta una crisis descomunal.
El gobierno iraní puede aspirar a invertir los recursos de la explotación petrolífera en el desarrollo de su potencial nuclear, en la expansión y defensa de sus intereses y en la conquista de espacios políticos, militares y estratégicos en la región y donde quiera que le abran las puertas en otras partes del mundo. Solo que al tiempo tiene responsabilidades internas por atender, que se pueden ver diezmadas por los desequilibrios resultantes del mayor peso dado a otras preferencias y también por las medidas de aislamiento forzado de la corriente principal de la economía internacional.
En su momento estelar de organizador del mundo, al menos en los espacios que le dejen Putin y Xi, el presidente de los Estados Unidos creyó tener en sus manos la potestad de castigar al gobierno iraní en caso de continuar con una matanza que, aunque inferior a la carnicería que se produjo después la caída del Sha, resulta inaceptable. Sea por su suerte de aventurero indómito, porque el ciclo de revuelta y represión ya no daba más, porque sus aliados en la región lo disuadieron de bombardear, o porque de verdad el gobierno iraní bajó la intensidad de sus latigazos, Trump tuvo elementos para concluir por ahora que el castigo no era necesario pues sus amenazas habían surtido efectos. Desde el punto de vista del Guía Supremo de la revolución iraní, el llamado de la Casa Blanca a continuar la protesta impulsó a muchos a emplearse a fondo, con la esperanza de un apoyo que nunca llegó, y por ese camino todo lo que consiguieron fue la muerte. Retrato de los jefes de ambos lados.
Habrá que esperar a ver cómo se desarrolla la vida iraní en los próximos meses, pues el costo de vida no baja a punta de balas, como tampoco por esa vía llueve de inmediato para que las aguas corran por cultivos y acueductos. Aparentemente ese gobierno, que se sostiene por la fuerza de sus armas y de su convicción de infalibilidad, tiene todavía con qué sobrevivir. Otra cosa será cuando germinen las semillas que con los incidentes de ahora quedaron sembradas para alimentar los conflictos internos del futuro, o cuando los enemigos históricos de la república islámica encuentren alguna brecha para atacar.