Según la organización de nuestro sistema político, las elecciones de Congreso revisten una importancia fundamental que mucha gente jamás ha logrado o querido entender. Esto, porque, sin duda, existe una indomable apatía respecto de esos comicios, cuando no un tremendo desconocimiento, en los escenarios más insospechados, sobre la forma como funcionan nuestras instituciones.

Las elecciones de Congreso en este caso eran cruciales porque, como ya quedó plenamente demostrado con el gobierno nacional que termina, a menos que el Ejecutivo cuente con una mayoría parlamentaria, estable o “negociable“, no puede realizar cabalmente su proyecto de gobierno, cualquiera que sea.

En esa lógica, era entendible la gran preocupación que existía por el esfuerzo extraordinario del gobierno actual en mantener una propaganda implacable en favor de sus reales o supuestas realizaciones, para conseguir un aumento sustancial en la representación parlamentaria de la izquierda, en la perspectiva de un nuevo gobierno nacional. Estrategia de propaganda que jamás fue contrarrestada por una oposición seria y sostenida. 

Curiosamente, la gente que vota le ha puesto suprema atención a la elección para el Senado de la República, mientras que tiende a relagar a segundo plano la elección para la Cámara de Representantes. Algo que constituye una importante equivocación, porque nuestras dos cámaras tienen exactamente los mismos poderes desde el punto de vista legislativo y de reformas constitucionales, con un ítem muy particular, y es que mientras en el Senado la representación es nacional, algo que conduce a todo tipo de ficciones e interpretaciones, en la Cámara de Representantes la elección se hace sobre la base directa de una representación regional, es decir, departamental, además del Distrito Capital, que puede mostrar más fiel y efectivamente, a lo largo y ancho del país, lo que es la temperatura de la vida política, la participación, y sobre todo el apoyo que pueda tener uno u otro movimiento.

Ciertamente, para el Senado de la República, la izquierda representada hoy en el gobierno nacional tuvo aparentemente un avance en materia de curules, pero no tanto como para tener una incidencia mayor que la que antes tenía si se sumaban a sus 20 escaños los concedidos por el acuerdo de paz a la antigua guerrilla. De manera que, a la hora de la verdad, la representación, o mejor la fuerza congresional en el Senado, sigue siendo la misma para ese movimiento, mientras las demás fuerzas se reparten el resto, con el ítem adicional de que la antigua guerrilla no obtuvo ni siquiera una curul por la vía auténticamente democrática, y ni siquiera consiguió el umbral de la votación. Así que “el establecimiento” y “la maquinaria” condujeron a que no haya cambios de rumbo. Que eso sea bueno o malo, ya se verá.  

Lo que sí vale la pena señalar es que en el caso de la Cámara de Representantes el resultado fue muy distinto del que muchos esperaban, sobre todo frente a la acción proselitista del gobierno en las regiones. Allí, en cada departamento, podría decirse que sucedieron dos cosas: en primer lugar, triunfó la maquinaria política tradicional, mientras que, por otro lado, no avanzó como se pudiera esperar el proyecto político del gobierno, pues a la hora de la verdad el Pacto Histórico quedó relegado a un lugar modesto en la composición de la Cámara.  Y si recordamos que la Cámara de Representantes tiene exactamente la misma fuerza que el Senado a la hora de legislar o de hacer reformas, esa representación resulta insuficiente, mientras que se refuerza o por lo menos se mantiene la de la derecha radical y la de los partidos tradicionales.

El anterior panorama conduce a concluir que un nuevo gobierno de izquierda a la colombiana no tendría mayores posibilidades de desarrollar una agenda legislativa conforme a su proyecto político, mientras que uno del centro o inclusive de la derecha tendría mejores posibilidades de hacerlo.

Las incongruencias propias de un país en el que los partidos políticos en todo caso son precarios, los programas políticos son bastante desconocidos, los debates se dan en torno a las personas y no a las ideas, y la gente escoge candidatos por simpatía, se pusieron de presente nuevamente en esta contienda electoral.

La mayor incongruencia se deriva, para mostrar sólo una fotografía, del hecho de que el candidato Oviedo hubiese recibido un vigoroso apoyo que lo ubicó con más de 1 millón de votos en el segundo lugar de la consulta en la que participaba, mientras que su lista ni siquiera consiguió el umbral. Algo parecido sucedió con otras organizaciones políticas, para demostrar que no solamente no existen partidos debidamente organizados y mucho menos con militancia vigorosa, salvo de alguna manera la de izquierda, sino que ese mismo tipo de incongruencia y falta de racionalidad política jugarán un papel importante en la elección presidencial.

La campaña por la presidencia comienza verdaderamente ahora. Otra cosa es que a lo largo del último año se haya agitado el panorama con la presencia de aspirantes de distintas tendencias, cuyo verdadero poderío electoral saldrá a flote con motivo de la primera vuelta. 

En ese orden de ideas hay buenas noticias para el país, en la medida que se va a clarificando el panorama y nos vamos acostumbrando a que ahora sí es el momento de la exigencia de programas, de debates, de contradicción democrática, y de fortalecimiento de proyectos políticos por los cuales la gente pueda votar con conocimiento, criterio, y responsabilidad democrática.

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