De vez en cuando aparecen personajes que, conseguido un turno en el gobierno, se empeñan en el propósito de dejar su impronta, aunque ello implique desandar el camino recorrido bajo el liderazgo de sus antecesores. Según las proporciones de la idea de sí mismos, los afectados por esa obsesión van más o menos atrás y se equiparan, por decisión propia, con personajes históricos de una u otra dimensión.

Ante arremetidas de esa índole, fundadores, transformadores y gestores de grandes procesos históricos, terminan acompañados en el mismo mosaico por la imagen de peregrinos a los que se les ocurre poner allí su fotografía. Casi siempre con el argumento de que trata de escribir la primera página de una nueva historia. Instrumentos de un culto a la personalidad que, con frecuencia, puede llegar al distanciamiento de los ideales de un estado de derecho.

El centenario de fundación de la República de Turquía, por parte de Mustafá Kemal, llamado Atatürk, “padre de los turcos”, pasó bastante desapercibido. Millones de personas, dentro y fuera del país, se quedaron esperando una celebración que reivindicara la invención de una república creada en 1923 sobre las ruinas del Imperio Otomano, luego de una guerra de supervivencia en la cual se jugaba la continuidad misma de la vida de la nación en ese territorio del cual se había apoderado 470 años atrás, al destruir al Imperio Romano, en realidad griego, de Oriente.

Sobre bases muy diferentes de las del orden imperial, se buscaba orientar al país hacia el mundo occidental. De ahí el carácter laico del nuevo estado, la abolición de las hermandades musulmanas y del califato, la adopción del alfabeto latino en reemplazo de los caracteres árabes de los que se habían valido los turcos dese cuando se pasaron a la tradición escrita, la igualdad de mujeres y hombres, un modelo parlamentario de gobierno y una actitud liberal en la más amplia gama de circunstancias de la vida cotidiana.

Millones de turcos han vivido su vida bajo esas premisas, particularmente en los sectores urbanos. Al tiempo que, principalmente en sectores campesinos y aldeanos permanecieron latentes rasgos de tradiciones conservadoras del viejo orden. De manera que se fue dando una separación entre un país elemental, terreno fértil para la subsistencia del fervor religioso islámico, y el resto de una sociedad en buena medida integrada económica y culturalmente a las corrientes innovadoras de la vida internacional, al ritmo marcado por Occidente.

La permanencia en el poder, en lo que va corrido del presente siglo, del presidente Recep Tayyip Erdogan, han significado un intento sustancial de cambio de orientación del estado turco. Premisa fundamental de ese cambio ha sido una nueva cercanía del poder político a las causas y las prácticas religiosas. De manera que los sectores proclives a la islamización de la vida pública han encontrado un intérprete de sus anhelos. Mientras el presidente ha demostrado excepcional habilidad de interpretación de lo que la gente quiere escuchar, tanto en esas materias como en cuestiones de benevolencia estatal, a cambio de renovado respaldo en las urnas.

El apoyo político derivado de esa ecuación le permitió al presidente impulsar cambios institucionales que modificaron la estructura de la organización estatal, mediante una mutación hacia el presidencialismo. Al tiempo que él mismo pasó de ejercer funciones de primer ministro, en cuya cabeza radicaba el poder ejecutivo, a presidente ahora con los mayores poderes posibles. Según sus contradictores al borde de la ruptura de los equilibrios propios de una democracia republicana.

Con indudable talento, Erdogan se mueve también en el escenario internacional, haciendo uso de todas las ventajas propias de un país ubicado en uno de los sitios de mayor importancia estratégica del planeta. Dueño de la llave de entrada y salida del Mar Negro, y de la del flujo de migrantes asiáticos hacia Europa, mantiene relaciones ambivalentes con Rusia, como lo hicieran los sultanes de otra época, y no se abstiene, también como ellos, de jugar en los escenarios caucásico, el Medio Oriente, el Egeo y el norte de África, así como en el seno de la OTAN, a su propio ritmo impredecible, con el apoyo de una diplomacia profesional y efectiva.

Todo eso no deja de darle peso internacional, por ejemplo, para servir de interlocutor del presidente ruso en medio de la crisis del ataque a Ucrania. También para convertirse en tasador de la salida de grano ucraniano hacia el resto del mundo, de la admisión de Finlandia y de Suecia en el seno de la OTAN, del conflicto de Armenia con Azerbaiyán, alimentador de una crisis permanente en Chipre, actor del juego interminable de equilibrio con Grecia, la situación de Libia, la de Siria e Irak y el destino de la comunidad kurda, esparcida en territorio turco y otros países del vecindario.

Los propósitos y realizaciones de un gobernante que acaba de recibir en las urnas un nuevo mandato para permanecer cinco años más en el poder, resultan sintetizados en el lema que le permitió ganar una vez más las elecciones: “El Siglo Turco”, algo así como “Turquía grande otra vez”. En ese caso con el trasfondo del imperio otomano, sobre cuyos antiguos dominios, heredados del Bizantino, y más allá, quisiera volver a ejercer una influencia definitiva.

Observadores, y sectores críticos del presidente, estiman que el haber dado importancia relativa a la fundación de la República, y aparecer en las austeras celebraciones equiparado a Mustafá Kemal, Atatürk, en fotografía de las mismas proporciones, llevan el mensaje de una separación de épocas que marcaría el comienzo de la que él desea desatar con su marca. Propósito manifiesto cuando en su discurso le dijo al Fundador: “la República está en buenas manos”. Actuaciones de valor simbólico que producen el efecto de desteñir en la imaginería popular el culto y el agradecimiento hasta ahora debidos al Padre de la patria.

No pasó desapercibido el hecho de que, un día antes del centenario, el presidente hubiera organizado una gigantesca manifestación de apoyo a la causa palestina, que nada tendría de malo, salvo que ante la multitud exaltada en sus sentimientos religiosos afirmó que “Hamas no es una organización terrorista” sino “un grupo de luchadores por la libertad”. Como si esa “organización” no hubiera refrendado su condición con el sangriento asalto del 7 de octubre, que despertó las fuerzas del “ojo por ojo” que conducen a la tragedia de la ceguera.

Con su declaración en favor de Hamas, el presidente perdió la neutralidad deseable como mediador en la crisis desatada por Hamas, que lleva la marca de un fundamentalismo rechazado por amplios sectores de los mundos árabe e islámico. Pérdida de interlocución que seguramente no hará mella en el espíritu de un personaje acostumbrado a nadar contra la marea. En lo cual radica buena parte del enigma de su estilo político y de su futuro.

Mientras los turcos vuelvan a tener oportunidad de definir en las urnas el destino de su estado, y de su nación, nuevos episodios saldrán de la iniciativa febril de un personaje de energía innegable, que desea marcarlo todo con su sello, por el siglo siguiente. En la resistencia seguirán sectores sociales, intelectuales y políticos, que no desean apartarse de la tradición original de la república, tal como fue fundada, y estiman indeseable e inconveniente el retorno a un pasado de oscurantismo y retroceso de los valores democráticos. Ya vendrán los historiadores a interpretar lo que haya sucedido.

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