Para dicha de la industria del armamento, los vendedores de armas, y tanto aspirante que anda suelto en busca del despintado Nobel de Paz, en una semana han estallado varias guerras que no se sabe en qué, ni cuándo, irán a terminar.
Hace 100 años la Compañía Británica de las Indias Orientales, fundada en 1600 para dominar el comercio de especias, se había convertido en fuerza armada y política entreverada en las luchas locales que libraban sin cesar pequeños tiranos de ambos lados del río Indo. El ejército de la Compañía respaldaba la administración férrea de extensiones enormes de tierra y el control de los negocios del té, la seda, el índigo, el algodón y estupefacientes como el opio, bajo la garantía de un derecho otorgado por la Corona.
Para entonces, la noción de la India era amplia y vaga y los intereses de la Compañía la llevaban a estar pendiente de regiones aledañas como Afganistán, desde siempre tierra arisca e indomable en medio de su sencillez. Donde no tenía campamentos militares, la Compañía contaba con amigos, tenía enemigos útiles, competidores, espías profesionales e informantes espontáneos que ayudaban a acertar en las decisiones de avanzar, retroceder, comprar o vender gobiernos, invadir o sancionar, financiar o abandonar a quien fuese conveniente.
Dos factores unían para entonces a los habitantes de los actuales Afganistán y Pakistán: la memoria de que Alejandro Magno había estado allá y la presencia extendida de la comunidad Pastún.
Giorgos Ziogas, arquitecto griego, comprobó en el Siglo XX en escenarios campesinos de toda la región, que sus interlocutores, al enterarse de su procedencia helénica, le contaban emocionados cómo dentro de la tradición oral de la gente de sus aldeas se mantenía desde tiempos muy antiguos la historia de que Alejandro Magno estuvo allí. Motivo por el cual le regalaban monedas de cobre y lo invitaban a tomar té.
Lo peor que le pudo haber pasado a la comunidad Pastún fue la demarcación, típicamente europea, que sembró desde el Siglo XIX algunas de las semillas de la guerra que hace una semana se desató entre Pakistán y Afganistán, eclipsada por el asalto de Estados Unidos e Israel a Irán.
Pakistán bombardeó ciudades afganas, entre ellas Kabul, para dar inicio a una guerra abierta, según el ministro de defensa Khawaja Asif, apoyado por su primer ministro, Shehbaz Sharif, “con la seguridad de que nuestras tropas pueden aplastar a las del vecino”. Guerra sorprendente luego de que Pakistán fue refugio y apoyo del movimiento talibán hasta que negoció hábilmente un pacto con Trump en el que apenas se obligó a no aliarse jamás con Al Qaeda ni organización alguna opuesta a los Estados Unidos.
Salidos los occidentales de esas tierras donde jamás se han podido imponer, surgieron tensiones entre paquistaníes y afganos derivadas de un desacuerdo respecto de la extensa línea divisoria de 2600 kilómetros entre los dos países, establecida por el británico Sir Mortimer Durand en 1893.
Para la época, se trataba de la línea que separaba al Emirato de Afganistán del “Raj” de la India Británica. Frontera impuesta al emir Abdur Rahman Khan y que ha sido desconocida, con mayor o menos énfasis, según conveniencia política, por los sucesivos gobiernos afganos, que cuando más la consideran simplemente como raya de “demarcación de combates”, mientras Pakistán la considera frontera entre ambos países.
El problema de la “Línea Durand” es que conlleva desde entonces la división de la Comunidad Pastún, separada por esa decisión burocrática de la antigua potencia colonial, que rompe la armonía de una “tribu” de entre 40 y 60 millones de personas que habitan de lado y lado, siendo el 15% de la población de Pakistán y el 40% de la de Afganistán.
Insurgencias de todo tipo, contra uno u otro gobierno, han florecido a lo largo del tiempo, al amparo de esa división, de manera que los gobiernos de lado y lado, según el caso, dan abrigo a oponentes del vecino o resultan víctimas de incursiones en su contra por parte de guerrillas animadas por la otra parte. Habiendo sido recientemente los paquistaníes quienes se quejan de la acción de grupos talibán en contra del gobierno de Islamabad.
Afganistán, a la hora de discutir el asunto, expresa su aspiración a controlar todo el territorio pastún, que equivaldría a apoderarse de una quinta parte del territorio paquistaní. Así de insoluble es ese conflicto, que puede seguir por años sin resolver aun cuando Pakistán es una potencia nuclear, con ejército de más de medio millón de efectivos, mientras Afganistán, a la hora de la guerra, ha tenido la gentileza de echar, para no ir muy atrás, a los soviéticos y después a los ejércitos de la OTAN.
Esa guerra huérfana, entre dos vecinos de Irán, se ha visto eclipsada por una más grande, o mejor dicho dos más, que en pocas horas ha contribuido a refrendar a escala más amplia ley de la selva: las que en paralelo acaban de desatar los Estados Unidos e Israel contra Irán. Y se habla de dos guerras más pues cada uno de los dos protagonistas de la agresión tiene motivos de contenido y extensión distinta, así sean compatibles, con la aventura militar que resolvieron emprender.
Se trata de una especie de guerra “preventiva” e ilegal que ha despertado muchas preguntas cuya respuesta está por verse a través de hechos que en buena medida no dependen de quienes la han desatado, pues convergen en la idea de que los iraníes, después del descabezamiento de la República Islámica, salgan a la calle a rematar el régimen teocrático. Sin que sea claro para nadie lo que pueda resultar.
En los Estados Unidos se ha invocado la existencia de una hostilidad de 47 años en su contra por parte de Irán y la certidumbre de una reacción iraní ante un inminente ataque por parte de Israel. En el caso israelí siempre ha estado claro el propósito que ese país tiene de avanzar en su lucha contra un enemigo declarado, como es la República Islámica de Irán, que nunca ha dejado de proclamar como uno de sus fines la destrucción del Estado de Israel.
El cambio de régimen y de sistema político en Irán, que se deja por ahora a cargo de los mismos iraníes, que ya fueron masacrados por el gobierno islámico en anteriores oportunidades, resulta extremadamente aleatorio cuando las armas de la represión continúan furiosamente en manos de los que a principios de año mataron a miles de personas por salir a protestar.
En una nación con más de 92 millones de habitantes, alimentada a lo largo de casi medio siglo con la idea de la primacía de los clérigos, si bien es posible que haya varios millones que resientan las reglas del radicalismo islámico y aspiren a un régimen diferente, también lo es que muchos se consideren huérfanos por la muerte de su líder máximo y no estén dispuestos a cambiar sino a continuar.
Los próximos días resultan cruciales, pues la refrendación de la ley de la selva no se ha propiciado solamente en el ámbito de lo internacional, sino que ha lanzado a los propios iraníes a guiarse por el instinto selvático en la búsqueda de su futuro político y social. De manera que cualquier día de estos los agresores dan por terminada su tarea con una proclama victoriosa mientras los iraníes quedan a merced de contradicciones internas que podrían enfrentarlos en guerra civil.
Hacia afuera, Irán, diezmado en su poderío militar, y bajo el mando oculto de sucesores previstos del Ayatola Jamenei, ha “huido hacia adelante” con el cierre del Estrecho de Ormuz, el ataque a bases militares y sedes diplomáticas de los Estados Unidos en países del Golfo Pérsico, la activación de Hezbollah, y en la medida de sus posibilidades el bombardeo a Israel.
Por ahora Israel avanza, en su versión de esta guerra, valiéndose audaz e inteligentemente de los Estados Unidos, para deshacerse de su enemigo mortal. Para ello no solo ha bombardeado centros de poder en Irán, sino que ha repelido los ataques de Hezbollah con bombardeos a barrios que ocupa en Beirut y el establecimiento de una zona de “tapón” en territorio libanés.
Los Estados Unidos parecerían estar en otra apuesta. Su mirada, por encima de dictaduras y democracia, puede estar en el gran juego de la disputa con China por la supremacía mundial en el Siglo XXI. Así como en el caso venezolano Trump logró hasta ahora hacerse de alguna manera al control del país con las reservas petroleras más grandes, animado por esa experiencia, y sin que los casos sean totalmente comparables, se habría aventurado a la búsqueda del control de los recursos petroleros de Irán. China es el comprador principal del petróleo iraní y dentro de sus aspiraciones energético estratégicas globales no puede dejar de figurar el petróleo iraní. Aspiración que con esta guerra podría verse frustrada en favor de los Estados Unidos.
En otro orden de ideas, podemos estar en presencia de un esfuerzo más por imponer una visión del mundo basada en la reiteración de la ley de la selva, es decir cada gran felino con su territorio y sus presas. Con aspiraciones declaradas en el sentido de que Rusia desea quedarse con Ucrania, China con Taiwán, y los Estados Unidos con las fuentes de petróleo ya mencionadas, además de Groenlandia, Cuba y Panamá. Mientras el Derecho Internacional sigue en el taller de restauración de documentos desteñidos.