Donald Trump ha dicho que el primer ministro británico Sir Keir Starmer no es Churchill, con la connotación fantasiosa de que, si lo fuera, habría atendido desde el primer momento el llamado de la Casa Blanca a colaborar en la destrucción de Irán. Ciertamente Starmer no es Churchill, ni ha reclamado serlo ni parecerse a su legendario predecesor, quien con absoluta seguridad no se habría sometido a obedecer los caprichos erráticos de un Donald Trump. 

Si el actual primer ministro británico perteneciera a la especie de los que creen tener siempre la razón y además el derecho a calificar a los demás como les venga en gana, podría decir que Trump no es Franklin Delano Roosevelt, contraparte americana de Churchill y aliado en el invento de la “relación especial” que desde la Segunda Guerra Mundial caracterizó la amistad entre el Reino Unido y los Estados Unidos. 

Aparte del origen cultural, histórico y lingüístico compartido entre sus dos países, Churchill y Roosevelt tenían afinidades en cuanto a su abolengo distinguido, su educación y su integridad personal y política, además de un entrenamiento comprobado en el manejo de las cosas públicas. Condiciones personales de ancestro, afinidad y cercanía ausentes en el caso de Starmer y Trump: el primero abogado, parlamentario y exitoso fiscal, y el segundo hombre de negocios inmobiliarios, concursos de belleza, casinos, hoteles, y campos de golf.

No es posible apreciar el contenido y la calidad de la relación entre los gobernantes británico y estadounidense de hoy sin darle una mirada al contexto político e institucional que, en el caso de cada uno, enmarca sus actuaciones. Starmer vive la realidad cotidiana de un sistema político fundamentado en la discusión parlamentaria permanente, frente a una oposición institucionalizada, ejercida con rigor y dureza apoyados no solamente en proyectos políticos diferenciados, sino en la existencia de un “gabinete en la sombra” que debe recibir toda la información necesaria para estar listo a asumir el poder en el término de horas, si fuese necesario. 

Cada miércoles al medio día, todo primer ministro británico debe concurrir personalmente a responder preguntas en el seno de la Cámara de los Comunes. Allí debe demostrar su conocimiento del Estado, el sentido que tiene el funcionamiento de su gobierno, la orientación de su política interna y exterior, y todo cuanto se les pueda ocurrir a los miembros de esa cámara habitada por representantes elegidos que se mantienen en contacto con sus electores para recoger sus sentimientos y hacerlos públicos. Para completar, el jefe del gobierno no puede nombrar simplemente a sus amigos o socios de su vida privada en el gabinete, pues para formar parte de ese equipo es indispensable ser miembro del parlamento. Y no puede haber gobierno si el primer ministro no cuenta con mayoría parlamentaria, de manera que en el momento en que la pierda, se tiene que ir.

El contraste con los Estados Unidos de nuestros días no puede ser más elocuente. La venerada Constitución de 1787 es mucho más joven que las normas que dieron origen a la democracia británica, que datan de la Carta Magna de 1215, cuando se estableció que el rey estaba sujeto a la ley. Pero en todo caso no es otra cosa que la consagración expresa de un Estado de Derecho, con libertades, responsabilidades y factores de equilibrio que nadie se había atrevido a desconocer. 

Justamente ahora se ha venido a hacer evidente que esa constitución, a la que se refieren con justificado orgullo los estadounidenses, confiaba en la continuidad de un estereotipo elevado de presidente de la Unión. Es decir que el gobierno federal estuviese en manos de alguien caracterizado por el respeto a esa ley de leyes que cada presidente jura cumplir y defender, el manejo juicioso de las herramientas del poder, la atención prioritaria a la preservación del Estado de Derecho, y el respeto total de las fronteras entre ramas del poder, así como entre el gobierno federal y los estatales. Algo que no se aprecia con esa nitidez bajo el modo de ejercicio de la presidencia actual de los Estados Unidos. 

Esto quiere decir que no es fácil ni exigible políticamente la coincidencia entre un presidente que ejerce su mandato a su manera, sin detenerse demasiado en “detalles” institucionales, y un primer ministro que ejerce el suyo de manera rigurosa dentro de una de las organizaciones institucionales democráticas más antiguas del mundo. 

Trump ha demostrado que no tiene reatos en lanzarse a una guerra de proporciones y consecuencias muy graves sin notificación previa ni autorización del Congreso, con expresiones erráticas sobre las causas y los objetivos de la “excursión”, y encima de todo exigir con aire de dueño del mundo que los aliados históricos de los Estados Unidos le acompañen en su aventura. ¡Justamente por eso no le sería posible convencer y manejar un Churchill!

Tal vez quien hubiera convenido más a Trump habría sido un Tony Blair. En el Reino Unido nadie olvida que, con motivo del ataque a Irak, sobre el supuesto, que resultó después falso, de la posesión de armas de destrucción masiva por parte de Sadam Hussein, Blair corrió a participar en el asalto y después en la administración imperial de Mesopotamia, con resultados de los que todavía tienen de qué lamentarse todas las partes. 

Churchill y Roosevelt fueron aliados políticos y llegaron a ser amigos personales, pero ninguno de ellos se caracterizó por tratar de subordinar al otro y mucho menos tratarlo de manera irrespetuosa, como si tuviera la exclusividad de la prerrogativa de calificarlo y jugar burlonamente ante el público con las palabras para sentirse superior. Quien así hubiera actuado se habría desprestigiado para siempre, y habría sentido horror de ser celebrado como “mangas” de barrio. 

Y no es que hubieran faltado desacuerdos, inclusive profundos, entre esos dos líderes de verdadera talla mundial. Como fue el caso de la presión de Roosevelt en favor del desmonte del esquema colonial del Imperio Británico como garantía del paso a una nueva era en la configuración del mundo. Propuesta que afectaba el que para Churchill era el logro más grande de la Gran Bretaña en la historia mundial. Imperio en el que había nacido y en cuya administración y sostenimiento había participado con una mezcla de política y armas en la mano. Pero jamás esa diferencia fue motivo de comportamiento desobligante o irrespetuoso, como tampoco dificultades mayores la admiración de Roosevelt por Stalin, no compartida en la misma proporción por Churchill.

Trump y Churchill difícilmente habrían podido ser amigos. Para ello habría sido necesaria la existencia de motivos de admiración mutua, sobre la base común de la integridad demostrada por cada quién. En gracia de discusión, Churchill, al haber recibido la solicitud de Trump de entrar en la guerra actual contra Irán, habría hecho valer su condición de estratega y guerrero en condición de militar o de periodista en las guerras de la independencia de Cuba, en batallas libradas para el Imperio en la India y en Sudáfrica, en la debacle de los Dardanelos y otros episodios de la Primera Guerra Mundial, así como en la invención de los tanques de Guerra, en su momento el avance más grande de la tecnología bélica, para rematar en la epopeya de la Segunda Guerra Mundial y la reconfiguración del mundo.

Vale la pena imaginar cómo habría sido la expresión de Winston Churchill, consumado lector y Premio Nobel de Literatura, curtido en campos de batalla donde se distinguió por osadía y audacia, al ser invitado por un empresario de inmuebles que se precia de no leer y evadió el servicio militar pero se cree el jefe de la manada, a emprender una guerra, con los argumentos expuestos al calor de su ego superlativo, precisamente en Irán, donde los británicos tuvieron tanta influencia en la estructuración de la explotación petrolera y en la política en el Siglo XX, y cuyas complejidades geográficas y culturales son particularmente exigentes. 

Los británicos no han sido ajenos a los chistes de Trump respecto de Starmer, quien ha manejado el bullying con decoro de caballero. Entre los comentaristas de actualidad ha habido quien recuerde que la alianza con los Estados Unidos no ha sido necesariamente incondicional. El primer ministro Harold Wilson mantuvo en su momento al Reino Unido fuera de la Guerra de Vietnam, a pesar de las presiones de Dean Rusk. En la misma lógica esperan que Starmer pase a la historia como alguien que fue capaz de mantener al país al margen de “una invitación a fiesta de karaoke en un lodazal”.

En Londres entienden que si bien los gobiernos tienen la obligación de pretender que los Estados Unidos obran con responsabilidad, la gente del común se puede separar de esa pretensión. Razón por la cual desde diferentes rincones se cuestiona la seriedad de los argumentos expuestos, y cambiados a cada rato, para el desencadenamiento de esta guerra asimétrica por definición y llena de sorpresas, como la de comenzar todo con el exterminio aparentemente aséptico de los gobernantes del país atacado. 

Las alianzas se deben construir sobre valores y compromisos comunes, y las guerras emprendidas en compañía exigen propósitos previamente acordados. Nadie tiene obligación de salir corriendo a participar en un asalto que se le ocurrió a otro, que exige ayuda e insulta a quien no la preste para luego repudiarlo por innecesario, al tiempo que anuncia a su conveniencia propósitos y hechos que no siempre coinciden con la realidad. Motivos suficientes para que sea risible la referencia de este momento a la figura de Winston Churchill, como si con su bagaje de gobernante y estratega hubiese estado dispuesto a entrar bajo el mando errático de Donald Trump.

Avatar de Eduardo Barajas Sandoval

Comparte tu opinión

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 EstrellasLoading…


Todos los Blogueros

Los editores de los blogs son los únicos responsables por las opiniones, contenidos, y en general por todas las entradas de información que deposite en el mismo. Elespectador.com no se hará responsable de ninguna acción legal producto de un mal uso de los espacios ofrecidos. Si considera que el editor de un blog está poniendo un contenido que represente un abuso, contáctenos.