Los recuentos típicos de la configuración del hemisferio occidental no han tenido en cuenta a Groenlandia, que sigue siendo una prolongación europea, muy cerca de la masa continental de las Américas, con una extensión superior a la de la suma del Reino Unido, Dinamarca, Bélgica, Austria, Francia, Alemania, Italia, Irlanda, Polonia, Portugal, y los Países Bajos.
La isla, posiblemente la más grande del mundo, por cuanto a Australia se considera un continente, ha sido objeto y muestra de ese desdén europeo por las herencias de una época en la que el planeta estaba abierto para la ocupación y conquista de territorios sin más limitaciones que las de la fuerza de la competencia. Ahora forma parte del Reino de Dinamarca bajo un modelo llamado Rigsfællesskabet, en virtud del cual no es colonia sino parte de la mancomunidad de la Corona danesa, con poderes que incluyen el de declarar su independencia por decisión popular.
Curioso es que el control de Groenlandia por parte de Dinamarca emana de una de esas declaraciones de funcionarios hechas con ligereza que después resultan irreversibles y traen consecuencias definitivas para su país. En 1919 el ministro noruego de relaciones exteriores, Nils Claus Ihlen, en su afán por asegurar la soberanía noruega sobre el archipiélago de Svalbard, de flora y fauna excepcionales, le dijo a su homólogo danés que su país “no pondría dificultades” a la reclamación de soberanía de Dinamarca sobre toda Groenlandia, tal vez por ser territorio gélido de menor valor.
Cuando más tarde Noruega trató de retractarse, con el argumento de que la declaración de su canciller no equivalía a un tratado formal, e instó a sus cazadores a faenar en el oriente de la isla, el asunto llegó a la Corte de La Haya, que decidió que la declaración de Ihlen era vinculante, por lo cual Dinamarca se quedó con toda la isla, objeto de desconocimiento y olvido por la escasez de su población, aunque tenida en cuenta por estrategas que leen el mapa del mundo de otra manera.
Cubierta en la mayor parte de su enorme extensión por una capa de hielo intacta, Groenlandia vino a salir de anonimato y el olvido por cuenta de un empresario de propiedad de raíz convertido en protagonista de la vida política internacional. Acostumbrado a identificar y aprovechar el valor de terrenos cuyas posibilidades de enriquecimiento le resulten promisorias, el presidente de los Estados Unidos fijó en la isla su mirada como predio de alto valor por sus recursos minerales, muy relevantes en el Siglo XXI, y su valor estratégico en la perspectiva de la futura reanimación del transporte y la defensa del continente americano por el Ártico.
Como es típico en sus emprendimientos político – inmobiliarios internacionales, el presidente ha aplicado en el caso de Groenlandia su patentado modelo de negociación: primero hizo el anuncio escueto de su interés en apropiarse de la isla, para anexarla al territorio de los Estados Unidos, realizó luego intentos amigables de compra, pasó más tarde a la amenaza y el chantaje, con el riesgo de romper la Alianza Atlántica, para terminar retirándose estratégicamente, como parece haberlo hecho para preparar un nuevo embate contundente y definitivo.
Para emprender su aventura groenlandesa, comparable como expansión imperial a la de su colega Putin en Ucrania, Trump encontró disponible una poderosa plataforma: la combinación, heredada, de un potente aparato económico que, en medio de una institucionalidad borrosa, le permite combinar el manejo arbitrario de aranceles con un poder político que todavía es enorme, y con un indiscutible poderío militar. Plataforma que usa para favorecer a sus amigos y castigar a quien le haga mala cara.
En medio de la pretendida apoteosis de la conquista de Groenlandia, surgen problemas de fondo. En primer lugar, la ruptura del derecho internacional, que si bien su país ha burlado reiteradamente, como otras grandes potencias, no deja de ser referente y parámetro de defensa de un orden conveniente para mantener en lo posible la paz, sobre todo en cuanto se trate del respeto por la soberanía y las fronteras de los demás. A lo cual hay que agregar el peligro de ruptura de la OTAN, eje fundamental de la unidad occidental, que traería consecuencias imprevisibles no solamente para los aliados europeos sino para los propios los Estados Unidos, que en el panorama estratégico serían cosa muy diferente sin el apoyo y la amistad de esos socios a la hora de una confrontación con enemigos comunes.
Para el mundo entero tiene que ser cada vez más preocupante la siembra anárquica de un estado de cosas producto del capricho de alguien poderoso que introduce un desorden innecesario y perjudicial en el conjunto de las relaciones internacionales. Máxime cuando, según tradición de la postguerra mundial y de la Guerra Fría, se trata del “abanderado del mundo libre”, que ahora adelanta todo tipo de acciones, según el ánimo que tenga, para avanzar o retroceder, con argumentos en muchos casos acomodaticios y fantasiosos, cuando no contradictorios, que han puesto a dudar sobre su buen criterio.
Ese líder impredecible ha actuado sin contrapeso interno, debido a la inexistencia de una oposición política vigorosa, que no ha existido en los Estados Unidos como en democracias donde la oposición leal a las instituciones es fundamental. Le rodea en cambio un tibio coro de sicofantes dispuestos a aplaudir de manera servil y complaciente cada actuación de un jefe al que no se sabe si le admiran o le temen.
Si lo anterior resulta evidente en el orden interno, también en el orden internacional la actitud predominante, hasta ahora, comenzando por la Unión Europea y extendida al resto del mundo, con la excepción de China, que tiene su propia personalidad y sus propios elementos para no someterse, y de Rusia, que bien quisiera ser cómplice del éxito de la apoderamiento de nuevos territorios por parte de los Estados Unidos, ha sido la de una cuidadosa y blanda crítica, para terminar plegándose, por una mezcla de necesidad y miedo, a los designios de quien ha asumido una especie de dictadura de talla universal. Modo de acción que funciona al ritmo cambiante de sus sentimientos y sensaciones, lleno de incoherencias, amenazas y contradicciones. Todo mientras políticos en ejercicio, analistas y académicos, tratan de interpretar cada movida del personaje, en algunos casos atribuyéndole una inverosímil genialidad.
El mensaje al primer ministro noruego para regañarlo porque su gobierno no concedió al ocupante de la Casa Blanca el Nobel de Paz, acompañado del anuncio de un cese del compromiso con la paz por esa causa, habla por sí solo del talante de su autor y de su ignorancia sobre la independencia del comité que toma en Oslo la decisión. La amenaza de castigar con aranceles altísimos a quienes no apoyasen la pretensión estadounidense de apropiarse de Groenlandia es un acto incalificable de chantaje en abuso de la plataforma heredada de poder económico, político y militar a la que ya se ha hecho referencia. Con ello se cruzaron fronteras que no todo el mundo estaba dispuesto a aceptar para rendirse sin condiciones ante los designios de quien se considera todopoderoso. Y la negación falaz del coraje de los aliados de los Estados Unidos en la campaña de Afganistán pudo marcar un punto de no retorno en la confianza y el aprecio de amigos a quienes no había razón para despreciar.
Conminados los aliados de Estados Unidos a responder por esa suma de amenazas y ofensas, Francia las rechazó y Gran Bretaña por primera vez en mucho tiempo manifestó de manera contundente su extrema molestia por la descalificación de sus soldados, muchos de los cuales entregaron su vida en pleno combate en Afganistán.
La justificada protesta vino a encontrar una síntesis seria, serena, ordenada, argumentada, valiente y valiosa, por parte del primer ministro canadiense, que marcó un punto culminante en todo ese proceso y obligó al gran negociador, como era esperable según su estilo de agredir y retroceder cuando ya no puede más, a exaltar el valor de los soldados británicos y dar a entender que no tomará por ahora por la fuerza la llamada “isla verde”, que denomina un bloque de hielo, que forma parte de su obsesión expansiva del territorio de la Unión Americana.
Lo preocupante es el discurso deshilvanado de Trump en Davos, en el que reiteradamente confundió a Groenlandia con Islandia, repitió su actitud insultante hacia sus propios aliados históricos europeos, menospreció el cociente intelectual de un país africano y protagonizó una exhibición de egolatría y desconocimiento de la forma como ha funcionado el mundo tanto en la diplomacia como en las instituciones internacionales y en la convergencia entre empresarios y políticos de talla mundial.
Quedan, dignas de estudio y reflexión, materias como la lectura que debemos todos aprender a hacer de la geopolítica del Ártico, visto el mundo desde el Polo Norte y no desde los planos convencionales, la ruptura del orden internacional mencionada con sustanciosos argumentos por Mark Carney, Primer Ministro del Canadá, el futuro de la OTAN, el aislamiento paulatino de los propios Estados Unidos y el plazo de aguante interno e internacional de la embestida de un presidente al que le quedan todavía tres largos años para avanzar en su proyecto de contenido insospechado y consecuencias imprevisibles.