Los “hijos del ejecutivo” algo aprenden, de bueno y de malo, por el solo hecho de haber visto ventajas y problemas del arte de gobernar. De pronto, y con mayor razón en Oriente, se dedican a la política como cualquier vástago se dedica al oficio de la familia. Lo curioso es que no falta quién les crea. Al punto que al menos el hijo de un legendario dictador pudo llegar a presidir su país por la vía de elecciones aceptables como reflejo de la voluntad popular.

Ferdinand Marcos Romuáldez se crio viendo a su padre, Ferdinand Marcos y Edralín, ejercer por largos años el poder como dictador de Filipinas y a su madre, Imelda, obrar como copiloto doméstico de esa aventura, denominada “dictadura conyugal”, con su legendario estilo y su fama de coleccionista de más de mil de pares de zapatos.

A la caída de la dictadura, en 1986, nadie habría apostado al retorno de los Marcos al poder, por ningún camino. Entonces habría parecido imposible que alguien de esa familia, marcada entonces por una secuencia interminable de abusos de toda índole, propios de una dictadura brutal, pudiese llegar 36 años más tarde tranquilamente al poder.

El nuevo Ferdinand apareció la semana pasada como protagonista de una “cumbre” realizada en la Casa Blanca, en compañía del presidente de los Estados Unidos y del primer ministro del Japón. No era su primera visita a esa mansión presidencial, pues ya lo había hecho, en su infancia, cuando acompañó a sus padres a visitar a Richard Nixon, a quien vio también en Manila, y después a Lyndon Johnson, amigos de la conveniente dictadura del Marcos padre, que garantizaba a los Estados Unidos bases definitivas para satisfacer su necesidad de presencia en una región fundamental para sus intereses de potencia global.

El nuevo Marcos no ha vacilado, a la hora de escoger sus prioridades en materia de política exterior, en seguir las huellas de su padre. Por eso ha dedicado sus esfuerzos a volver a editar, actualizadas y estrechas, las relaciones de Filipinas con los Estados Unidos y con el Japón, país que el viejo caudillo visitó, y donde se reunió con el emperador Hirohito. También ha fortalecido sus lazos con Australia, de manera que su país, con más de siete mil islas ubicadas en lugar de alto valor estratégico en la región indo – pacífica, ofrece “portaaviones naturales” de valor inapreciable.

Bajo el lema de “una asociación inquebrantable”, en la Casa Blanca fue recibido inicialmente el primer ministro japonés Fumio Kishida, con el ánimo de reiterar la fortaleza de los lazos de seguridad que unen a japoneses y estadounidenses en el impredecible entorno de seguridad del Asia-Pacífico. Entorno agitado ante la creciente amenaza de Corea del Norte y el incremento de la presencia militar de China en los mares de la región.

Con ese encuentro se cerraba uno de los anillos de seguridad entrelazados con otros que incluyen también a Australia y a la India, interesadas en esa alianza informal “defensiva”, animada por un permanente diálogo sobre opciones estratégicas que es preciso asegurar en el subcontinente indio y en los reductos de Occidente que quedan al sur. Todo con la consabida expresión del mejor interés por mantener un diálogo constructivo con China. Como por no dejar.

A la reunión se vino a sumar Ferdinand, a la mejor manera de su padre. Con lo cual se armó expresamente una “cumbre” de contención respecto de las aspiraciones de China en sectores marítimos que son del interés de Filipinas, que busca alianzas para afrontar una situación que no hace sino empeorar, ante el hostigamiento chino, conforme a sus intereses globales y regionales, sin la menor muestra de flexibilidad. Ya es frecuente el acoso de embarcaciones de la guardia costera china a los barcos de suministro filipinos, que afectan de hecho la tranquilidad regional. Hechos que, poco a poco, pueden llevar a una deriva de confrontación.

El presidente Biden no vaciló en prometer públicamente que los Estados Unidos defenderán de manera férrea a Filipinas ante cualquier ataque en el Mar de China Meridional. Para lo cual sirve todavía un tratado de defensa mutua, asimétrico pero útil para Filipinas, firmado en 1951, al calor de las circunstancias de la postguerra y cuando se perfilaba la correspondiente división del mundo en torno de las dos super potencias de la época.

La República Popular China no podía ver la cumbre con buenos ojos. Por lo cual no vaciló en condenarla “peligrosa y agresiva”, y la consideró una “manipulación política de bloques” orientada evidentemente en su contra, como lo entendió y tituló la prensa internacional. Para comunicar su molestia convocó a los representantes diplomáticos de Japón y Filipinas, ante quienes defendió sus acciones en el Mar de China Meridional, que considera en un 90% como parte de su dominio soberano, aunque a ello se opongan varios estados del sudeste asiático.

Ahí está el hijo del antiguo dictador jugando en las grandes ligas, como presidente elegido por los filipinos, con ayuda de su madre para convencer a los electores viejos, que de pronto recibieron favores de la dictadura, y por jóvenes que no tuvieron que sufrirla y encontraron, paradójicamente, en el apellido de Marcos una evocación de “cambio” que parece ser a esas alturas de la vida un argumento político muy seductor.

Tal vez el nuevo Marcos tenga razón en sus movimientos estratégicos, que le aproximan a los otros socios de la cumbre de Washington y también a Australia. Mientras en su país, y respecto de él, se agudiza el interés por ver el rumbo que tome su gobierno. Porque si llega a repetir los pasos de su padre, se inventaría, como todos los que tienen sangre de dictador, la forma de cambiar a su acomodo la constitución y quedarse en el poder por las décadas que puedan. Hasta que, tarde o temprano, su propio pueblo logre echarlos del poder.

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