Destellos de un mundo en mutación

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La guerra oculta de las iglesias

Por debajo de la confrontación de los ejércitos, entre Ucrania y Rusia se libra una batalla de fidelidades entre diferentes grupos de la ortodoxia oriental cristiana. Así se rompen una armonía y una historia entrelazadas, que provienen de la Edad Media, cuando el cristianismo se extendía desde la “Rus de Kiev” hacia lo que vendría a ser más tarde territorio del estado ruso que conocemos hoy, gobernado desde el Kremlin de Moscú.

La ruptura es profunda, porque tiene que ver con el ánimo derivado de las creencias religiosas, y se suma al prontuario de quienes buscan conseguir por la fuerza el restablecimiento de un imperio desvanecido. Proyecto de un conservadurista con ínfulas de protagonista de la historia del mundo, que apela a la combinación del autoritarismo de los zares con el de quienes los reemplazaron después de la revolución.

Aunque la tendencia no sea exclusiva del mundo ortodoxo oriental, desde Bizancio en la época de Constantino es costumbre atraer al poder religioso para ponerlo al servicio de propósitos políticos. De ahí que, en la era post comunista y neoconservadora, los presidentes rusos hayan buscado no solamente reivindicar tradiciones zaristas, sino apelar a la influencia de la iglesia ortodoxa como abanderada alterna de sus causas.

Esa pretensión, conforme a la misma lógica bizantina, encuentra respuesta positiva por parte de jefes religiosos ansiosos de recuperar la figuración perdida en la época del predominio ateo y jugar de nuevo al patriotismo, para ganar espacios de influencia. Postura que se facilita en el seno de una iglesia, como la ortodoxa oriental, que no tiene un jefe único y universal, como el Papa de Roma, sino que funciona sobre la base de iglesias autocéfalas.

La misma idea de afinidad con las causas políticas nacionales ha conducido históricamente a que también en Ucrania la iglesia haya buscado en diferentes momentos la independencia respecto de la de Moscú, bajo cuya jurisdicción quedó desde 1686. Hace un siglo se fundó una iglesia autocéfala que, por promover valores nacionales, fue perseguida y prácticamente aniquilada por el poder soviético. A partir del desmonte de la URSS la idea volvió a tomar fuerza. Y con la anexión de Crimea, y ahora el ataque ruso, con mayor razón.

No importa que el actual presidente ucraniano sea judío. La presencia de la ortodoxia cristiana oriental es muy relevante en su país y cubre uno de los flancos más importantes de la fe en la identidad y la defensa de los intereses nacionales. De manera que, a partir de 2014, cuando Rusia “anexó” artificiosamente a Crimea y apoyó la lucha armada en provincias ucranianas contra la autoridad del gobierno de Kiev, y contra el derecho y la soberanía de Ucrania, se alimentó la distancia entre las autoridades religiosas de los dos países y el gobierno ucraniano tenía que respaldar la autonomía de una iglesia propia.

Desde la época del presidente Poroshenko se anunció la decisión de reclamar el derecho de Ucrania a establecer su propia iglesia nacional. Argumento reforzado por el ataque de 2022, denominado por el Kremlin de Moscú “operación especial”, que niega la soberanía nacional ucraniana, con el retorcido argumento de que «los rusos y los ucranianos en general son un solo pueblo», por lo cual, según el presidente ruso, deberían entonces estar sometidos a su voluntad.

Bartolomé, Patriarca de Constantinopla, primero entre iguales en el conjunto de los jefes de las iglesias de la ortodoxia oriental, concedió en 2018 autonomía a una de las iglesias ucranianas para que agrupara a los cristianos del país y formara tolda aparte. Gesto recibido por la iglesia de Moscú con profundo desagrado, máxime cuando desde siempre ha abrigado sentimientos de arrogancia frente a Constantinopla, con la idea de que la capital rusa se convierta en “la tercera Roma”. Motivo por el cual, como sucedía en los primeros años de desorden del cristianismo, el patriarca moscovita excomulgó a uno de los de Kiev.

Sin perjuicio de que algunos sectores ucranianos sigan en duda entre afiliarse a una iglesia nacional y mantenerse desde el punto de vista religioso atados a Moscú, esa alternativa impulsa una guerra religiosa oculta, paralela a la confrontación armada que sacude al país. Rusia, por su parte, resiente la pérdida de control de un factor de poder blando, importante a la sombra del asalto sangriento que desató.

Detrás de ese sentimiento está el Kremlin moscovita, que ha fortalecido su relación con la jerarquía eclesiástica, sobre la premisa de enfrentar “la acometida corruptora de Occidente” contra los valores de la patria. Motivo por el cual la alianza entre los poderes político y religioso se ha convertido en factor de propaganda gratuito y poderoso para el gobierno actual, en su empeño de dar al interior del país la imagen de defensor ante el ataque de los “neonazis”, occidentales, a los que hay que derrotar como se hiciera hace ocho décadas en la Gran Guerra Patriótica para resistir el ataque de las huestes mortíferas de Hitler.

Los jerarcas eclesiásticos rusos bendicen armas letales y dan mensajes de aliento a los jóvenes reclutados en regiones campesinas, de cuyas vidas dispone el Kremlin sin consideración alguna, al enviarlos a una guerra sin sentido contra los molinos de viento de un resto de mundo que mal quisiera adueñarse de un país en el que la gente es capaz de creer discursos tan alrevesados.

Por el otro lado, desde cuando Poroshenko adoptó como lema para su campaña presidencial el de “Ejército, idioma y fe”, no hizo otra cosa que valerse de la opción de usar la religión para convencer a sus compatriotas de la necesidad de orientar su fe religiosa en favor de una causa política. Acción que resulta lo mismo de abusiva de los sentimientos populares más íntimos, para ponerlos en la calle, en la disputa política y hasta en el campo de batalla, al servicio de una causa alejada de sentimientos religiosos y valores cristianos.

Más de mil comunidades y monasterios han anunciado su retiro de la sumisión al Patriarcado de Moscú para vincularse a la Iglesia de Ucrania, aunque quedan comunidades que se mantienen leales al primero. Los que se van, y los que se quedan, han terminado metidos por los políticos, y por los jerarcas, en una guerra encriptada en la que los verdaderos sentimientos cristianos y los valores espirituales quedan en segundo plano, a pesar de las manifestaciones de boca hacia afuera, que obedecen a razones de conveniencia. Sin que sea posible determinar el estado de las conciencias.

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