En el invierno, a principios de 1979, los jóvenes iraníes clamaban por la caída del Sha y se echaban a orar para que pasaran a gobernar los Ayatolás; ahora claman por la caída de los Ayatolás y se echan a orar, unos para que vuelva el hijo del Sha y otros para que en Irán florezca algún tipo de gobierno que arregle los problemas del día a día, en lugar de tratar de alimentar a la gente con sermones.

Se mueve alocado otra vez el péndulo de la historia, que marca el destino de una nación milenaria que ha presenciado el desfile de tiranías y revoluciones, aventuras, guerras, triunfos y fracasos que la han curtido para soportar gobiernos opresores y de pronto echarlos cuando llega el momento de no aguantar más.

Cada día más gente sale a la calle a protestar contra el estado de la economía, que afecta la fluidez de la vida cotidiana de sectores populares, y más arriba, de empresarios y comerciantes que se suman a estudiantes y “gente del común”, en un clamor nacional por reformas que alivien sus penurias, agravadas por una sequía inusual de consecuencias devastadoras.

Como no existen canales de conducción ordenada del descontento, Irán parece una caldera sin válvulas institucionales previstas para controlar la presión que sube al impulso de sentimientos y reclamos populares insatisfechos. Entonces las autoridades, después de reconocer las dificultades por las que atraviesa el país, han decidido echar abiertamente mano de la represión.

La revolución islámica llegó al poder en el mismo año 79 con tal impulso que no solamente dio al traste con siete décadas de monarquía constitucional, sino que consiguió establecer una república teocrática en donde un líder supremo, repite ahora en nombre del islam el modelo antiquísimo que en otras épocas encabezó Ciro el Grande, para mencionar solamente uno de los más reconocidos sátrapas de la historia.

El modelo de la república islámica concibe la organización del Estado como emanada directamente de la voluntad divina, interpretada y administrada por un poderoso líder supremo, en cuya cabeza están las grandes decisiones estratégica y la jefatura de las fuerzas armadas. Responsabilidades que ejerce, además de su inspiración, con el apoyo de personas ilustradas bajo una organización sui géneris, con un Consejo de Guardianes que suele refrendar su mandato cada cuatro años, y una Asamblea de Expertos elegida popularmente, lo mismo que el presidente, que sólo puede serlo si el Consejo de Guardianes ha aprobado su candidatura.

La mención simplificada de esas complejidades es relevante para entender la razón por la cual el concepto de ejercicio de la acción política no tiene cabida en Irán, a la manera de las democracias occidentales. Mucho menos hay espacio, por supuesto, para el concepto de oposición política. Esto resulta muy importante porque cierra las posibilidades de que existan alternativas de cambio del rígido esquema que depende de la voluntad divina, y de su interpretación oficial, por fuera de la cual no hay cómo canalizar el descontento popular. Algo parecido a lo que sucedía al final de los años setenta del siglo pasado, época del Sha, cuando resultaba explicable que la principal alternativa de cambio fuera la revolución.

Lo mismo que otros países con ánimo profético de “revolución exportable” y pretensión de jugar en los tableros más amplios del escenario internacional, Irán ha dedicado desde el momento fundacional enormes recursos al ejercicio de influencia por fuera de las fronteras nacionales. Tal es el caso de la organización y apoyo permanente a Hezbollah, para el control político del Líbano y el propósito de la destrucción del Estado de Israel, cuya existencia cuestiona de manera intransigente. Para no hablar de incursiones intercontinentales como la de su presencia en Venezuela, a la manera de cabeza de playa en el rico y promisorio mundo de América del Sur.

Por otra parte, también a costa del bienestar de su gente, ha realizado un esfuerzo armamentista y un proyecto de desarrollo nuclear capaces de agotar recursos financieros muy valiosos, mientras su actitud desafiante frente a poderes regionales y mundiales produce como retribución “sanciones” que dificultan su inserción normal en la vida política, y sobre todo en el sistema económico internacional. Aislamiento auto provocado que terminan por pagar, como en todas partes, los sectores populares hasta lo más profundo del país.

A ese ritmo, con el sustento engañoso de mucha ideología y mucho discurso, sumados a represión, aislamiento y autoritarismo, los gobiernos iraníes, por designio de sus jefes supremos, ha insistido en enfrentarse a enemigos implacables que les han obligado a ocuparse de cosas que los alejan del compromiso interno con el bienestar de la población. Si a esto se suma el hecho irrefutable de que esos enemigos provocados, como Israel, han golpeado durísimamente no solo la capacidad militar del país sino los símbolos más emblemáticos del sistema, al eliminar personalidades casi míticas en sus recintos más recónditos, el balance no puede ser sino el de un sentimiento de frustración que va más allá de los despachos oficiales.

Leyendo las cosas en “tiempo histórico” un ciclo de cuatro décadas parece ser un turno suficientemente largo no solo para producir una escuela de pensamiento sobre la propia nación, sino un resultado de bienestar y aceptación general basado en realidades ostensibles y generalizadas. Algo que, a juzgar por la explosión del momento, no se presenta en Irán.

La sola mención del hijo del Sha, y las apelaciones de éste a que continúe el levantamiento, representan la supervivencia de una forma de ver el país, que en época de su padre, Mohamed Reza Pahlavi, llegó a funcionar conforme a estándares occidentales, no solamente en cuanto al manejo económico, sino que, a la manera de Mustafá Kemal Ataturk en Turquía, recibió desde arriba un vigoroso impulso en favor de causas occidentales en el trasfondo cultural, que motivaron la molestia de los clérigos hasta llevarlos a proclamar que no podían aguantar más y era preciso echar del poder a un gobernante que llevaba el rebaño de la nación al abismo de la negación de los valores más puritanos de la religión. Rebaño que ahora se siente descarriado por la actitud de sus pastores, que esperan sobreviva sin chistar en medio de un desierto.

La dictadura en la que se ha convertido el modelo teocrático está profundamente herida por el costo de vida, el fracaso de la economía en todos los niveles, el desánimo de millones de creyentes que siguen fieles al islam pero no a los que gobiernan en nombre de él, la presión extranjera y unas derrotas militares y políticas que han hecho pedazos algunas de las columnas principales que al principio sostuvieron al régimen sometido desde el primer día a la prueba tremenda de gobernar directamente a nombre de Dios.

El péndulo que marca el destino de Irán puede comenzar a dar vueltas hacia uno u otro lado, formando círculos que se pueden interpretar como convenga al intérprete. Así son las cosas en materia política, pues lo que para unos es digno de respeto para otros lo es de burla o de molestia. El éxito o el fracaso definitivo de la república, tal como está organizada hoy, se medirá por la satisfacción de la gente, dispuesta a quedarse en casa si advierte que ya no es del caso salir a exponer su vida en lugar de sobrevivir en medio de una penuria inhumana que no es perdonable y que ninguna religión puede aceptar.

Reza Pahlavi, hijo del último Sha, por voluntad propia y ante el llamado de algunos en las protestas callejeras, intenta posicionarse en el panorama para animar las protestas al tiempo que anuncia que no tiene pretensión de retomar el poder. Cuando más, su alcance podría ser el de encabezar una monarquía democrática. Demostración de la inexistencia de otras salidas posibles en un país que no conoce más.

El presidente de los Estados Unidos, en acto típico de su idea del mundo como espacio de su jurisdicción sin límites, ha amenazado con bombardear Irán si continúa la matanza en las calles y sin renunciar a su aspiración al Nobel de Paz. Factor externo que no todos están dispuestos a aceptar desde los rezagos de su sentimiento de pertenencia nacional

Falta por ver la decisión que tomen los misteriosos jefes del Bazar de Teherán, donde hace siglos se gestan los movimientos que producen resultados definitivos en cuanto al régimen político del país. Su adhesión a la causa del Ayatolá Jomeini resultó perentoria para la caída del Sha. Su disposición de ahora puede ir en cualquier dirección. Siglos de experiencia y sabiduría política suelen resultar concluyentes.

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