Destellos de un mundo en mutación

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Claridad política en Grecia

Los conservadores de Grecia consiguieron, ahora sí, la confortable mayoría que buscaban, que les permitirá gobernar y legislar conforme a su proyecto político. No tendrán que negociar con nadie una plataforma advenediza o incierta. Eso implica una enorme responsabilidad, porque no habrá excusas de político que le sirvan al primer ministro, que vuelve al cargo, para justificar cualquier fracaso.

Desde su equina del Mediterráneo, Kyriakos Mitsotakis ha demostrado que el éxito en política requiere de audacia. También ha puesto claro que bien vale la pena tener un programa amplio, realista y practicable, y que hay que refinar el discurso y plantearlo sin complejos, en contra vía de los paradigmas impuestos de manera artificiosa por los que proclaman propuestas de acción posibles solamente en la imaginación populista.

Como en los comicios ordinarios de mayo nadie obtuvo mayoría suficiente para gobernar por su cuenta, Mitsotakis “se jugó” por llamar a una nueva elección, prevista en las reglas electorales de ese país, sugeridas en su momento por la izquierda, ahora derrotada, que permite una nueva ronda al cabo de la cual, quien haya obtenido una cierta mayoría, recibe un “bono” de hasta cincuenta curules, para garantizar una mayoría suficiente para gobernar sin necesidad de hacer concesiones programáticas a posibles aliados.

La audacia radica en haber optado por ese camino, en lugar de regalares a otros un tercio, o la mitad, del poder, o pedir o hacer favores de esos que terminan en programas híbridos que a la larga pocos entienden y dan lugar a que cada quién los interprete a su manera.

El refinamiento del discurso se refleja en el hecho de que, lejos de organizar un “menú”, pensando en el gusto variable de los consumidores, su partido, y también los otros, insistieron en la competencia entre sus programas característicos. De manera que los electores supieran abiertamente a qué atenerse. Situación muy diferente del oportunismo tropical de jefes políticos que buscan fórmulas llenas de recovecos que terminan en programas confusos e impracticables.

Mitsotakis abandonó el discurso vergonzante del centro derecha, acorralado hasta ahora por una arremetida de varios lustros en contra de su propuesta de menos gobierno y más sociedad, menos impuestos y más inversión, más juego abierto de la economía y menos estado. Asuntos que el discurso contrario había conseguido estigmatizar como antipopulares, como rezago de la Guerra Fría en Europa Oriental y los Balcanes. El partido Nueva Democracia se lanzó por la vía dura: nada de timidez y falta de resolución disfrazadas de prudencia. Lo interesante es que obtuvo la mayor victoria de la derecha desde la restauración de la democracia, en 1974. Tendencia que se refuerza con la votación en favor de formaciones de derecha radical.

Lo que está a prueba ahora en el escenario griego es la idoneidad del enfoque liberal y pragmático que avienta a todo el mundo a jugar en el juego típico del modelo capitalista, sin recovecos ni disculpas. Se espera entonces una especie de competencia política, económica y cultural, respecto de la cual los electores se volverán a expresar dentro de cuatro años, si no pasa antes algo que lleve a la necesidad de nuevos comicios.

La mayoría de los que fueron a votar en esta oportunidad se han alejado de la idea de que el estado obra milagros. No creyeron que el país fuera a progresar entregándoles el poder a unos políticos de oficio que, como decía una señora en Atenas, “nunca han administrado ningún negocio grande ni pequeño y se quieren apoderar de la plata de los demás para manejarla desde sus ilusiones y su ignorancia”.  “Habladores que, con el manejo del erario se dan el lujo de obrar como millonarios de escritorio, benefactores de sus amigos o salvadores de los que ellos consideren desvalidos, por cuenta de la mayoría silenciosa”.

Particular relevancia tiene el hecho de que los jóvenes en esta oportunidad no se entusiasmaron, como muchos esperaban, con el discurso de las soluciones de impacto súbito, y terminaron en gran medida por apoyar la continuidad de un primer ministro que no les ofreció milagros sino oportunidades. De pronto un signo de madurez política que se pondrá ahora a prueba para todos con el verano que llega y que, en el caso griego, moviliza al país entero.

La oposición de izquierda se dedicará en adelante a hacer su trabajo: observar, criticar, plantear opciones diferentes, concebir programas para el futuro. Deberá buscar la forma de recomponer una propuesta que ha de recoger inquietudes populares y anhelos de solución de problemas que no se van a arreglar de milagro por las fuerzas del mercado, que de pronto más bien los puede acentuar. Deberá estar lista para la nueva apelación a las urnas dentro de cuarto años, o antes en cualquier momento. No se va a desvanecer ni a ocultar. Estará dando la cara y siendo siempre una alternativa, dentro de las instituciones.

En Grecia se hace política sobre la base de una larga experiencia. Así los mismos ciudadanos no tengan conciencia de ello, en el espectro del proceso político del país obra la herencia de rasgos muy antiguos y episodios de toda índole, desde la democracia en su estado original hasta una versión contemporánea de la misma, relacionada con un modelo económico antiguamente inexistente, pasando por dictaduras, monarquías de opereta, populismos de todo origen, y una oscilación vigente entre derecha e izquierda.

Los políticos griegos son apasionados y proclaman con dureza sus verdades, pero han aprendido a ser contradictores sin convertirse en enemigos personales. La gente los sigue, de manera que, aunque siempre haya descontentos después de cada elección, no se odia a quienes hayan votado diferente. Después de todo, como en tantas partes, medio país sigue viviendo su vida sin que le importe lo que cacareen los aspirantes al ejercicio del poder político.

El proceso político es como un drama permanente, con todas sus consecuencias. Como una feria cambiante, con actores disfrazados de lo que sea, que hacen todos los malabares posibles por ganarse los votos. Lo que hay que decir, se dice. Y siguen adelante. Sigue el drama. Sigue el espectáculo. Siguen las oportunidades. Saben que, tarde o temprano, vuelve y juega. Por eso el mapa electoral del país, si se miran no más los últimos años, ha pasado de azul a rojo, para volver a azul, sin que nada sea por demasiado tiempo y mucho menos para siempre.

Lo griegos no se jactan de ser la democracia modelo. No les importa. Los nombres de sus políticos son impronunciables por locutores anglosajones. Tienen rasgos folclóricos que hacen más meritoria aún su experiencia, pero convergen en el compromiso por el bien colectivo, dentro de la feroz competencia de un sistema económico que premia a los más incisivos, de manera que los que esperan que les hagan las cosas terminan por despertar al emprendimiento. Como lo hicieron siempre pescadores y comerciantes de las polis antiguas.

Los nórdicos difícilmente pueden entender a los griegos, que pasan la mitad de su existencia disfrutando de la vida. Pero allá llegan ahora en el verano a disfrutar por un rato de esa experiencia de vivir a plenitud y trabajar duro sin hacer de eso ostentación, como corresponde a una vida humana plena de decoro. Tienen mucho que aprender de una sociedad añeja y sencilla, llena de ese alborozo por vivir que, aún en el silencio de los monasterios, bien vale la pena.

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