Desesperados. Llevados a la desesperanza estamos unos ciudadanos que parecemos subidos en una máquina perversa de la cual no podemos desembarcar. Es la máquina descompuesta de una democracia que dejó de serlo, en la que mediante mecanismos no del todo transparentes y costosos en extremo elegimos personas que persiguen las más de las veces solo el poder, el enriquecimiento y el “prestigio”, o seguir trepando por la escalera de la democracia sobre los lomos de ciudadanos agotados. Cada vez más los dirigentes locales y nacionales nos hablan como a niños díscolos a los que hay que meter en cintura, como a seres humanos que dejan mucho que desear porque no están ansiosos de pagar más impuestos, porque no están deseosos de usar la bicicleta para todo, porque no quieren ser buenos ciudadanos y dejarse decir exactamente qué tienen que hacer con sus recursos, su movilidad y, de ser posible, con su alma misma.

Pagamos unos impuestos que nos ahorcan para no ver retorno alguno a cambio de estos. Transitamos por calles en las que mueren personas por causa de la pobre demarcación, el pésimo mantenimiento, la falta absoluta de un sentido común; pero si el tráfico no fluye no es culpa de los funcionarios que hemos elegido para aportar al remedio, sino nuestra por salir de la casa, por ir al trabajo en un carro, y por tanto la solución es señalarnos con un dedo acusador y jugar con nuestro derecho a la movilidad cambiando la norma mediante la cual podíamos sacar un carro u otro. Nuestros verdugos. Y todo se nos dice en tono de regaño, de cantaleta, desde un Olimpo donde reina la cómoda sabiduría del burócrata.

Con nuestros impuestos sostenemos una burocracia casposa, pervertida e indolente que piensa en todo menos en los ciudadanos. La construcción del Estado se desfiguró y entró, no se sabe en qué momento, en un “ellos contra nosotros” en que el deber de esa multiplicidad de funcionarios innecesarios pagados con nuestros impuestos es simple y sencillamente hacernos la vida imposible, aplicarnos fotomultas incontrovertibles aunque vayamos de urgencia a un hospital en medio del aguacero, o hayamos debido frenar sobre la cebra para no atropellar a un peatón. Y pagamos, y pagamos, y pagamos, y pagamos más aún para ver cómo en las autopistas y calles hay filas de carros con las llantas estalladas y cómo los motociclistas se matan en los huecos.

Son tan pobres de espíritu nuestros dirigentes que se ufanan de “tapar huecos”, ¡vaya logro tercermundista!

La sumatoria de todas estas cosas que vemos pero que se nos atoran en la garganta por no saber cómo dirimir esta frustración, es que todo eso se traduce en desconsuelo, en depresión, en maltrato, en irascibilidad, en un deterioro notable de la calidad de vida.

Ese Estado que nos mira hacia abajo (a pesar de que vive gracias a nuestro trajinar) es incapaz siquiera de velar por nuestra seguridad, que de no haber nada más que haga un Estado ya sería suficiente, porque así podríamos vivir. Es un Estado que está en contra de nosotros a pesar de sus proclamas de un altruismo rimbombante que resuena en clichés contemporáneos pero carece por completo de compasión por sus ciudadanos que se ven obligados por su culpa a vivir vidas tristes en las que absolutamente todo lo que constituye una vida normal es entorpecido por burócratas sin nada mejor que hacer: entorpecen la creación de empresas, cobran impuestos pero hacen casi imposible pagarlos de manera sencilla, establecen límites de velocidad absurdos y nos mandan una jauría de policías envalentonados y sin el menor criterio a cobrarnos multas porque sí y porque no.

Le cae el “peso de la ley” a la gran masa de ciudadanos bienintencionados pero desesperados mientras que el hampa goza cada vez de mayores privilegios. Dicen los psicólogos que una depresión es una rabia que no puede manifestarse contra el principal causante. No es de extrañarse, pues, que la gente quiera huir a como dé lugar y que hayamos entrado en un estado de abulia y tristeza.

No es algo menor que nuestros dirigentes nos roben la alegría y la esperanza, que a cada paso pongan zancadillas a nuestro espíritu, que nos digan que todo está mal, que se proponen derribar todo lo construido porque todo lo hemos hecho mal y que nos comunican, con sus acciones, que sus gobernados somos apenas unos borregos que —si bien nos va—, lograremos a duras penas interpretar la maraña de normas y leyes para esquivar alguna sanción.

Los puntos de quiebre llegan, inexorablemente, de una u otra forma, cuando la carga supera la resistencia del material. Y un día, no muy lejano, ojalá, entenderemos que debemos dejar de elegir a nuestros verdugos, y que es además nuestro deber moral quitarnos de encima a los que por razones incomprensibles, elegimos para que apretaran la soga.

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