DELOGA BRUSTO

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Llegar a Bogotá (1 de 4)

UNO

No importa si llegas en avión, bus intermunicipal, colectivo pirata o carro propio: la ciudad se ha extendido en el mapa como quien rodea a su presa que se mueve sin saber lo que se le viene. Te recibe habiéndote hipnotizado, obligándote ahora a avanzar hacia su abrazo de serpiente. Te atrapa cada vez más temprano. 

Por aire, llegas casi siempre desde el occidente, dejando atrás ese valle ardiente, la planicie dorada que cruza sobre todo un río con pocos asentamientos a sus orillas. De pronto la monotonía de ese calor y esa extensión se corta. Se alza el mundo y las rocas. Pocas carreteras. Muchas líneas de alambre. Empieza la cordillera con sus desfiladeros, una pared hacia el cosmos montañoso; corta el vuelo de los mosquitos, muchas enfermedades, el cantar de las chicharras, la generosidad del oxígeno. Y luego, protegida por la altura, una llanura de verde generoso y dulce. 

Aterrizas luego de pasar por encima de extensos techos plásticos que esconden flores en gestación. Millones de rosas aquí crecen en silencio hasta irse en contenedores helados a adornar por unos días las mesas de San Valentín o los detalles para las madres de países menos coloridos.

Algo de tierra trabajada alcanzas a ver, pero, en su mayoría, las parcelas agrícolas han ido cediendo su espacio a parques industriales, zonas que el plan de ordenamiento territorial ha cubierto de cemento y asfalto para el beneficio, sobre todo, de los hijos “emprendedores” de un expresidente investigadísimo y varios políticos que ya pagan condena.

Pero en general, debes saberlo, nada pasa. En la capital del País de la Impunidad, casi nunca nadie paga por los crímenes. Nadie, al menos, que pertenezca al catálogo de los de cuello blanco. Mucho menos de los imbéciles. Aún puede debatirse: ¿haber asfaltado los suelos agrícolas más productivos del país para instalar neveras infértiles que almacenan alimentos que se producen en suelos menos productivos y cada vez más remotos es una imbecilidad o un crimen? Quizás nunca se resuelva. Lo único que queda claro es que el mayor beneficiado es el precio de la comida.     

Vuela el avión sobre otro río. Delgado y triste, a pesar de las vacas y los pastos que están a sus orillas. Dicen que se recompone. No es tan clara su sanación. Y en cuestión de segundos ya están las cuadras de cemento y ladrillo, los techos de colores desiguales, barrios rápidos que no le ceden un centímetro a árboles, parques o andenes. Aterrizas frente a las casas y sus fachadas que se han erguido (unas más legales que otras) al lado de la pista. 

En otra ciudad, el aeropuerto original hubiera entrado en desuso y sería un parque o un terreno de uso comunitario. Un nuevo aeropuerto se hubiera construido más lejos y la ciudad hubiera encontrado aquí un nuevo servicio. Aquí todavía no pasa eso. Falta, quizás, un alcalde que (como ya se ha visto en la historia de Bogotá) logre convencer al consejo para que le venda ese terreno a él o una de sus empresas y luego permitir que él (o alguna de sus empresas) se lo arriende a la ciudad para garantizar el éxito de la alianza público-privada. El Dorado podría pasar a ser (¿quién sabe?) un parque metropolitano que renovara el verde de toda esta zona o un centro de eventos. O un nuevo estadio de fútbol, que harta falta le hace a una ciudad que tiene dos de las cinco hinchadas más grandes del país. 

Mientras tanto, este aeropuerto marca una de las fronteras entre la ciudad ansiosa, contaminada y siempre en obra y un montón de terrenos verdes, privados (obvio) y uno que otro estanque desubicado. Dicen los que dicen saber, que desde las veredas de algunas haciendas cuyo único mérito es haber sido heredadas, se puede acceder a las bodegas y las zonas de carga de los aviones. Dice los que dicen que saben que por esas haciendas pasan kilos de contrabando y drogas y que nadie dice nada porque eso (armas, cocaína, cargas y cargas de flores que no declaran, contrabando) beneficia a “los mismos de siempre”. Y quizás tengan razón. Por algo esos terrenos permanecen intactos, surcados únicamente por caminos rudimentarios, propios de una finca que se puede dar el lujo de vivir como antes de la revolución industrial y cuyo destino se mantiene inmóvil por un Plan de Ordenamiento Territorial convenientemente siempre ajeno a los debates. 

Y quizás esto nunca cambie. A la larga en Colombia (como en cualquier país que vive de la extracción y no tanto de su capacidad de producción) lo que cuenta es la tierra y aún algunos pueden darse el lujo de tenerla como parte de su paisaje personal. Pesa más el placer de algunos que el bienestar de millones. 

Para los que no cuentan con su paisajito privado, muchas cosas son desde lejos. Se pueden escuchar remotamente. El escuchar algo puede ser una versión resignada de la apropiación. Un consuelo a la falta de propiedad. Por eso quizás entenderás porqué tantas veces y tan seguido siguen resonando los aviones tan cerca sobre toda la ciudad. Y a no mucho les incomoda. No es un debate público. A lo mejor para los bogotanos oír a alguien llegando es un signo de que la ciudad sigue siendo atractiva para alguien. A lo mejor para los bogotanos alcanzar a ver las ventanitas de los aviones es irse un poco, escapar en alguna medida. 

 

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