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Los fantasmas del Caribe al mando del Galeón San José

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Foto: Archivo El Espectador

Por: Aníbal Garfio

 

Cuenta la historia que la bisabuela de Úrsula Iguarán cayó de nalgas en el fogón, aterrada por los cañonazos de Francis Drake en las playas de Riohacha, cuando el corsario asoló las costas neogranadinas en 1596. Los piratas y corsarios -marinos con bandera de una nación, fuese Inglaterra, Francia, Holanda, Portugal, Italia, etc.- disputaron con España el honor de apoderarse del botín de América.

 

El alboroto por el hallazgo del galeón San José en las proximidades de la península de Barú, anunciado el pasado 4 de diciembre, nos remonta a la acción de otro británico que ganó fama y fortuna dando golpes de mano a los duros españoles, el capitán Charles Wager, honrado caballero por su acción contra la Flota de Tierra Firme.

 

Los dos últimos galeones construidos por la Armada española, lanzados al agua en los astilleros vizcaínos en 1698, fueron atacados la noche de luna llena del 8 de junio de 1708, en las proximidades de la Isla Grande del Archipiélago del Rosario.

 

En el Caribe de tiempos circulares, el contacto de las colonias de España con la metrópoli estaba interrumpido desde los  últimos años del siglo XVII. Causa bélica, los galeones de la marina eran arruinados en el puerto de Cádiz por los ataques ingleses. Wager era un joven ya veterano en la contienda, después de participar en la captura de Gibraltar, las islas Baleares y el sitio del puerto de Barcelona entre 1704 y 1708, cuando la provincia catalana tomó partido por el archiduque Carlos Habsburgo de Austria en la guerra de sucesión de la corona española.

 

A comienzos del siglo XVIII, Europa rivalizaba entre el recién formado Reino Unido, que se proyectó en alianza con los holandeses por un lado, y la Casa borbónica reinante en Francia, por el otro, jugándose el dominio de la Corte de Austria, en decadencia. La competencia de los mares oscilaba así entre el modelo del Estado absolutista, que representaba la dinastía Borbón, y el pragmatismo del Reino Unido, despojado de artificios religiosos gracias a la Revolución Gloriosa -o incruenta- de 1688, que consolidó el modelo parlamentario.

 

En el convoy de barcos y galeones llegaban funcionarios, militares, el clero y documentos de la metrópoli, junto con los productos importados desde Sevilla,  único puerto de Europa autorizado para comerciar con América. Sede de la Casa de Contratación y origen de las remesas, pretendía acaparar las necesidades mercantiles de los virreinatos del Perú y Nueva España, la audiencia de Quito y las provincias o capitanías de Cuba, Venezuela, Guatemala, Tierra Firme (Panamá) y  Nueva Granada.

 

En sentido opuesto, el tesoro americano reunía a las gentes y riquezas en La Habana, para salir de regreso a España.

 

Distintas eran las flotas de Tierra Firme, que se destinaba a Cartagena, Margarita y Portobelo, de la flota de Nueva España, que viajaba al puerto de Veracruz; además de  la Armada de Avería que llegaba a la Capitanía de Buenos Aires y los barcos de la Flota del Pacífico construidos en América, que recorrían los mares del Sur cuando los famosos galeones de Manila, de mayor tamaño, hacían una lucrativa ruta desde Acapulco hasta Manila, Filipinas.

 

Las mercancías se recibían en los puertos americanos autorizados por los agentes del Consulado de Comercio, llamados Cargadores de Indias, gremio que ostentaba el privilegio de despachar los espejitos y mazapanes desde España. Ejércitos de monjas, frailes, amanuenses, escribanos y regidores, imploraban a cuenta de diezmos, juros, mayorazgos, canonjías y otras rentas, el envío de las espadas de Toledo, mosquetones, abanicos, crespones, peines, batones de Manila y chismes que el contrabando hereje no ofrecía.

 

Los contratiempos no dejaron de suceder desde el instante que la flota llegó a Cartagena a finales de abril de 1706, 41 días después de zarpar de Cádiz. Algarabía y vino en barriles fueron preámbulo de una larga espera, mientras se componían las naves maltrechas y se instalaba la feria de San Felipe de Portobelo. Aparte de la venalidad de las autoridades que vigilaban el comercio en el istmo, la demora se prolongó a causa de los fallecimientos del rey Carlos II «el hechizado», en 1700 y del virrey del Perú, Melchor Portocarrero Lasso en 1705.

 

Se aguardaba el grueso botín peruano que hacía tránsito por el camino de Cruces, un sendero pantanoso que atravesaban las mulas desde la ciudad de Panamá hasta el poblado donde se montaba el bazar durante dos semanas. Cada dos, cuatro, seis, diez, quince años, renacía la feria enfrente de las costas donde dormía Drake, presa de la disentería.

 

Concluida la feria, retornaban las naves a  Cartagena. El Estado garantizaba, la calidad de las pieles del lagarto -caimán-, el tigre -jaguar-,  la tortuga del carey, el negocio de perlas, la pureza de las piedras y la ley de metales que se acumulaban con la expectativa de rellenar la bodega de los galeones con los quintos de oro -impuestos al cuño de moneda-, esmeraldas y plata.

 

Al conquistar la Corte española con Felipe V en 1700, los borbones prohibieron el comercio con portugueses y holandeses, aliados de Inglaterra. Se establece la Compañía Francesa de Guinea para los fines de la colonia de Saint Domingue, obteniendo el asiento, y buena parte del oro extraído por la mano esclava, destinada en su mayor parte al occidente neogranadino para hacer el mazamorreo y la minería de aluvión.

 

Macondo nace del impulso de alejarse de las ciudades de la costa, en especial de Cartagena, puerto autorizado para el comercio marítimo neogranadino y del monopolio del tráfico de esclavizados.

 

En el tesoro americano se hallaba el descomunal inventario del Virrey Portocarrero. Era una guaca escandalosa como el rescate de Atahualpa, si tenemos presente la suma que reportó el nuevo Virrey, Manuel de Oms de Santa Pau, Marqués de CastelldosRius, en el viaje de venida: 1, 798, 188 de pesos, más que el tesoro realengo del San José: 1, 115,522 de pesos, según cifras indicadas por el gobierno de Colombia, con base en documentos y testimonios de la época.

 

Pesado, medido y contado cada gramo de la carga preciosa, la Flota partía de Cartagena para enfilarse a La Habana, las Canarias y finalmente a la madre patria, acometiendo el duelo de la providencia. La piratería no era el único riesgo en la navegación, ya que el oleaje en el verano y las tormentas del Golfo de México imponían unas condiciones drásticas al viaje, con el acecho permanente de las velas enemigas, que al igual que lobos en manada, aguardaban la desorientación repentina de una blanca oveja.

 

El botín estaba repartido entre los galeones más grandes. El San José era la nave capitana bajo el mando del General José Fernández de Castillán, nombrado Conde de Casa de Alegre por su acción en la defensa de Cádiz en 1702, y el San Joaquín, galeóngemelo de aquél, empujando su lastre al lado de la escolta de  13 naves.

 

Wager estaba encomendado a la defensa del puerto de Kingston y contra la piratería del comercio de las colonias de Nueva Inglaterra, pero desafiante, deambulaba en el litoral, ya que la escolta del almirante Jean Baptiste Ducasse se encontraba en Cuba y desesperaba por salir a España con flotas de México y Tierra Firme. Ducasse había sido el responsable del saqueo de Cartagena en 1697 por obra de Pointis, como epílogo de la guerra de nueve años entre La Liga de Habsburgo y Francia, que dejó en manos de esta potencia la hegemonía en América y la parte oriental de Santo Domingo, Haití.

 

Con temeridad, la Flota española zarpó el 7 de junio. Anclaron en la noche para evitar a barrera de coral. Al día siguiente, la tripulación vio una escuadra inglesa que se enfilaba en su rumbo.

 

Con setenta cañones, el barco de línea Expedition -más ligero y mejor armado que el galeón- atacó el San José, mientras que el San Joaquín y el Santa Cruz, otro galeón un poco menor, junto a dos «vizcaínos» y la urca Concepción resistían al Kingston, el Portland y una cañonera. El resto de la Flota, compuesta por 11 navíos mercantes, huía con dos fragatas francesas.

 

Armado de 64 cañones, con sus 11 millones de monedas de oro, 200 toneladas de plata, las joyas y caudales de 300 familias, el San José se fue a pique con seiscientas almas católicas y las elegidas para ver la cara del Lord. El hundimiento fue causado por una explosión que impactó el cuarto de pólvora, aunque investigadores colombianos señalan el estado ruinoso de las naves, que habían sido reparadas en el viaje desde Cartagena hasta Portobelo.

 

Los ingleses capturaron el Santa Cruz, sin mayores ganancias, pero dejando más de cien muertos entre ambos bandos, y la urca Concepción, que se abandonó en Barú. El San Joaquín logró escapar de la persecución de los barcos Kingston y Portland, hasta atravesar a salvo el  paso de Bocachica.

 

La partida de la Flota demoró tres años más, esta vez con la escolta del almirante Ducasse, pero por desgracia del capitán Agustín de Villanueva y su tripulación, apenas al zarpar fueron sorprendidos por una tormenta que dispersó las naves y el San Joaquín se topó con una escuadra de siete barcos ingleses con 250 cañones.

 

Después de entregar la vida de Villanueva, el galeón reveló el último ardid de la historia: el rey había ordenado traspasar las riquezas a los otros barcos en la víspera. Meses después, la flota bajo el mando de Ducasse arribó triunfante a España, con el tesoro de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias.

 

Por su parte, Wager fue nombrado gobernador de Jamaica y, años más tarde, Almirante Mayor de Reino Unido. Fue acusado en el Parlamento por el desastre de Vernon en el sitio de Cartagena de 1741 y murió al poco tiempo.

FUENTES

Santiago Gómez, http://www.todoababor.es/articulos/sjose_baru.htm

Colombia encuentra el legendario galeón español San José, hundido con un gran cargamento de oro y plata

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