<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
    xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
    xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
    xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
    xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
    xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
    xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
    xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"
    >

<channel>
    <title>Blogs El Espectador</title>
    <link></link>
    <atom:link href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/un-senor-muy-viejo-con-unas-orejas-enormes/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sun, 16 Aug 2026 15:38:16 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
    <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
    <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
    <generator>https://wordpress.org/?v=7.0.4</generator>

<image>
	<url>https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/11163253/cropped-favicon-96-32x32.png</url>
	<title>Un señor muy viejo con unas orejas enormes | Blogs El Espectador</title>
	<link></link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
        <item>
        <title>Un señor muy viejo con unas orejas enormes</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/un-senor-muy-viejo-con-unas-orejas-enormes/</link>
        <description><![CDATA[<p>No es fácil escribir obituarios: más difícil se vuelve la tarea si uno no conoció al muerto, y todo cuanto sabe es de oídas y de leídas. A Plinio Apuleyo Mendoza sólo lo vi una vez en mi vida, casi al final de la suya; salía en silla de ruedas de un evento cultural.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size wp-block-paragraph"><em>La fotografía de García Márquez con su amigo Plinio Mendoza aparece en el libro El olor de la guayaba (editorial Oveja Negra, 1982) </em></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-135a73d61143d7ce05cfbf315049cba1 wp-block-paragraph"><strong><em>“… en la verdad de mi alma no soy nadie más ni seré nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca”,</em> le dijo Gabo a su amigo Plinio en <em>El olor de la guayaba.</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El viejo Plinio fue un hombre de dos siglos y dos milenios, como todos los nacidos del dos mil hacia atrás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">María Isabel Rueda lo llamó “mamerto converso”. Felipe López dijo de él que era “una vaca sagrada del periodismo”, y recordó su fama de gruñón cuando Plinio dirigió la revista Semana, que en sus primeros tiempos funcionó en lo que antes fue un burdel. En más de una ocasión, Antonio Caballero se burló de sus “orejas prensiles”. El otro no se dejaba. “Nunca, ni cuando era un bebé, quisieron ser discretas”, le respondió con valiente ironía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quienes detestaban a Plinio Mendoza gozarán con esta columna de Caballero, titulada <a href="https://www.semana.com/opinion/articulo/el-asno-de-oro/32730-3/?fbclid=IwdGRzaATuntRjbGNrBO6ezXBkb2YFZXh0bgNhZW0CMTEAc3J0YwZhcHBfaWQMMzUwNjg1NTMxNzI4AAEeBMdYbpx2O0dHehg-yIN_YU2KTWU6c7SY1xPUE_O9sMj74jNi7eTz32EuUKU_aem_8V3H-u-8mS2cobtPb92jpQ" id="https://www.semana.com/opinion/articulo/el-asno-de-oro/32730-3/?fbclid=IwdGRzaATuntRjbGNrBO6ezXBkb2YFZXh0bgNhZW0CMTEAc3J0YwZhcHBfaWQMMzUwNjg1NTMxNzI4AAEeBMdYbpx2O0dHehg-yIN_YU2KTWU6c7SY1xPUE_O9sMj74jNi7eTz32EuUKU_aem_8V3H-u-8mS2cobtPb92jpQ"><em>El asno de oro</em>,</a> escrita hace 30 años. Lo llamó racista, arribista y escritor cursi, entre otros epítetos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los dos, Plinio y Antonio, sostuvieron por décadas una ácida rivalidad periodística, tan ácida que en una ocasión el primero denunció al segundo por llamarlo criminal <a href="https://www.semana.com/denuncia-contra-caballero/32862-3" id="https://www.semana.com/denuncia-contra-caballero/32862-3">en una de sus columnas en la antigua <em>Semana</em>.</a> A esta hora deben estar juntos riéndose de ellos y de nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al ver la foto en blanco y negro de Plinio Apuleyo, se me ocurrió adaptar el título del famoso cuento de Gabo:&nbsp;<em>Un señor muy viejo con unas alas enormes.</em></p>



<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-spotify wp-block-embed-spotify wp-embed-aspect-21-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="Spotify Embed: Un señor muy viejo con unas alas enormes - Gabriel García Marquez" style="border-radius: 12px" width="100%" height="152" frameborder="0" allowfullscreen allow="autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture" loading="lazy" src="https://open.spotify.com/embed/episode/1aNV9cMDTYKl2qn7vKCLHF?utm_source=oembed"></iframe>
</div></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Vaya si eran inmensas las orejas del escritor boyacense. Con ellas viajó por el mundo como periodista, escritor y diplomático. Y con las mismas orejas descomunales se fue de este mundo en julio de 2026.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Murió Plinio de viejo a la edad de 94 años, no como Plinio el viejo, el historiador italiano, que murió con tan solo 56, tras la erupción del Vesubio en el 79 d.C.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nacido en Saboyá&nbsp;en 1932, su trayectoria abarcó&nbsp;desde el periodismo de combate en la revista Momento y la agencia Prensa Latina hasta el ejercicio diplomático en Europa, pasando por obras polémicas como&nbsp;<em>El perfecto idiota latinoamericano,&nbsp;</em>escrita a varias manos, entre ellas las de Álvaro Vargas Llosa, el hijo del Nobel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Plinio Apuleyo Mendoza murió&nbsp;amado y odiado, que es como mueren los hombres que dejan huella. Sepan que la inmensa mayoría de seres humanos no pasaremos a la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue amado, por ejemplo, por el Centro Democrático, colectivo que le dedicó unas sentidas palabras por <em>“su lucidez, su defensa de las libertades y su inigualable pluma”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Odiado por aquellos que no lo soportaron o cuestionaron sus posturas ideológicas. Lo que prueba que sí hay muerto malo. Entre sus detractores se cuenta, ya lo dije, el genial Antonio Caballero, quien le dedicó más de una diatriba. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En sus célebres columnas de opinión, Caballero llegó a retratarlo de manera implacable al calificarlo como <em>&#8220;el eterno comparsa de los grandes hombres&#8221;</em> y recriminarle por haber transitado <em>&#8220;de un comunismo de juventud al reaccionarismo más rancio y complaciente con el poder&#8221;.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pensé&nbsp;que Apuleyo era su primer apellido y resulta que fue su segundo nombre. Un nombre escaso en cualquier&nbsp;época, en todo caso. Apenas he leído uno de los libros. Muerto el autor, les echaré un vistazo a los otros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tengo en mi biblioteca <em>El olor de la guayaba</em>, la extensa entrevista que Gabriel García Márquez le concedió a su amigo Plinio. Es un libro valioso porque es una clase magistral para periodistas de cómo hacer una buena entrevista, pero sobre todo es un libro necesario para entender los orígenes del realismo mágico y las opiniones de Gabo sobre una variedad de temas: el oficio de periodista, su formación literaria, las lecturas e influencias, sus obras maestras, política, mujeres y hasta sus miedos. </p>



<p class="wp-block-paragraph">He vuelto a releer <em>El olor de la guayaba</em> (editorial Oveja Negra, 1982) y he sentido otra vez unas ganas irrefrenables de leer por cuarta vez <em>Cien años de soledad</em>. Tal es el efecto maravilloso que causan los buenos libros.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-6539afdc8c6fd54f89fa294ba25d9a79 wp-block-paragraph"><strong><em>“Pero la familia se opuso: Luisa no podía casarse con un telegrafista”.</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">De aquellas páginas hay párrafos memorables como éste: <em>“Luisa dio a luz a su primer hijo en Aracataca. Y quizás para apagar los últimos rescoldos del resentimiento suscitado por su matrimonio con el telegrafista dejó al recién nacido al cuidado de sus abuelos en medio de innumerables mujeres. Doña Tranquilina, que hablaba de los muertos como si estuviesen vivos. La tía Francisca, la tía Petra, la tía Elvira: todas ellas mujeres fantásticas, instaladas en sus recuerdos remotos, todas con sorprendentes aptitudes premonitorias y a veces tan supersticiosas como las indias guajiras que componían la servidumbre de la casa”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Se fue el hombre de las orejas grandes, dejando tras de sí&nbsp;el eco de una Colombia que solo existe en el papel. Tras la muerte, ya no hay enemistad que valga.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132168</guid>
        <pubDate>Sun, 16 Aug 2026 14:56:20 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/08/16095328/Plinio.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Un señor muy viejo con unas orejas enormes]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
    </channel>
</rss>