¿Pueden los políticos salvarnos de los políticos? Reforma política, si; reformatorio, también
¿Cuál de los candidatos presidenciales apostará por una reforma política como bandera para modernizar unos partidos decadentes en los que nadie cree? Los tiempos modernos requieren políticos humanos y humanistas. Pero ¿saben ellos lo que eso significa?
César Gaviria, Ingrid Betancourt, Abelardo De La Espriella y Roy Barreras.
¿Qué tienen de humanistas los partidos políticos en Colombia?
Colombia siempre ha estado en manos de malos políticos, muy pocos se salvan.
Anoche me acosté preguntándome si lo que este país necesita es una reforma política o los políticos un reformatorio. Al despertar tenía la respuesta: ambas cosas.
La primera acepción de la palabra reformatorio, según la RAE, se refiere a algo “que reforma o arregla”. En los reformatorios de verdad, por medios educativos severos se busca corregir las conductas delictivas de los menores de edad. Un reformatorio para políticos debería corregir conductas perversas que han terminado por envilecer el ejercicio de la política. Por ende, la psiquiatría y la sociología pueden decirnos hoy más sobre los políticos que las ciencias políticas.
Hoy nadie sabe en qué creen los partidos ni qué defienden. Mientras los políticos se tapan con la misma cobija, la gente vota por fulanito porque odia a zutanito; a eso quedó reducido el criterio político del ciudadano de a pie. La educación política, una asignatura pendiente en Colombia, es algo que no les interesa a unos políticos voraces, que viven a expensas precisamente de la incultura política, de esa sociedad analfabeta que (todavía) se deja meter los dedos en la boca.
Antes de la Constitución del 91, la palabra mesianismo no existía en el lenguaje cotidiano. Hoy la política gira en torno a hombres y apellidos. La Carta Magna establece requisitos laxos para la creación de partidos y movimientos políticos, lo que facilitó la entrada de nuevos actores políticos, pero ¿y a qué costo?
Titular de Blu Radio: “Fuerte pelea entre Ingrid Betancourt y Sofía Gaviria en Verde Oxígeno”, por unas vallas donde se invitaba simbólicamente a “patear” a figuras políticas como Gustavo Petro, Armando Benedetti e Iván Cepeda. Al final, Ingrid en su papel de mandamás sacó a Sofía de la lista de aspirantes al Congreso por ese partido.
Se necesita una reforma política audaz que en primer término restituya la honra de los partidos políticos (pisoteada por los propios políticos); de modo que representen a los ciudadanos y fortalezcan la democracia, no el apetito burocrático de sus miembros.
Titular de la revista Cambio: “El Liberal: de partido glorioso a empresa familiar (…) vuelve a apostar por conquistar una bancada fuerte en el Congreso para negociar con el aspirante presidencial mejor posicionado”.
La reforma política no debe confeccionarse como un traje a la medida de los políticos y su oportunismo, sino en función de una ciudadanía que reclama protección, inclusión y respeto. ¿Acaso ha visto usted a un político promoviendo los mecanismos de participación para que los ciudadanos hagamos uso de ellos?
Se trata, pues, de corregir las buenas intenciones que introdujo hace 35 años la Constitución de 1991. “La democracia es más participativa, pero los ciudadanos participan muy poco”, resumió el historiador Jorge Orlando Melo en un artículo de 2011 publicado por Razón Pública, que no ha perdido vigencia. La participación ciudadana no puede consistir, exclusivamente, en salir a votar cada cuatro años.
El clientelismo y la corrupción renovadas (…) sirve para justificar las formas más atrasadas de política y para impedir la consolidación de partidos políticos modernos de corte reformista o progresista”: Jorge Orlando Melo, historiador.
Se deben fortalecer los partidos, su doctrina y postulados, porque las personas pasan y muchos de quienes van a calentar butaca en el Congreso, que son la inmensa mayoría, pasan sin ton ni son, sin dejar una huella perdurable en la historia de este país. La oferta de candidatos es tan amplia como cuestionable.
Vea usted: La llegada de los influencers a la política es la conversión de los likes en votos, arrastrando con ellos los mismos vicios. Cambian los personajes, no las malas costumbres.
Nos acostumbramos al mal comportamiento de ciertos políticos sin que haya consecuencias. ¿Quién responde, por ejemplo, por las firmas supuestamente chimbas que presentaron candidatos como Abelardo De La Espriella, Vicky Dávila o Claudia López para avalar sus candidaturas presidenciales? ¿Es esto trampa o delito?
El rendimiento de un congresista puede medirse por el número de leyes… o de chanchullos. Algunos tienen la habilidad para hacer la ley y al mismo tiempo la trampa. En un episodio de su podcast, María Jimena Duzán nos cuenta sobre unos políticos que se adueñaron de terrenos baldíos que, por ley, les pertenecen a los campesinos.
Se defienden intereses particulares antes que causas comunes. Pero los legisladores bobos no son para legislar en su contra, porque les falta eso que llaman voluntad política: algo que dice mucho y al final del día no dice nada.
Para la muestra un botón: Durante mucho tiempo los congresistas amagaron con bajarse el sueldo —nos dieron contentillo, como el caramelo que le da al niño para entretenerlo—, hasta que el presidente Gustavo Petro, vía decreto, les demostró que sí se podía. Ojalá no estén pensando en recuperar esa faltante a través de los 50 salarios mínimos que se le otorga a cada congresista (plata que también sale de nuestros bolsillos como contribuyentes), para sostener su Unidad de Trabajo Legislativo, UTL. Casos hemos visto, a través de denuncias públicas, de funcionarios que devuelven una parte de su sueldo a quienes los contratan.
Somos una sociedad que en muchos aspectos a las buenas no funciona. Entonces, quizás sea la hora de que los ciudadanos, a las malas, obliguemos al Congreso y a los partidos políticos a comportarse. Y para eso se necesita con urgencia una reforma política, no una cirugía a la Constitución de 1991.
Necesitamos menos políticos practicando el hedonismo ideológico y más políticos avivando el humanismo práctico. Porque la política nada nos está diciendo hoy sobre los grandes peligros que se ciernen sobre la humanidad, amenazas reales como el cambio climático, la inteligencia artificial y, cómo no, la corrupción. Los políticos y sus partidos deben reformarse en función de los grandes temas de nuestro tiempo.
Nos recuerdo, queridos lectores, que el poder lo tenemos nosotros, ciudadanos inconformes, cada vez que vamos a las urnas. Es nuestra oportunidad para castigar la sinvergüencería. Si los políticos se mecen orondos en su zona de confort, en parte es nuestra culpa por no exigirles. ¡A ver si espabilamos!
Alexander Velásquez
Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.
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