Imagen creada con inteligencia artificial.

Es posible que el candidato presidencial Abelardo De La Espriella (ADELE) esté lejos, muy lejos, de tener pinta de estadista, pero nadie puede negar que sabe cómo alborotar a las masas en una sociedad harto conservadora y mojigata.

Podemos gastar tinta y tiempo repudiando sus conductas entre ofensivas y desafiantes. Podríamos debatir sobre la sexualización de la política (es decir, sus frases con carga sexual), cómo método legítimo o ilegítimo para conquistar votos. Podríamos preguntar si cada vez que el monteriano alardea del tamaño de su pene (¿?) o del grueso de su chequera está escondiendo uno que otro complejillo.

Podríamos usar varias cuartillas para desmenuzar y rechazar todas las veces en las que El Tigre ha mostrado su desprecio hacia la prensa y los periodistas. Porque todo es posible en esta vida menos revivir a los muertos, y en esta contienda electoral sí que hay más de un difunto… en sentido figurado. ADELE está vivito y coleando (con o), dando la pelea en las encuestas para pasar a segunda vuelta. Paloma Valencia va ahí, detrás, intentando desplegar sus alas.

Podemos sentar cátedra sobre moral para reprobar sus poses de macho machote o sus fijaciones fálicas y así quedar divinamente con quienes desdeñan su candidatura. Podemos clavarlo en la cruz de la picota pública para parecer políticamente correctos. Pero qué necesidad de llover sobre mojado en torno a este circo mediático si todo el mundo habla de lo mismo y mañana el asunto sobre su pito nos importará un pito.

Porque nada de lo que se escriba cambiará el mundo. En cambio, lo que diga ADELE, hace que muchos sin tema para llenar columnas, ahora lo tengan, y quién quita que por ahí derecho se catapulte al poder, precisamente por el exceso de importancia que le hemos dado. Y eso, más que el tamaño de su cosita, es lo preocupante.

Sin justificar su patanería, envuelta en frases que pronuncia en tono calmado, sin que se le arrugue el traje, diré que todo lo que pasa con El Tigre es el natural reflejo de la sociedad del espectáculo en que se convirtió la política mundial tras la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas. Importan la apariencia más que las ideas. Importa el numerito no el contenido. Importa aquello que genere atención (y eso incluye descalificar al contrario, por ejemplo)

La habilidad del político moderno no está en los conocimientos que acumule en su cerebro, sino en su sagacidad con las palabras y los ademanes para robarse el show. En esas lides, ADELE es un monstruo, en el sentido que cada lector quiera tomarlo. Es el showman de esta campaña presidencial. El numerito que justifica pagar la entrada. Aquel que gusta y disgusta pero no deja indiferente a nadie, porque sobre esta clase de personas todos tienen (tenemos) una opinión. Y eso significa que no es un pintado en la pared.

Subestimarlo es desconocer que, bajo esta misma fórmula, los argentinos eligieron a Javier Milei y los gringos a Trump. Como fenómenos políticos, son rompedores, harina (¿o memes?) del mismo costal. Han construido un personaje, son fieles a él y, como el producto que son, tienen una clientela cautiva; querámoslo o no, eso los hace genuinos y les imprime carácter; en su rol antagónico, encarnan al villano perfecto del que muchos se enamoran, quitando del medio a unos contradictores con déficit histriónico, que si bien se las dan de políticamente correctos, las más de las veces lo son únicamente de labios para afuera.

Porque en el fondo la diferencia entre ser políticamente correctos y políticamente incorrectos es el nivel de hipocresía con el cual nos queremos arropar. Y la gente está ahí, observando, al que quiere ser sin parecer. Más allá de eso, en una campaña electoral los candidatos que posan de buenos y formalitos están condenados al cuarto de San Alejo (que, a propósito, es el patrono de los que sufren humillaciones).

O sea, dependiendo de las circunstancias, la política requiere ciertas dosis de cinismo y agresividad. En una recta final como la actual, faltando una quincena para elecciones, gana puntos quien domine la conversación o imponga la agenda: Eso hace la diferencia entre estar y no estar en los titulares. Por eso, el dicho es muy sabio: Es mejor llegar a tiempo que ser invitado.

El caso de Sergio Fajardo es el mejor ejemplo. Borrado de las encuestas, su exceso de decencia y su currículo de estudiante aplicado (¡díganme si no tiene más pinta del monaguillo que quería ser cura y no de profesor de matemáticas!), daría para escribir todo un tratado sociológico que explique lo rara que es la política y los raros que son los electores. El hombre hizo todo lo contrario de lo que recomienda una de las leyes de Las 48 leyes del poder: “Nunca acepte perderse en el anonimato de la multitud o ser sepultado por el olvido”. No se fue a ver ballenas esta vez, pero su presencia pasa inadvertida.

Me atrevo a decir que una cuarta candidatura suya sería un atentado a nuestra paciencia. Sobre él parece caer la misma maldición que le negó la presidencia a Germán Vargas Lleras, Horacio Serpa, Álvaro Gómez o Noemí Sanín. 

Quizás los menos hipócritas son los segundos (los políticamente incorrectos) por mostrarse tal como son, sin filtros, sin maquillaje; por decir lo que quieren decir sin temor al qué dirán, por ser capaces de soltar en público lo que seguramente viven diciendo en privado, borrachos o en sano juicio, porque esa es su naturaleza.

Además, no se puede juzgar a una persona como ADELE sin reparar en su idiosincrasia de hombre costeño, de esa región Caribe donde el lenguaje desabrochado y la piel expuesta al sol adquieren otros significados sociales, distintos en todo caso de lo que somos y nos define a los bogotanos, por ejemplo; temerosos de la desnudez, procurando hablar pasito y nada más que lo necesario, gobernados precisamente por el ojalá no vayan a hablar de mí.    

Esa clase alta, representada en la élite bogotana, que hoy desaprueba al candidato y la clase alta a la que él representa, con toda seguridad no tendrán problema en encaramarse juntas al bus de la victoria como pase a segunda vuelta, aunque al mismo tiempo deben prenderles velas a caulquier santo para que eso no ocurra.

Total: quienes ya detestan a ADELE, lo aborrecerán más, del mismo miedo que quienes lo aman, lo amarán más por frentero; porque donde unos vemos a una ser ofensivo, impetuoso e incluso misógino, otros ven a una persona que no se anda con pedos atorados, como dice la frase coloquial. Y es posible que comportarse así, directo y sin rodeos, sea visto como una virtud entre los indiferentes con la cosa política y entre los indecisos que están a la espera de ser convencidos. En ese río revuelto, el candidato saca sus cartas de su lengua, no de la manga.

Porque, gústenos o no, recoge a un sector amplio e inconforme de colombianos que además de ver en él a alguien a quien quieren parecerse, reniegan de la prensa, lo mismo que él.

En el detrás de cámaras tras la entrevista del Canal Caracol, ADELE —entre risas y besos—, insiste en sus críticas a la prensa: “El periodismo colombiano tiene un problema (…) habla desde un pedestal en el que cree que no se le puede cotrapreguntar, un pedestal en el que cree que tiene la verdad revelada”.   

Se plantea aquí un doble dilema: El de los periodistas (algunos) que no gustan de las respuestas de sus entrevistados y el de los políticos (algunos) que se molestan por las preguntas de los periodistas; en ese tire y afloje el espacio periodístico se transforma en tribunal o, peor, en cuadrilátero. Esa es la explicación más franca de por qué unos y otros nos condenaron a los colombianos al no debate. 

No justifico la arrogancia del candidato, tampoco su verborrea, ni su ánimo provocador, pero debemos reconocerle que entiende mejor que varios de sus rivales para qué sirven los medios de comunicación y cómo exprimirlos hasta la viralidad.  Es, por decirlo de otra manera, el invitado que nadie quiere tener en la fiesta pero que al final hace la fiesta menos aburrida. Porque qué sería de unas elecciones presidenciales sin un poco de función circense.

Para concluir diré que con cada numerito de ADELE muchos son los beneficiados: en primer lugar, el propio candidato, porque hábilmente se pone en el centro de los reflectores y obliga a todos a hablar de él (que hablen mal o bien, pero que hablen, malaya sea); los medios de comunicación, porque consiguen los ansiados clics por parte de unas audiencias también ansiosas y las mismas audiencias, porque calman brevemente su hambre de pan y circo.

No importa que la sociedad toda pierda… ¡el show debe continuar! 

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