Ella es la doctora Liliana. Imagen tomada de redes sociales.

Señora sí, dama tal vez no. ¿Con esa boquita comes pizza?

Por los cuentos deambulan criaturas horribles y por la vida real más.

Ni su cara, ni su nombre olvidaremos. De eso puede estar absolutamente segura la doctorísima e impresentable señora Liliana. Ni por un segundo queremos estar en el pellejo de los hijos de esta mujer, ni en los zapatos de su marido. ¡Pobrecillos! Tienen mucho de qué hablar, aparte de decidir quién recoge la próxima pizza.

Todos tenemos derecho a tener un mal día, a levantarnos con el pie izquierdo, a sacar de paseo nuestro verdadero yo; a tener uno de esos días en que deseamos no habernos levantado de la cama, maldinga sea. Pero no tenemos derecho a trapear con la dignidad de otros, a cogerlos de ropa de trabajo, a tratarlos como sirvientes.

¿Recuerdan cuál fue la última vez que ustedes, amables lectores, desearon que la tierra se los tragara, después de pasar vergüenzas?

Mientras escarban en el armario de los episodios bochornosos, les cuento que el consumo de alimentos ultraprocesados (como la pizza industrializada. hecha a partir de ingredientes ultraprocesados), se asocia con un mayor riesgo de problemas de salud mental como depresión y ansiedad; la ciencia ha demostrado que existe una relación directa entre la microbiota intestinal alterada y el cerebro. La combinación de ingredientes poco saludables altera el sistema nervioso central, con un impacto negativo en el estado de ánimo y la cognición de las personas.

“No ocurre lo mismo con la pizza que se prepara a partir de ingredientes naturales, de calidad”, me aclara el profesor Jhon Jairo Bejarano, nutricionista y dietista de la Universidad Nacional.

Bueno, pero no estamos aquí para hacerle un juicio a la pizza, ¡ni más faltaba que paguen justos por pecadores!

Liliana, —perdón, la señora Liliana, o mejor, la doctora Liliana, no sea que se ofenda también conmigo—, representa todo lo que está mal en la sociedad colombiana. El desprecio contra quien está varios estratos por debajo. El clasismo de quien cree que la plata da derecho a pordebajear y humillar al resto. La aporofobia del que cree que los demás son pobres o arrastrados, no seres humanos.

Del señor que aparece en el video —debemos suponer que es el marido de la señora/doctora Liliana—, francamente no sé qué decir. Si admirarlo por quedarse callado y conservar la compostura, si felicitarlo por pretender sin éxito calmar a la señora Liliana o si aplaudirlo por no secundar a la doctora en los improperios contra el domiciliario de las pizzas.

Me pregunto cuánto tiempo pasará para que esta pareja, esta familia, se reponga de la vergüenza nacional, por cuenta de una mujer que se ha comportado como una auténtica energúmena, un ser desquiciado, como si un demonio la hubiera poseído de pronto.

Su actuación, digna de ningún Óscar, configura el desprecio hacia la otra persona, una a la que se le despoja de su dignidad por medio del insulto en plural: “Lárguese que para eso usted es una porquería”. “Lárguese de aquí tal por cual o si no llamo a la policía”.

Su odio hacia los pobres:

Su clasismo rampante:

“Por lo menos nosotros tenemos plata pa´la pizza, pero a él le toca repartirla”. Por eso es que están dos están y por eso es que se ganan estas insultadas”. (…)

Esta gente, gentuza ordinaria ¿qué se cree?, por eso estamos como estamos, unos hampones”. (…)

Si se tratara de un extranjero, sería llanamente xenofobia:

“Lárguese de aquí que usted ni pertenece a este barrio. Usted es un moticiclista, un empleado, mal empleado”. (…) “Tener que aguantarse uno a un indicieto de estos” (…) “Vaya a donde lo parieron”.

Doña Liliana, la doctora, de victimaria pasa a víctima: “Yo no es que me rebaje. Me va a rebajar un motociclsta, putamadre que debe tener”.

“Porque estoy enferma y soy loca”. (…)

Sin disculparla por boquisucia y atrevida, con más pesar que rabia debemos preguntarnos qué pasaría en la infancia de esta mujer, con qué traumas y dolores está lidiando en el presente para que crea que puede escupir su rabia contra el mundo. Sí, la señora necesita hacerse revisar… y no es la única en este país.

Me gustaría saber cómo define la psiquiatría estas “ollas humanas a presión”. Personas como ella se dan como el arroz en el mundo. Seres vemos, humanos no sabemos. ¿Me equivoco si digo que todos conocemos a una persona así, o casi así, en el barrio, en la oficina, quizás en la familia?

Estamos perdiendo los buenos modales, la amabilidad, el don de gentes y los estribos. Porque es fácil pasar de las palabrotas a los hechos fatídicos o lamentables. ¿No les parece que va siendo hora de desempolvar la Urbanidad de Carreño y el Código de Policía? Un castigo social ideal, si lo hubiera, podría ser que la señora se ponga a repartir pizzas durante un mes y nos cuente su experiencia con los clientes. O un curso para el control de la ira y los gritos, algo que nos serviría a todos.

Creo que “la doctora” Liliana le debe una disculpa pública al joven domiciliario y otra disculpa a quienes nos vimos obligados a presenciar su desagradable, patético e indigno comportamiento.

El repartidor hizo este storytime en redes contando su versión de los hechos. El muchacho, educado y mucho más joven que “la doctora”, nos enseñó, como un auténtico estoico, que podemos mantener la calma y ser capaces de esquivar los insultos, no reaccionando ante aquellos que nos provocan con su grosería y su violencia verbal.

Siento pena por esa mujer. Me consuela saber que no me gusta la pizza.

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