¿Peor que morir crucificado es morir aplastado por un crucifijo gigante al que has venerado?

Ya ni los templos son lugares seguros.

Dicen que todos cargamos una cruz… pero a otros les cae encima. Si era una broma del Señor… ¡qué pesado, por Dios!

​​Sobre el reciente e insólito episodio en Guayaquil, donde una imagen de Jesús crucificado cayó de forma aparatosa sobre la cabeza del sacerdote ecuatoriano Patricio Sánchez Molinari en plena misa, no quedan más que preguntas, desconcierto y, en mi caso, una pizca de temor piadoso.

Temerosos estamos ahora de que el propio Hijo de Dios se ensañe contra cualquiera de nosotros y el Todopoderoso deje caer todo el peso de su ley divina sobre nuestra enclenque humanidad, sin despedidas ni tiempo para pedir perdón.

​En consecuencia, las preguntas resultan inevitables:

¿Cuánto pesaba la cruz?

​¿Fue esto una llamada divina a última hora o una trágica falla de infraestructura parroquial?

​¿Acaso se cansó Jesucristo de sostener los pecados del mundo?

​¿Estamos presenciando una señal del Apocalipsis o simplemente la urgente necesidad de un control de calidad en la imaginería sacra?

​Hoy por fin me convenzo de que, en efecto, los caminos del Señor son inescrutables o, como decía mi abuela, Dios sabe como hace sus cosas. ¡Y vaya manera de hacerlas!

Está escrito en la Carta a los Romanos:

​¿O es acaso este el castigo por adorar imágenes? Las Sagradas Escrituras prohíben hacer ídolos “de nada que esté en el cielo, en la tierra o en lo profundo del mar”, y ordena no honrarlos (Éxodo 20:4-5). Deuteronomio 5:8-10 reitera tal la advertencia.

Nunca he sido partidario de la superchería ni de cargar crucifijos —ni colgados en la pared, ni mucho menos al cuello—, y ahora con más razón tras presenciar semejante desgracia. Si la procesión va por dentro, también la espiritualidad.

​Ni siquiera las tres entregas clásicas de La Profecía (The Omen, 1976, 1978 y 1981), se atrevieron a tanto. Para quienes desconocen aquellas joyas del cine de terror, la saga narra el nacimiento y ascenso de Damien Thorn, el Anticristo encarnado en un niño, rodeado de muertes insólitas y trágicas donde la intervención divina y diabólica parecía manifestarse a través de “accidentes” espeluznantes —el padre Brennan muere atravesado por una lanza de metal que cae de lo alto de una iglesia y el fotógrafo Keith Jennings decapitado por láminas de vidrio—. Las marcas que aparecen en sus fotografías predicen la forma en que morirán las personas cercanas al niño. Con su triciclo, Damien provoca el accidente que sella el destino de su madre.

Sin embargo, lo ocurrido en la iglesia ecuatoriana superó cualquier ficción cinematográfica, con la diferencia de que aquí, al parecer, no hubo fuerzas oscuras, sino un doloroso e insólito accidente puramente terrenal.

Inmenso son el dolor y la impotencia de los feligreses que presenciaron el hecho mientras el curita oficiaba misa, sin poder hacer algo para evitarlo. El sacerdote debió partir de manera instantánea rumbo al cielo… o eso creemos.

A nadie le quepa duda de que los métodos del Señor para llamarnos a rendir cuentas se están tornando un poco rudos. No queda más que pedir que Dios lo tenga en su santa Gloria… y ojalá bien alejado de cualquier pesada cruz de madera. Y que tenga misericordia con el presidente Abelardo, hoy convertido en meme en la Patria Milagro por cuenta de esta noticia.  

Y el que se ría se va derechito al infierno… ja ja ja…

Alexander Velásquez Avatar

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