“Si Dios no hubiera descansado el domingo, habría tenido tiempo de terminar el mundo”: Gabo. 

¿Ha pensado el lector cuál día de la semana le gustaría morirse? A mí, cualquiera menos un domingo, porque amo los domingos. Pero el domingo es el día rarito de la semana. Es un día que nace con el espíritu de la holgazanería, la lectura de prensa y el desayuno en la cama (no aplica para los solos y solas), el arrunchis (con almohada en el caso de los solterones), es el día de hacer locha (conste que Dios empezó con esa costumbre); pero conforme avanza el día, el domingo se va poniendo tenso y aguafiestas, recordándonos de manera odiosa que mañana es lunes.

El domingo es el día con los mejores olores, olores distintos a los del resto de la semana. El domingo huele a jugo de naranja, changua o caldo de costilla. Hacia el mediodía huele a ajiaco santafereño. A eso de las 3:00 p.m. me sabe a obleas con arequipe, brevas en almíbar o merengón, en el caso de los bogorolos. A eso de las seis huele a chocolate donde se bañan el pan, las arepas con queso o las almojábanas. Mientras leo algún libro, me llega ese olor exquisito de las onces preparadas por la abuela Evelia. Nos correspondía de arepa a cada uno, pero yo me las ingeniaba para comerme dos, sin ser pillado in fraganti.

En todo caso, el domingo se come distinto y a destiempo. En algunas casas se desayuna a las 11:00 de la mañana y se almuerza a las 4:00 p.m. para ahorrarse el tercer golpe. En la noche se embolata el estómago con cualquier pendejadita, cualquier cafecito con pan, una avenita. Porque el domingo es un día que pasa en cámara lenta, sin prisas; ese día mueren los afanes.

Los domingos no son buenos para la dieta ni para la figura. Es el día en que la mayoría abusa de los dulces, los helados, la fritanga y la comida chatarra. Hasta los periódicos vienen más gordos, rellenitos de páginas.

Los domingos parecen días de fiesta en los centros comerciales, con la familia Miranda y la familia Peláez, que suelen ir sin cinco en el bolsillo, del verbo yo vitrineo, tú vitrineas, nadie compra. Prefiero caminar alrededor de un parque o sentarme en una butaquita a leer un buen libro, como si ya fuera uno de esos viejitos achacosos pero felizmente jubilado.

El domingo reina el silencio porque la bullaranga ocurrió entre viernes y sábado y los enguayabados están medio muertos, sin alientos para quejarse, clamando una bomba que los resucite: un caldito de costilla, por ejemplo, y los hay descarados que necesitan otra cerveza porque “esa cura la resaca”, dicen los alcohólicos confesos.

El domingo, si hace buen sol, la gente sale ligerita de ropa o en pinta modo ciclovía para presumir sus cuerpos y para que los demás recreen el ojo, apenados del suyo.

Uno quisiera que el domingo fuera inmortal. Pero no, el domingo muere para cumplir su propósito mayor: hacer que odiemos el lunes, menos el lunes festivo; en ese caso le transferimos nuestra inquina al martes, cuya única virtud es anticipar una semana corta. Los zapateros son los únicos que aman los lunes.

—¿Todavía hay zapateros en este mundo?

Los domingos son frívolos por naturaleza. Por ejemplo, lo primerito que hago con la edición dominical de El Espectador es leer el horóscopo de Mavé y después leo a mis columnistas favoritos (Ramiro Bejarano, Piedad Bonnett, Tola y Maruja, entre ellos; menos a Felipe Zuleta, que es impotable);  por último le meto mano (es decir, ambos ojos) a los grandes reportajes.

El domingo es el día de las vecinas que se asoman a la ventana a comer prójimo. Y los domingos, por la noche, son los más terribles para las mamás con hijos en etapa escolar. Ellas me entienden.

Los domingos saben a familia y a sobrinos. Los domingos saben a paseo a la plaza de mercado, donde se compra lo de la tragadera de la semana.

El domingo la gente se acuerda de Dios más que cualquier otro día. Las iglesias están llenas de arrepentidos. De esos que parecen malos futbolistas, empatando a punta de pecados y rezos. Pero cada vez hay menos gente en misa. Están viendo a Dios por televisión y haciendo trampa con la limosna. Me pregunto si los tacaños tendrán cabida en el cielo.

Los de malas en el amor se sienten más infelices los domingos. Es porque no le hacen caso a Rodolfo Aicardi para conjurar su soltería:

Por eso te aconsejo que vayas a misa,
(todos los domingos, todos los domingos).
Pedile a San Antonio que te mande un novio,
(todos los domingos, todos los domingos).

Los domingos los pobres hacen paseo de olla con balón al parque y los ricos hacen trancón hacia la Sabana de Bogotá: cada familia es feliz según su bolsillo.

Conozco personas que se llaman Domingo, pero desconozco personas bautizadas como los otros días de la semana. Raro, ¿no?

—¿Qué hay de nuevo, Jueves?

—Oiga, Miércoles, ¡usted si es conchudo!

Nunca escucharemos nada eso. Menos mal.

Para mí todos los días son maravillosos. Nací un miércoles, pero no de ceniza, que es el ombligo de la semana. Si tengo buena salud amo por igual un lunes de zapatero o un viernes cultural, o un Martes, pero si es 13 ni me caso ni me embarco.

El día que muera, ojalá no caiga en domingo, porque de seguro el lunes tendré la agenda llena. Por ahora prefiero morir de risa… porque dicen que reír alarga los años… los años y nada más.

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