Intelectuales de derecha contra intelectuales de izquierda (caso Venezuela y “Hay Festival”)
En la batalla cultural que libra hoy el mundo para imponer las ideas, los intelectuales colombianos se corrigen o vapulean unos a otros. “Muchos escritores van al Hay Festival a meter cocaína”, dijo Carolina Sanín en su monólogo quincenal, y la cosa pasó como si nada.
De izquierda a derecha, los escritores colombianos Juan Gabriel Vásquez, Laura Restrepo, Giuseppe Caputo y Carolina Sanín.
¿Qué cosa es un intelectual y para qué sirve? No lo sé, pero les prometo averiguarlo. Mientras tanto, observo las peleas entre aquellos a quienes llaman intelectuales. Celebremos la polémica, pues es señal de que (todavía) no se han extinguido. Celebremos incluso si nuestros intelectuales nadan en la orilla por temor a ahogarse en la profundidad de los debates.
A dos escritores, Carolina Sanín y Juan Gabriel Vásquez, les chocó la carta que otra escritora, Laura Restrepo, envió al Hay Festival, anunciando que se marginaba del evento en rechazo a la presencia de la líder política venezolana María Corina Machado, quien pidió la intervención militar de su país por parte de Estados Unidos. Ya vimos: Los Reyes Magos le cumplieron el sueño de forma anticipada.
En su monólogo para Cambio, Sanín se arrogó el derecho de corregir la carta de Restrepo, y lo hizo en términos despectivos. La tildó de taimada, lambona, “esta señora”, adolescente de colegio, “un numerito”.
A la voz de Restrepo se sumaron otras veces, todas corregidas por la cultísima Sanín. “Chambonada de textos”, dijo refiriéndose a los escritos de Laura Restrepo, Giuseppe Caputo y Mikaelah Drullard (escritora dominicana).
A Caputo lo llamó perezoso por, según ella, no esforzarse por escribir mejor. “Estoy perezosa yo también con la lengua, ya estoycaputesca”, dijo una Sanín experta en inventar palabras.
“De paso mátenla”, sugirió porque Drullard declaró que tampoco ella estaba dispuesta a compartir el mismo espacio con la cuestionada Nobel de Paz.
Luego dijo que hicieron de María Corina alguien “moralmente asesinable”, en referencia a esta columna de Catalina Ruiz Navarro en El Espectador, a la que califica de “barrabasadas”.
Pero Sanín no es la única persona de derecha que cuestiona a los intelectuales de izquierda, como si estos fueran responsables de la tragedia que viven Venezuela y los venezolanos.
En Letras Libres, Juan Carlos Méndez escribió: “Laura Restrepo conoce cuál es el único futuro deseable para millones de venezolanos: de aquí a la eternidad, soportar la corrupción, las caravanas de refugiados, la miseria humillante, el saqueo y la muerte solo para que ella pueda asistir tranquila a los eventos literarios del mundo”.
En La Silla Vacía, Isabel Arroyo escribió: “Considero, en síntesis, que, al cancelar su participación en el Hay, nuestra querida novelista, lejos de estar haciendo una valiente declaración en contra de la opresión de los pueblos, encontró razones para, al igual que otros intelectuales de izquierda, seguir ignorando el sufrimiento de los venezolanos. Esa es la raya que no parece dispuesta a cruzar”.
En El País de España, Juan Gabriel Vásquez escribió: “Al cancelar su participación en el festival, y al hacerlo con el argumento de que el festival había invitado a una mujer cuyas posiciones no comparte, Laura Restrepo abdicó del principal deber de un intelectual público: entrar en el debate”.
Haciendo de abogado del diablo, me gustaría conocer el manual de deberes y derechos de los intelectuales, si es que algo así existe. Yo creo que tan lícito es participar del debate como marginarse de él. De hecho, el silencio es una forma de protesta válida. A diferencia de los políticos, que deben rendir cuentas por sus actos y están obligados a poner la cara siempre, no se puede pretender meter a los escritores a la fuerza dónde y con quien no quieren estar. La estatura de un intelectual y la de un político no son equiparables; hacerlo es prácticamente un insulto con los primeros.
Además, Vásquez no entendió que en el terreno de las ideas al callar, al ausentarse, ya se ha dicho demasiado. Marginarse es una forma lícita de protestar y a la protesta se le debe considerar otra forma del debate. Ese es el mensaje y no hay arrogancia en ello. Y aunque suene grosero, el intelectual, quizás por el hecho de serlo, debe sentirse con el permiso de estar o no estar donde se le dé la gana.
La estatura de un intelectual y la de un político no son equiparables; hacerlo es prácticamente un insulto con los primeros.
Podríamos, en cambio, preguntarle a quien corresponda cuál es el propósito de invitar a una líder política, con ansías de poder, a un evento literario, que eso se supone es el Hay Festival.
Mientras escribo estas líneas, lo que muchos temían acabó sucediendo. El ejército estadounidense sacó por la fuerza a Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela. Corina Machado, la manzana de la discordia, se ha declarado triunfal: “Estamos preparados para hacer valer nuestro mandato y tomar el poder”. Mientras tanto, Trump tomó las riendas del país hasta que “se pueda llevar a cabo una transición segura”, según recogió la BBC. Es decir, la nación vecina entró en un rio revuelto, ganancia de pescadores. Por ahora, Machado quedó descartada para gobernar, porque no tiene “ni el respeto ni el apoyo de su país”, dijo Trump. Ella le dedicó su Premio Nobel de Paz a Trump y Trump le agradeció con palabras de menosprecio.
Es que, señoras y señores, incluida doña Carolina Sanín, el problema de fondo no es si unos escritores van o no van a un evento cultural por la inquina hacia fulana o perencejo; el problema de fondo es si estamos o no de acuerdo con el hecho de que el autoritario Donald Trump profane la soberanía de otro país y a qué costo en términos de vidas humanas, como la de los lancheros interceptados y enseguida ejecutados sin fórmula de juicio. Y, lo más grave, qué consecuencias traerá la intromisión de Estados Unidos en Venezuela para los demás países de la región.
Recomiendo este editorial del diario español El País: “No existe transición legítima bajo tutela extranjera ni democracia posible si el futuro de un país se administra desde fuera como un protectorado”. Por otra parte, el análisis de The New Yorker es contundente: la operación de Trump en Venezuela fue ilegal.
Esa es la pepa de la almendra, y por las malquerencias de los unos hacia los otros, no deberíamos distraer la discusión sobre lo que debe importarnos. Si quitamos eso, todo lo que nos queda es una guerra de egos, la obligación de rellenar espacios y columnas, hablar por hablar, escribir por escribir, las veleidades de unos y otros que no se han tomado en serio su rol de intelectuales, quizás porque tampoco ellos saben para qué diablos sirve un intelectual en pleno siglo XXI.
El vil asesinato del presidente Salvador Allende (Chile, 1973), orquestado por Nixon y Kissinger, ilustra la gravedad del problema en que se encuentra América Latina tras la captura de Nicolás Maduro. Más allá de los cargos de narcoterrorismo y otros delitos en su contra, la región se enfrenta a un gobernante soberbio que busca imponer por la fuerza su propia doctrina política. De hecho, Trump ha venido metiendo las narices en elecciones que deberían ser libres, señalando quién es digno de ser elegido y quién no. “Muy seguramente lo va a intentar hacer en Colombia”, le dijo un analista a CNN.
No se pueden alentar voces como la de María Corina Machado, que antes y después de recibir el Premio Nobel de Paz propuso una salida irracional como solución a un régimen igual de irracional. Había que sentar un precedente contra esa actitud desquiciada. Intelectuales como Laura Restrepo lo hicieron de manera valiente.
Se abre otro debate
Al margen de esta discusión, me parece que el monólogo de Sanín abre un nuevo debate por el grueso calibre de otras afirmaciones suyas: “El Hay Festival me parece muy lamentable de muchas maneras. Son unos señores y unas señoras, ricos y ricas en su mayoría más conspicua (…) que vienen de Bogotá y se ponen guayabera (…) y hay conversaciones que en su mayoría son muy malas (…) lo que me pareció siempre fue que se trata de hacer charlas para que los señoras y las señoras de las élites, aunque sean brutos, sientan que son inteligentes y cultivados porque pueden entender esas charlas, que son una manera de rebajar los libros (…) Creo que cumple esa función: que las élites se sientan inteligentes porque asisten a unas charlas, porque además las entienden, y eso evita que lean los libros (…)”.
Sentí pena por los señores y las señoras de alta alcurnia, y más pena sentí al ver que nadie, empezando por los señores y las señoras de la sociedad bogotana, ha salido a defenderse de los insultos.
Sanín fue más lejos: “Muchos escritores van allá, al Hay Festival de Cartagena, a meter cocaína. (…) Y probablemente también a buscar mujeres; esa no me consta, la de la cocaína sí”, dijo. Me parece muy raro que, a pocas semanas de su realización (29 de enero al 1º de febrero), el Hay Festival brille por su silencio.
El mundo se habrá jodido para siempre el día en que todo nos resbale, incluso lo que opinen los intelectuales.
Con todo, Venezuela debe dolernos. Trump ha pisoteado la dignidad del pueblo venezolano dentro de Estados Unidos y ahora los pisotea en su propia casa. Para saber cuál es el lado correcto de la historia, los colombianos no podemos olvidar que la independencia se la debemos a un venezolano, no a un gringo.
Alexander Velásquez
Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.
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