Petro puso a la izquierda y a los pobres en el mapa; ese es su gran legado para la historia.

Si hay una frase que se escuche como estribillo de canción de moda en esta campaña electoral, es esa: “Solo Petro en esta mondá”. La dijo por primera vez un influencer de la Costa Caribe y en adelante se ha convertido en una especie de declaración de amor a través de las redes sociales hacia el presidente Gustavo Petro.

El autor de la frase es Iván Martínez, un joven influencer de Córdoba al que conocen con el nombre de El Loko Arkngel.

Los candidatos que enarbolan la bandera del antipetrismo ven como alguien se les acerca para gritarles con algo de provocación las cinco palabras que conforman esa oración, como si se tratase de una letanía que viene del más allá para amargarles el rato. Pasó, por ejemplo, en los Carnavales de Barranquilla ante la mirada desconcertada del candidato Abelardo De La Espriella.

Cuando Petro rompió el protocolo en su propia posesión, el 7 de agosto de 2022, para hacer traer la espada de Bolívar, nadie advirtió que la provocación sería su sello personal para desafiar a las élites, dignificar a la clase obrera y reivindicar a esa izquierda vapuleada hasta el exterminio que vio morir a tres de los suyos sin llegar a donde él sí pudo llegar: Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro.

Sí, Petro gobernó con ira contra esos políticos que se llenaron de pura vanidad para defender nada más que sus intereses. Y esa ira, como afrodisiaco, lo llevó a conectar con la gente. Como dicen quienes buscan pareja en las aplicaciones para ligar, Petro ha hecho match con su pueblo. Lo ha arropado con sus discursos y su dialéctica, y ese pueblo le responde en las encuestas o en la plaza pública cuando él los convoca.

Durante cuatro años Petro estuvo rodeado de la gente, de seres humanos que de otra forma jamás habrían podido subirse a una tarima con un presidente de la República. Podríamos decir que con Petro se inauguró la era de la élite proletaria. El invisible dejó de sentir que estaba pintado en la pared o en las estadísticas, y pasó a comer a manteles en la Casa de Nariño.

A Gustavo Petro ya nadie le quita lo bailao. Está en lo mejor de su carrera política por decisiones políticas de hondo calado social, en su intento por sacar adelante las reformas que prometió en campaña. Revivió el recargo nocturno desde las 7:00 p.m. y el pago de los dominicales. Dignificó la labor de los aprendices Sena, los soldados rasos, las madres comunitarias adscritas al ICBF y los estudiantes de medicina que ahora reciben un salario vital como médicos internistas. Puso a la gente en el centro de la política pública. Para algunos puede que sea poco, pero el camino quedó despejado para que otros continúen la tarea.

Al bajar el salario de los congresistas y aumentar de manera generosa el salario mínimo a los trabajadores, demostró que el país sí puede avanzar con voluntad hacia una nación menos desigual, dejando en el peor de los mundos a una oposición que no hizo nada distinto que levantar paredes con los ladrillos mal pegados que les cayeron encima.

La expresión justicia social está hoy metida en la conversación nacional gracias a Petro, y eso ya es ganancia en un país que se hace el de las gafas con la pobreza ajena aun teniéndola en sus narices. Poco a poco, como el niño que gatea, Colombia empieza a dar sus primeros pasos hacia un debate mayor que tiene nombre y apellido: redistribución de la riqueza.

Al final, los opositores mostraron su apoyo con la clase trabajadora, defendiendo el incremento del salario mínimo, pero ya era demasiado tarde para ganar indulgencias con avemarías ajenas.

Petro jugó el juego que impuso la oposición durante los cuatro años de su mandato, y lo ganó.

Lo recriminaron por defender la causa Palestina y por torear en su propia casa a un Donald Trump que se cree el amo y señor del mundo. Se metieron incluso entre sus sábanas para escarbar en su vida privada y le enrostraron todas las veces que quisieron su pasado como guerrillero. Mientras una parte del establecimiento lo fustigó, queriendo golpear su imagen, el ciudadano de a pie lo vio como uno de los suyos, aquel que empezó desde abajo, y esa ha sido quizás la mayor equivocación de quienes subestiman a un Petro habilidoso con la palabra y las ideas, aquel que mueven fibras y sensibilidades cuando habla mientras mueve un lápiz.

No lo bajaron de drogadicto y alcohólico. Un halo protector —acaso eso que llaman teflón— lo hizo inmune a las críticas y las malquerencias.

Con el 54.5% de imagen positiva, según el Centro Nacional de Consultoría, Petro podría poner presidente en mayo.

Petro, el que llegaba tarde, le madrugó a las encuestas. Faltando apenas cinco meses para salir de Palacio, el lugar donde nunca se sintió del todo bien, como dijo alguna vez en una entrevista, y con el 54.5% de favoritismo según la última encuesta del Centro Nacional de Consultoría, está a punto de convertirse en el gran elector de las presidenciales de 2026 y muy seguramente arrastrará un caudal importante en las votaciones de su partido, el Pacto Histórico, al Congreso de la República.

El candidato de la izquierda, Iván Cepeda, dobla al que le sigue y triplica con creces a la que le sigue a éste. Hoy el blanco de los ataques es Cepeda, lo que demuestra que la derecha nada que aprende de los errores que cometió con Petro.

Independientemente de la opinión que usted tenga sobre Gustavo Petro, nadie puede negar que con él la historia política de Colombia se partió en dos de muchas maneras. El primer hombre genuinamente de izquierda que llegó a la Casa de Nariño y el primer exguerrillero en convertirse en presidente de la República. Y también el primer presidente que desengavetó en este siglo el asunto sobre la tierra y la reforma agraria, la nuez del conflicto colombiano durante décadas. A la fecha, ha entregado 759 mil hectáreas a los campesinos.

Hoy medio país lo quiere y el otro medio país no lo quiere ni un poquito, quizás porque solo quieren entender una parte de la historia. Con esa mitad que lo abraza, desde ya se advierte, para tristeza de sus detractores, que después del 7 de agosto habrá Petro para rato. Es muy posible que la gente colme otra vez la Plaza de Bolívar en Bogotá para despedir al presidente y darle la bienvenida al expresidente de la República, que seguirá teniendo velas en el devenir político de esta nación y, con toda seguridad, tendrá además un papel importante en causas globales, más allá de las fronteras colombianas.  

Imperfecto como es, Petro ya cumplió el sueño mayor de cualquier político y es la persona que hoy tiene entre sus manos la posibilidad de que otro hombre ocupe su lugar.

“Solo Petro en esta mondá” podría ser la versión siglo XXI de otra frase que nos es familiar: “No soy un hombre, soy un pueblo”. Petro es un Gaitán a su manera. El hombre que encarna la esperanza de millones. Algo habrá hecho bien y en ese algo deben escudriñar sus enemigos políticos para no seguir equivocándose.

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