Trump está anclado en los Estados Unidos de los años sesenta, mágicos y poderosos, cuando el
fragor de la Guerra Fría dividía al mundo entre el bloque socialista controlado y explotado por la
Unión Soviética, y el occidente capitalista, con la América latina, bajo el poder norteamericano,
que nos trataba como si fuéramos su patio trasero, como se decía entonces. En esos años, la China
maoísta estaba sumergida en su revolución socialista, enfrentada al “revisionismo soviético” al
cual acusaba de haber claudicado en hacer la revolución comunista.
Ochenta años después, el mundo está dividido en tres áreas de influencia, de poder, sometidas al
control de las tres potencias dominantes, en un mundo fragmentado: el oriente con China, Europa
central y oriental con Rusia, y el hemisferio occidental, principalmente el continente americano,
que vuelve a ser visto por Washington, como su patio trasero. Los tres actúan, ejercen su poder en
“sus territorios” como amos y señores, sin control de nadie. África históricamente, ha conocido la
presencia e influencia europea, adaptándose a las condiciones y posibilidades de un mundo
poscolonial, con China buscando posicionarse.
Naciones Unidas fue establecida en la posguerra de1945, luego de los estragos de la Segunda
Guerra Mundial y del nazismo, para garantizar la paz, la seguridad y la cooperación internacional,
promover los derechos humanos y la descolonización en África y el Medio Oriente. Terminados los
años de la Guerra Fría se agotó su capacidad para lograr esos propósitos. Hoy la Organización es
irrelevante y ninguna de las tres superpotencias está interesada en revivirla. Como no se veía
desde el período anterior al despegue y consolidación del capitalismo, en el período mercantilista,
reina la ley del más fuerte, con cada uno de los tres superpoderes, ejerciéndolo a su manera. A
China, más sutil, le interesa el control y la ampliación de sus mercados y posibilidades de inversión,
no el control de territorios, salvo Taiwan. Putin vive inmerso en su sueño de reconfigurar la Rusia
de los zares, anexando territorios e imponiendo gobiernos títeres. Por su parte, el sueño de
Trump es controlar América, el hemisferio occidental; de ahí su cuento con Groenlandia. Lo
alimenta un nacionalismo imperialista, presente en el subconsciente de los norteamericanos y que
Trump explícita en sus planteamientos. Nacionalismo que los lleva a pensar que ellos, los
americanos blancos y protestantes (los wasp, white anglosaxon protestant) son los habitantes
naturales y legítimos de Norte América, que controlan al hemisferio occidental, olvidando que son,
como ningún otro país en la Historia, un país de inmigrantes, pues los nativos fueron diezmados a
bala por los colonizadores europeos.
Ese nacionalismo norteamericano, corazón de la propuesta trompista, se cierra al mundo a la par
que exige que este se le abra a sus productos e inversiones. Es proteccionista del mercado interno
con altas tarifas (“americano consuma americano”) pero aperturista para la colocación de los
capitales y productos norteamericanos. Proteccionista hacia dentro de su economía, librecambista
para los otros mercados. Una ley del embudo impuesta, no por la lógica sino por la fuerza del
poder dominante.

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