Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Postmodernismo y disonancia

Los mismos padres del lenguaje postmoderno aseguraban que este no pretendía comunicar ideas con claridad, sino que por el contrario buscaban el enredo y la oscuridad en aras de que el lector “interpretara” (Michel Foucault en una entrevista con el filósofo John Searle dijo que el 25% de lo escrito debería ser “imposible” si se quería ser tomado en serio por los filósofos franceses. En Dennett, Daniel, Braking the spell, New York, NY: Penguin Books, 2006.)

Interpretar es lo que hacemos siempre al leer un texto, al percibir la realidad, al ver, al oír, al tocar las cosas del mundo. Es comparar, hacer analogías entre la idea mental que tenemos del mundo y la información nueva recibida; es una función del cerebro. Ante lo demasiado obvio sentimos indiferencia, no hay nada que llame nuestra atención, y ante lo demasiado enredado sentimos ofuscación, pues al saber que no vamos a descubrir nada perdemos interés. Un poco de dificultad puede ser atractivo, pues es un  juego delicioso para el que interpreta el ser desafiado por el texto y logra descifrarlo; es encantador ser quien termina la obra y le da valor. La idea básica de la escritura postmoderna no carece por completo de encanto, pero se ha abusado de ella en el mundo del arte, en el de la crítica de arte, en los textos académicos, en la antropología, en la sociología, en la sicología, en la filosofía  y en la teoría literaria.

El lenguaje postmoderno gusta entre algunos académicos; sin embargo, la pregunta es ¿por qué, cuál es o ha sido la razón de su relativo éxito?

Con un poco de oscuridad se ocultan ideas mal entendidas por el autor o la superficialidad de las mismas. Es más fácil decir una tontería, sin que lo parezca, si está metida entre un enredijo de palabras y de ideas. Así que el escritor postmoderno convierte un texto elemental y superficial en uno “intelectual” usando cuatro estrategias (que pueden ser muchas más).

1– Complicar las frases con trucos como el uso de ciertas palabras especiales: discurso, intertextual, postcolonial, devenir, alteridad, identidad, contestatario.

2– Usar prefijos como: re, ex, post, hiper.

3– Terminar las palabras con alidad, tricidad y al tiempo usar términos del sicoanálisis.

4– Citar mínimamente a Derrida, a Focault o a Barthes (se pronuncian todos con acento al final)

El escritor postmoderno no escribe para ser comprendido sino para ser interpretado. Hay que señalar que lo segundo implica un esfuerzo mayor del lector, un tipo de adivinación, un jugar con las conjeturas y de ninguna manera poder ir directo al corazón del asunto, para poner en discusión las ideas contendidas en este.  El que se matricula en esa forma de escritura muestra un gusto intelectual, yo diría un mal gusto,  en el cual se busca pertenecer a una élite —que como todas las élites tratan más de cerrar un círculo que de abrirlo—muy convenientes para el mutuo elogio, apoyo y citarse entre sus miembros.

El postmodernismo responde a la necesidad primitiva de crear estratos, superioridades. Somos animales jerárquicos y no montarnos unos sobre otros implica un largo proceso de civilización, de uso de la razón y de educación.

El lector que por fin ha desentrañado el artículo o texto postmoderno sufre la ilusión de ser más inteligente de lo que se creía. Este es un tipo de disonancia cognitiva. El mismo que nos hace pensar que la novia o el novio en el cual hemos invertido tiempo y recursos debe ser magnífico, y el médico al cual hemos pagamos una suma alta de dinero por la consulta debe ser el mejor o al menos superior al que nos ha cobrado lo justo; pues en el fondo, si no es  así es porque hemos sido estúpidos, y por tanto, nos queda más cómodo emocionalmente pensar que no lo hemos sido y que si hemos pagado un alto precio por cualquier tipo de bien es porque lo “valía”.

La lógica de la situación en este caso dice que si me he gastado un buen rato tratando de entender un artículo escrito en postmoderno y creo que mi “interpretación” es afortunada, entonces puedo pensar que soy inteligente.

Por otro lado es innegable el placer que produce el resolver acertijos, llenar crucigramas y hacer sudokus. El placer del lector postmoderno es de ese mismo tipo. La disonancia cognitiva no te va a dejar llegar a la conclusión de que eres un pobre tonto que ha gastado horas leyendo algo elemental, adornado profusamente con grandes palabras y elegantes citas (para la muestra un botón: se adjunta al final de este ensayo el primer párrafo de un texto: “La dificultad de ser modernos” del hiper-postmoderno José Luis Brea).

Los textos oscuros tiene una cualidad: es el lector quien los inventa, quien llega a conclusiones que no están allí. Y es innegable que existe una fascinación con los productos de la propia imaginación. Cuando tenemos una idea, una iluminación, una intuición, nos ponemos felices, porque nos gustan las propias ideas. Los terapistas saben que la gente cree más y recuerda mejor aquellas  conclusiones a la cuales han llegado ellos mismos. Las ideas que surgen después de pensar mucho, de hacer asociaciones y de dar vueltas sobre un asunto  están más conectadas con otras memorias y por tanto son más fácilmente recordables. Cuando la persona tiene que buscar en muchos lugares mentales para encontrar significado, la mente crea lazos entre la idea y las situaciones que permitieron entenderla. Al ser por estos motivos expuestos ideas cómodamente recordables, el cerebro se engaña y confunde recordable con verdadero (Idea importante explicada en el libro de Daniel Kahneman, Pensar rápido y lento).

Cuando la escritura es sencilla y comprensible, cuando las ideas que se exponen quedan claras al lector y fluyen en su mente sin esfuerzo se corre el riesgo de ser subvalorado. Si es fácil de entender a lo mejor no es profundo, es lo que muchos tienden a pensar. También es necesario ser educados para evitar la tendencia a pensar que lo que nada nos cuesta no tiene valor.

Un texto postmoderno para muestra. “La dificultad de ser modernos” de José Luis Brea:

“En Memorias para Paul de Man, probablemente el mejor ´libro de amigo´ jamás escrito, Derrida recorría con generosa delicadeza las reflexiones de Man sobre la estética hegeliana, conduciéndonos al punto crucial en que de Man reconocía una poderosa e irresoluble contradicción entre dos modos diferenciables de la memoria –que a su vez se explicitaban como disyunción y herida en la expresión alegórica, escindiendo para mayores consecuencias los potenciales de filosofía e historia, teoría y producción simbólica, y sentenciando con ello la justeza de la predicción hegeliana sobre el fin del arte –como fin de su necesidad, fin de la necesidad – o la pertinencia– de creer en él”.

 

 

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