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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Obituarios de mi hija, mis sobrinas y primo sobre mi padre Antonio Vélez | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Obituarios de mi hija, mis sobrinas y primo sobre mi padre Antonio Vélez</title>
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        <description><![CDATA[<p>De Antonia Atocito lindo del jardín: fuiste la luz de nuestra familia, el cemento que nos ha mantenido unidos y fuertes, el hombre más bondadoso, amoroso e inteligente que conozco y conoceré. Tu partida se siente como si se hubiera desmoronado un pilar que nos mantenía erguidos y firmes. Fuiste más que un abuelo; fuiste [&hellip;]</p>
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<p></p>



<p><strong>De Antonia</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="683" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-1024x683.jpg" alt="" class="wp-image-124316" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-1024x683.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-300x200.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-768x512.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-1536x1025.jpg 1536w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Atocito lindo del jardín: fuiste la luz de nuestra familia, el cemento que nos ha mantenido unidos y fuertes, el hombre más bondadoso, amoroso e inteligente que conozco y conoceré. Tu partida se siente como si se hubiera desmoronado un pilar que nos mantenía erguidos y firmes.</p>



<p>Fuiste más que un abuelo; fuiste un papá: quien se sentó conmigo largas horas a explicarme la tarea de cálculo, quien me contaba cuentos inventados de gatitos y quien me dejaba jugar con tu computador, aunque lo llenara de virus. Nunca voy a olvidar que me dejabas dormir entre Titi y tú cuando era chiquita, en esa casa húmeda, en mi infancia.</p>



<p>Tuve la maravillosa oportunidad de ser la nieta de uno de los primeros divulgadores científicos de Colombia, de la persona que me enseñó a confiar solo en el método científico, a no creer en supersticiones, solo en la evidencia. Has influido en mi vida y en mi carrera; si no fuera por ti, no amaría la ciencia como la amo.</p>



<p>Me regalaste el mejor regalo del mundo: una familia increíble, un hogar caluroso, unos sábados llenos de felicidad. Nunca voy a olvidar nuestras salidas a tomar café, tu felicidad de poder compartir un pastel de guayaba, los diciembres cantando Adelita, los picados de fruta que nos hacías a las once de la mañana.</p>



<p>Estoy agradecida con la vida porque mi hija Alicia te pudo conocer, pudimos pasar la última Navidad contigo y decirte adiós. Yo sé que no estás en un mejor lugar, pues nos enseñaste a no creer en eso, pero sí estarás siempre en mi corazón, en mi memoria y, lo mejor de todo, en mi material genético.</p>



<p>Me siento orgullosa de ser tu nieta, de ser tu “bobita”. Tu legado vive en mí y en mi hija. Solo aspiro a tener un poco de tu brillantez, de tu bondad, de tu corazón tan cinco estrellas, y a que hoy, que ya no estás, solo queden buenos recuerdos de un hombre inigualable.</p>



<p>Las palabras se me quedarán cortas y nunca serán suficientes para describir lo que significas para mí. Te voy a extrañar horriblemente.</p>



<p><strong>De Cristina</strong></p>



<p>Ato. El fundador de la escuela de los escépticos.</p>



<p>Nos enseñaste a vivir la vida de una manera única, sin un dios, sin esoterismos ni romanticismo</p>



<p>De cerebro brillante, pragmático y noble. Sin esfuerzo ni vanidad, te ganaste la admiración de todo el que tuvo el placer de conocerte.</p>



<p>Fueron muchas preguntas las que te hice, pero ahora me surgen otras: ¿cómo debo llamarle ahora a la casa de Ato y Titi? ¿Cómo serán ahora los sábados por la tarde?</p>



<p>En mi cabeza tengo grabado ese gesto que hiciste hasta el último día: el de tirarme un besito.</p>



<p>Mis dedos conocen perfectamente la sensación de cuando te peinaba tu pelo blanco o te halaba los pelos de los brazos.</p>



<p>Te tendré siempre a mi lado; uno de tus libros está en mi mesa de noche. Cada que me hagas falta, voy a leer un fragmento de algo que escribiste.</p>



<p>El cuerpo no es eterno, pero las ideas sí, y esa será nuestra manera de inmortalizarte.</p>



<p><strong>De Juliana</strong></p>



<p>Le escribí esta carta a mi abuelo en abril 17 del 2022.</p>



<p>Mi atocito lindo del jardín:</p>



<p>Te escribo esta carta para agradecerte. Toda la vida me he sentido agradecida pero no</p>



<p>estoy muy segura si alguna vez te lo he dicho.</p>



<p>Quiero agradecerte por la lupa que me has regalado para ver el mundo. Tú se la diste a mi</p>



<p>papá, y él me la ha dio a mí antes de que tuviera memoria para recordarlo.</p>



<p>Esta lupa, hecha de ciencia, escepticismo y razonamiento lógico, me ha dejado ver el</p>



<p>mundo de una manera clara, limpia, descontaminada de toda superstición; y el mundo así</p>



<p>me ha parecido hermoso.</p>



<p>He crecido con muchos compañeros carentes de esta lupa, personas sin el menor deseo</p>



<p>de examinar el mundo de cerca, con la visión borrosa por la religión y la pseudociencia.</p>



<p>Tengo que confesarte que algunas veces he querido yo también creer en una que otra</p>



<p>fantasía, por mi tranquilidad y por comodidad, aunque casi siempre sin éxito.</p>



<p>Desde muy chiquitos nos has enseñado a todos en la familia a cuestionarnos la realidad, a</p>



<p>reflexionar sobre el mundo, la evolución y el comportamiento humano. Nos has llevado a</p>



<p>preguntarnos sobre el funcionamiento de las máquinas, desde la mecánica del timbre</p>



<p>hasta el misterio del cerebro y la consciencia. Es, en gran parte gracias a ti, que hoy</p>



<p>estudio con entusiasmo neurología, un tema por el que sé que tú y yo compartimos gran</p>



<p>interés.</p>



<p>He sido afortunada; sé que nuestra lupa no nos permite ver todavía la verdad del mundo y</p>



<p>que la gran mayoría del universo permanece un misterio, con lupa o a simple vista. Pero la</p>



<p>búsqueda de la verdad, así sea una minúscula verdad entre lo infinitamente desconocido,</p>



<p>me genera una cantidad enorme de felicidad. Es a ti a quien debo una gran parte de esa</p>



<p>felicidad, a ti y a esa lupa maravillosa que tuviste la valentía de construir.</p>



<p>Un besito y un abrazo grande,</p>



<p>Att: juli, tu bobita.</p>



<p><strong>De &nbsp;Juanes</strong></p>



<p>Recuerdo del tío Toño</p>



<p>Antes de ser Atocito lindo del jardín, para mí era el tío Toño.<br>Lo recuerdo en su gran biblioteca, sentado trabajando. Ese lugar, en el último piso de su casa, era un espacio amplio e iluminado, lleno de libros, enciclopedias y archivos. También tenía un equipo de sonido con grandes parlantes y muchísimos discos y casetes.</p>



<p>En el amplio balcón de la biblioteca, que daba hacia el jardín interno de la casa, siempre estaba la prima Anita trabajando.</p>



<p>Desde que yo llegaba, Antonio empezaba a decir:<br>“Huele a azufre… huele a azufre…”<br>Eso quería decir que su sobrino —o sea yo—, el diablo, el más esculcón y necio de todos, había llegado.</p>



<p>Me acuerdo perfectamente de que siempre le pedía que me pusiera el disco de Navidad de Raphael, un gran LP de portada roja y verde, con la palabra Paz, donde estaba la emblemática canción El tamborilero. &nbsp;Él me lo ponía una, dos y hasta cincuenta veces, hasta que yo me cansara. Todo con tal de hacerme feliz y de tenerme quieto, por lo menos, cinco minutos.</p>



<p>Una vez, en uno de nuestros viajes decembrinos a Tolú, decidí que quería vender panelitas en la playa y se lo conté. Posiblemente, lo único que yo quería era ponerme la ponchera en la cabeza y pretender ser una palanquera.<br><br></p>



<p>El tío Toño me vio coger todos los dulces de la despensa y meterlos en una olla. Ante mi determinado emprendimiento, Ató me dijo:<br>—¿A cómo las panelitas?</p>



<p>No recuerdo el precio, pero me las compró todas. Luego las volvió a guardar en la cocina, y yo terminé la jornada con ganancias.</p>



<p>El tío siempre estuvo presente en mi vida de forma constante. Me dio respuestas claras y concisas a todas mis dudas, miedos e incertidumbres durante la adolescencia. Me enseñó a hacerme preguntas, a dudar, a confiar en las certezas y no en las fantasías, a aferrarme a los hechos y no al esoterismo que tanto me atormentaba. Eso fue determinante en mi formación y rompió, de forma positiva, muchos paradigmas.</p>



<p>Ya de adulto, me invitaba por las tardes a su casa a tomar café y me decía:<br>—Juancho, tengo unos croissants buenísimos, vení un ratico.</p>



<p>Pasábamos la tarde conversando junto a la tía Titi. Él me hablaba de su juventud, de Genaro Salinas —uno de sus cantantes favoritos—, y yo le preguntaba por el Medellín antiguo, ese que yo no conocí: de su colegio, de su noviazgo con la tía… y nos moríamos de la risa.</p>



<p>Una vez alguien dijo que los hijos del tío Antonio eran como planetas que orbitaban a su alrededor sin luz propia. Yo creo que se equivocaba: sí tenían luz propia. No solo ellos gravitaban alrededor de ese sol; todos lo hacíamos, y con legítima satisfacción, porque ante una estrella tan fulgurante y tan cálida habría sido una necedad no dejarse iluminar.<br>Hoy recuerdo al tío y lo recordaré siempre como el centro, como la luz y como el origen de todo lo que somos.</p>
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        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
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        <pubDate>Sun, 04 Jan 2026 14:41:15 +0000</pubDate>
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