Obituarios de mi hija, mis sobrinas y primo sobre mi padre Antonio Vélez
De Antonia Atocito lindo del jardín: fuiste la luz de nuestra familia, el cemento que nos ha mantenido unidos y fuertes, el hombre más bondadoso, amoroso e inteligente que conozco y conoceré. Tu partida se siente como si se hubiera desmoronado un pilar que nos mantenía erguidos y firmes. Fuiste más que un abuelo; fuiste…
Atocito lindo del jardín: fuiste la luz de nuestra familia, el cemento que nos ha mantenido unidos y fuertes, el hombre más bondadoso, amoroso e inteligente que conozco y conoceré. Tu partida se siente como si se hubiera desmoronado un pilar que nos mantenía erguidos y firmes.
Fuiste más que un abuelo; fuiste un papá: quien se sentó conmigo largas horas a explicarme la tarea de cálculo, quien me contaba cuentos inventados de gatitos y quien me dejaba jugar con tu computador, aunque lo llenara de virus. Nunca voy a olvidar que me dejabas dormir entre Titi y tú cuando era chiquita, en esa casa húmeda, en mi infancia.
Tuve la maravillosa oportunidad de ser la nieta de uno de los primeros divulgadores científicos de Colombia, de la persona que me enseñó a confiar solo en el método científico, a no creer en supersticiones, solo en la evidencia. Has influido en mi vida y en mi carrera; si no fuera por ti, no amaría la ciencia como la amo.
Me regalaste el mejor regalo del mundo: una familia increíble, un hogar caluroso, unos sábados llenos de felicidad. Nunca voy a olvidar nuestras salidas a tomar café, tu felicidad de poder compartir un pastel de guayaba, los diciembres cantando Adelita, los picados de fruta que nos hacías a las once de la mañana.
Estoy agradecida con la vida porque mi hija Alicia te pudo conocer, pudimos pasar la última Navidad contigo y decirte adiós. Yo sé que no estás en un mejor lugar, pues nos enseñaste a no creer en eso, pero sí estarás siempre en mi corazón, en mi memoria y, lo mejor de todo, en mi material genético.
Me siento orgullosa de ser tu nieta, de ser tu “bobita”. Tu legado vive en mí y en mi hija. Solo aspiro a tener un poco de tu brillantez, de tu bondad, de tu corazón tan cinco estrellas, y a que hoy, que ya no estás, solo queden buenos recuerdos de un hombre inigualable.
Las palabras se me quedarán cortas y nunca serán suficientes para describir lo que significas para mí. Te voy a extrañar horriblemente.
De Cristina
Ato. El fundador de la escuela de los escépticos.
Nos enseñaste a vivir la vida de una manera única, sin un dios, sin esoterismos ni romanticismo
De cerebro brillante, pragmático y noble. Sin esfuerzo ni vanidad, te ganaste la admiración de todo el que tuvo el placer de conocerte.
Fueron muchas preguntas las que te hice, pero ahora me surgen otras: ¿cómo debo llamarle ahora a la casa de Ato y Titi? ¿Cómo serán ahora los sábados por la tarde?
En mi cabeza tengo grabado ese gesto que hiciste hasta el último día: el de tirarme un besito.
Mis dedos conocen perfectamente la sensación de cuando te peinaba tu pelo blanco o te halaba los pelos de los brazos.
Te tendré siempre a mi lado; uno de tus libros está en mi mesa de noche. Cada que me hagas falta, voy a leer un fragmento de algo que escribiste.
El cuerpo no es eterno, pero las ideas sí, y esa será nuestra manera de inmortalizarte.
De Juliana
Le escribí esta carta a mi abuelo en abril 17 del 2022.
Mi atocito lindo del jardín:
Te escribo esta carta para agradecerte. Toda la vida me he sentido agradecida pero no
estoy muy segura si alguna vez te lo he dicho.
Quiero agradecerte por la lupa que me has regalado para ver el mundo. Tú se la diste a mi
papá, y él me la ha dio a mí antes de que tuviera memoria para recordarlo.
Esta lupa, hecha de ciencia, escepticismo y razonamiento lógico, me ha dejado ver el
mundo de una manera clara, limpia, descontaminada de toda superstición; y el mundo así
me ha parecido hermoso.
He crecido con muchos compañeros carentes de esta lupa, personas sin el menor deseo
de examinar el mundo de cerca, con la visión borrosa por la religión y la pseudociencia.
Tengo que confesarte que algunas veces he querido yo también creer en una que otra
fantasía, por mi tranquilidad y por comodidad, aunque casi siempre sin éxito.
Desde muy chiquitos nos has enseñado a todos en la familia a cuestionarnos la realidad, a
reflexionar sobre el mundo, la evolución y el comportamiento humano. Nos has llevado a
preguntarnos sobre el funcionamiento de las máquinas, desde la mecánica del timbre
hasta el misterio del cerebro y la consciencia. Es, en gran parte gracias a ti, que hoy
estudio con entusiasmo neurología, un tema por el que sé que tú y yo compartimos gran
interés.
He sido afortunada; sé que nuestra lupa no nos permite ver todavía la verdad del mundo y
que la gran mayoría del universo permanece un misterio, con lupa o a simple vista. Pero la
búsqueda de la verdad, así sea una minúscula verdad entre lo infinitamente desconocido,
me genera una cantidad enorme de felicidad. Es a ti a quien debo una gran parte de esa
felicidad, a ti y a esa lupa maravillosa que tuviste la valentía de construir.
Un besito y un abrazo grande,
Att: juli, tu bobita.
De Juanes
Recuerdo del tío Toño
Antes de ser Atocito lindo del jardín, para mí era el tío Toño. Lo recuerdo en su gran biblioteca, sentado trabajando. Ese lugar, en el último piso de su casa, era un espacio amplio e iluminado, lleno de libros, enciclopedias y archivos. También tenía un equipo de sonido con grandes parlantes y muchísimos discos y casetes.
En el amplio balcón de la biblioteca, que daba hacia el jardín interno de la casa, siempre estaba la prima Anita trabajando.
Desde que yo llegaba, Antonio empezaba a decir: “Huele a azufre… huele a azufre…” Eso quería decir que su sobrino —o sea yo—, el diablo, el más esculcón y necio de todos, había llegado.
Me acuerdo perfectamente de que siempre le pedía que me pusiera el disco de Navidad de Raphael, un gran LP de portada roja y verde, con la palabra Paz, donde estaba la emblemática canción El tamborilero. Él me lo ponía una, dos y hasta cincuenta veces, hasta que yo me cansara. Todo con tal de hacerme feliz y de tenerme quieto, por lo menos, cinco minutos.
Una vez, en uno de nuestros viajes decembrinos a Tolú, decidí que quería vender panelitas en la playa y se lo conté. Posiblemente, lo único que yo quería era ponerme la ponchera en la cabeza y pretender ser una palanquera.
El tío Toño me vio coger todos los dulces de la despensa y meterlos en una olla. Ante mi determinado emprendimiento, Ató me dijo: —¿A cómo las panelitas?
No recuerdo el precio, pero me las compró todas. Luego las volvió a guardar en la cocina, y yo terminé la jornada con ganancias.
El tío siempre estuvo presente en mi vida de forma constante. Me dio respuestas claras y concisas a todas mis dudas, miedos e incertidumbres durante la adolescencia. Me enseñó a hacerme preguntas, a dudar, a confiar en las certezas y no en las fantasías, a aferrarme a los hechos y no al esoterismo que tanto me atormentaba. Eso fue determinante en mi formación y rompió, de forma positiva, muchos paradigmas.
Ya de adulto, me invitaba por las tardes a su casa a tomar café y me decía: —Juancho, tengo unos croissants buenísimos, vení un ratico.
Pasábamos la tarde conversando junto a la tía Titi. Él me hablaba de su juventud, de Genaro Salinas —uno de sus cantantes favoritos—, y yo le preguntaba por el Medellín antiguo, ese que yo no conocí: de su colegio, de su noviazgo con la tía… y nos moríamos de la risa.
Una vez alguien dijo que los hijos del tío Antonio eran como planetas que orbitaban a su alrededor sin luz propia. Yo creo que se equivocaba: sí tenían luz propia. No solo ellos gravitaban alrededor de ese sol; todos lo hacíamos, y con legítima satisfacción, porque ante una estrella tan fulgurante y tan cálida habría sido una necedad no dejarse iluminar. Hoy recuerdo al tío y lo recordaré siempre como el centro, como la luz y como el origen de todo lo que somos.
Ana Cristina Vélez
Estudié diseño industrial y realicé una maestría en Historia del Arte. Investigo y escribo sobre arte y diseño. El arte plástico me apasiona, algunos temas de la ciencia me cautivan. Soy aficionada a las revistas científicas y a los libros sobre sicología evolucionista.
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