Los abuelos se vuelven eternos con los nombre que les ponen sus nietos. Antonio, mi padre, recibió para la posteridad uno breve y hermoso: Ato. Y hoy, noventa y dos años después, estamos aquí para despedir a mi Ato, la persona que más amé y admiré en este mundo.
Pero digo “despedir” por costumbre, porque la verdad es otra: pudimos decirle adiós con una calma extraña y misericordiosa. No fue un corte brusco, sino una despedida diluida en el tiempo, repartida en el transcurso de muchos años. Su conciencia se fue desvaneciendo como los colores de una acuarela expuesta durante años a la luz del Sol.
Al principio, el verde de las hojas de aquel árbol distante todavía se distinguía, aunque a veces se confundía con el verde de la grama. Con el tiempo, ese verde se volvió una mancha tenue, diluida en el paisaje. A medida que avanzaban los años –y su enfermedad– el paisaje entero fue perdiendo tonos y matices, como si una niebla blanquecina lo cubriera de olvido. La enfermedad erosionó su memoria con una constancia implacable, del mismo modo en que el agua erosiona una piedra: lentamente, sin pausa, hasta dejarla redonda.
Lo vimos alejarse de sí mismo. Vimos, con impotencia, cómo los recuerdos se fragmentaban en relatos inconexos: a veces apócrifos, a veces imperfectos, a veces soñados. Fuimos testigos de cómo su conciencia se apartaba de nuestra realidad para sumergirse en un mundo distante, extraño e incomprensible. Un universo donde los hechos ya no se suceden en la secuencia del tiempo; donde el tiempo no existe como reloj ni calendario, sino apenas como un conjunto de memorias que se ordenan en nuestra mente para darnos la sensación ilusoria de una continuidad, como el caballo que creemos ver que corre cuando pasamos con rapidez las páginas de esos libritos que imitan los fotogramas del cine.
Fue así como empezamos a despedirnos mientras él se alejaba: se alejaba, y se alejaba, y se alejaba… Y pasaron los años sin dolor, sin sufrimiento, con esa calma extraña que a veces trae la vida cuando decide ser piadosa. Es apenas hoy cuando entendemos de golpe que está ya tan lejos que ya no podemos alcanzarlo con la mirada. Por eso decir “adiós” es una metáfora. El adiós ocurrió con lentitud geológica: nos fuimos despidiendo durante años, paso a paso, hasta llegar a este día en que ya no podremos verlo nunca más.
Un día, cuando yo era niño, Ato me habló de un insecto diminuto: la efímera, cuya vida activa se reduce al espacio de unas pocas horas, a veces menos de un día. Yo me quedé pensando, con la lógica seria de los niños: si fuéramos efímeras, ¿para qué ir al colegio, para qué almorzar, para qué bañarse o ponerse los zapatos, si esa misma noche íbamos a estar todos muertos? Ato notó mi inquietud. Y entonces, con esa manera tan suya, directa, tranquila, me dijo: “Y eso que, en la escala cósmica del tiempo, ¡la vida humana es infinitamente más corta!” Esa respuesta lo describe de manera perfecta, sin necesidad de adornos, y revela su verdadera grandeza.
Mi papá tuvo el raro privilegio de nacer con un cerebro excepcional; diría, sin exagerar, que está entre las personas más brillantes que jamás haya conocido. Y cuando esa inteligencia se encuentra con una personalidad implacablemente racional, el resultado es alguien capaz de liberarse del troquelado de la infancia –una de sus palabras favoritas–, de sacudirse el adoctrinamiento de las religiones y las ideologías, de desconfiar de las supersticiones pueriles, y de resistir la irracionalidad que solo siembra sufrimiento y crueldad.
Diría que ese fue su mayor legado: una forma de pensar, una ética de la lucidez y de la razón. Eso es lo que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, y también en sus libros y ensayos. Y luchar por esa causa fue, sin duda, su batalla más constante.
En mi casa se respiraba una atmósfera que indignaba a los más conservadores y fascinaba a los jóvenes despiertos. Había una biblioteca enorme, custodiada por pequeños retratos que no eran del Sagrado Corazón, ni de los parientes, ni siquiera de sus hijos, sino de Darwin, Einstein, Newton, Dirac, von Neumann… y de otros nombres menos conocidos, pero igual de venerados por él: Konrad Lorenz, Popper, Gödel, Ramanujan y tantos más que, en su criterio, merecían un lugar en el panteón de los más grandes. Por los héroes de la historia oficial –Napoleón, Julio César, Alejandro Magno–, sentía un desprecio sin límites, apenas superado por el que reservaba para los papas y para cualquier otro líder religioso o político.
Y había un lugar que para mí era mágico, casi sagrado: el taller. Era un cuartito detrás de una puerta de bisagras, con un mesón de lámina de acero donde estaba empotrada una prensa pesada e imponente. De las paredes colgaban herramientas sujetas con tornillos, y sus siluetas estaban dibujadas sobre un tablón de madera pintado de blanco, como si cada una tuviera un sitio asignado desde siempre. Había cajones repletos de tuercas, tornillos, clavos, arandelas; estantes donde descansaban el soldador, el taladro, el amperímetro…; y cajitas con componentes electrónicos –pequeños capacitores, resistencias, dos o tres pares de transistores–, objetos de un valor inconmensurable en aquella época.
Los sábados en la mañana, como un ritual, “hacíamos el mantenimiento” de los dos carros de segunda que teníamos en el garaje. Yo lo imitaba con devoción: me enseñó a desmontar el distribuidor, a sacar los platinos, a limarlos y a calibrarlos con esas hojas de acero que medían en fracciones de pulgada. Después “afinábamos la máquina” con una lámpara estroboscópica que no se veía en ningún taller, y que mi papá había comprado en Sears, en aquellos años de Champaign, Illinois.
Para mí, no había felicidad más grande que aprender esos “secretos” de la mecánica. Y, después de hacerles el mantenimiento a los carros, lo acompañaba a visitar a los abuelos, que vivían en una casa enorme: tres patios y un solar; pisos de baldosas con arabescos –como era costumbre en las viejas casas españolas–; y esa frescura de espacios altos de puertas con arcos que todavía perdura en mi memoria.
Y ese ser, –que parecía hecho de razón pura–, se convertía en humano cuando se trataba de su familia. La lógica, que en él era una armadura, se le ablandaba de golpe; bastaba con que algo rozara a sus hijos o a su esposa para que apareciera en él otra cara: la del miedo, la de la ternura, la de la urgencia, la de los celos…
Una vez, durante nuestras vacaciones de fin de año en la costa Caribe, el descanso se rompió de repente. Desde algún lugar de la casa estallaron sollozos y gritos; una frase repetida como un martillo: –¡La niña se perdió… la niña se perdió! Mi papá y yo corrimos hacia el patio trasero. Sentí en el pecho ese vacío seco que no da tiempo de pensar. –¿Quién se perdió? –preguntamos casi al mismo tiempo, sin aire. –Se perdió Cristina –dijeron–, la amiguita de infancia de mi hermana menor. Vi entonces cómo mi papá se quedó un segundo quieto, como si el cuerpo le hiciera una pausa. Se llevó la mano a la frente y, en voz baja –tan baja que parecía una confesión–, murmuró: –Siquiera… pensé que era Maritza.
También había en mi casa una colección de más de cien casetes: un pequeño archivo doméstico que, sin que yo lo supiera entonces, revelaba uno de sus mayores gustos. Estaban las obras de Bach, Beethoven, Mozart y todos los grandes; y, al lado, grabaciones que hoy todavía me pregunto cómo habrá conseguido: Xenakis, Schönberg y otros contemporáneos que no sonaban en ninguna parte. Había, además, un casete de Manitas de Plata y de su primo José, esa música –desconocida entonces– que se llamaba flamenco, y una grabación completa del Martín Fierro: rarezas que ni siquiera se encontraban en la hemeroteca infinita del maestro De Greiff.
Cada casete venía numerado y rotulado con una pulcritud casi militar: título, compositor y, a veces, algún dato adicional. No era miedo al olvido; era su manera de poner orden en el mundo, de dejarlo todo en su sitio. Había, además, un catálogo, dispuesto alfabéticamente por títulos y composiciones, impreso en hojas anchas con perforaciones a un costado, salido del IBM de Coltejer –el único computador que existía entonces en Colombia, junto con el del Banco de la República–. Era el tipo de exceso organizado que lo retrataba: una mezcla de método, disciplina y cariño por lo que amaba.
Y recuerdo que se reía cada vez que contaba una anécdota mínima, pero perfecta: la historia de una de sus secretarias que, al rotular un casete, escribió “ayudante con moto” en lugar de “andante con moto”. A mi papá esa confusión lo divertía como un chiste privado, que no se cansaba de repetir.
En mi casa se comía cheesecake y pie de manzana. También hacían una versión colombiana del pollo hindú, nasi goreng, del plato alemán con salchichas, chuletas de cerdo y repollo chucrut fermentado en sal, y del plato cubano con caraotas, rarezas culinarias que mi mamá preparaba y que dejaban a mis amigos entre asombrados y felices. Y también carne molida en sopa de arroz, un plato humilde al que llamaban “almuerzo de cura”. Y el famoso y vilipendiado “sudao” de pollo, la comida predilecta de Ato.
Pero el mayor orgullo culinario de la casa era el pollo mallorquín. No el original de Mallorca –el que un tío catalán nos enseñó a preparar–, sino el mestizo: con chicharrones y plátano maduro, cocinado a fuego lento en una olla de cerámica roja, esmaltada, hermosa, a la que llamaban la “greixonera”. Esa palabra la oí desde niño y todavía hoy no sé qué significa, ni siquiera sé si existe en algún diccionario; pero en mi memoria quedó labrada con firmeza pétrea, como quedan las palabras que se aprenden en la infancia.
Coda
El viento de la tarde de este verano decembrino barre las hojas del parque, y en mi mente ese viento se vuelve una metáfora de la vida que se va: ligera, inevitable, sin preguntar. Ayer fui solo a lo queda del taller, el mismo de mi infancia, como quien regresa a un santuario, a ver si todavía estaba su navaja favorita. La encontré: intacta, silenciosa, como esperándolo.
Y por un momento me pareció sentirlo otra vez: el olor a herramientas, a madera, a hierro helado… y a él. Vi o quise ver el brazo fuerte que la movía; la mano masculina sosteniéndola con esa precisión tranquila que lo definía, y el reloj de pulsera metálica palteada temblando con el gesto, devolviendo un destello breve. Fue un segundo apenas, un relámpago: corrí el velo del pasado y alcancé a rescatar, por una fracción infinitesimal de tiempo, esas presencias ya ausentes. Y luego el velo cayó de nuevo, como cae siempre, y entendí con una claridad dolorosa que hay cosas que se pierden irremediablemente… y, sin embargo, a veces vuelven a rozarnos, antes de irse, como el viento.
29 de diciembre de 2025