Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Medicina y ciencia

A los humanos nos gustan las teorías unificadoras, sencillas, simples y que lo abarquen todo. Queremos creer que nos enfermamos por una razón, una sola, que todavía no es conocida, pero que algún día se la va a descubrir. Las medicinas alternativas, en general, le apuntan a ese blanco. Está de moda pensar que el yo, ese ente que da unidad, que podría no ser más que una ilusión, ese que recoge las características variables y siempre cambiantes que nos engloban, es responsable de lo que ocurre en nuestra carcasa biológica.

Si nos enfermamos, piensan hoy muchas personas, es culpa nuestra: ya sea porque no nos alimentamos bien, o porque no hemos resuelto determinados conflictos internos, o porque no nos portamos como deberíamos, o porque no sabemos relajarnos y el estrés nos come, o porque no expresamos las emociones adecuadamente. La idea de que estamos hechos de partes y de que esas partes se enferman por una o varias causas, muchas veces desconocidas, es una idea que no agrada; no es estéticamente tan atractiva como la de una especie de circuito (simbólico) que se interrumpe en alguna parte y que se arregla reconectándolo.

En el pasado se creía que las enfermedades eran causadas por espíritus hostiles (en el presente lo es también así para algunas comunidades). Estos se metían en el cuerpo y había que exorcizarlos; después, la interpretación enfocó toda su atención en los fluidos del cuerpo, “los humores” y su recorrido. El tratamiento médico también los extraía del cuerpo: sangre, heces, sudor, lágrimas. Prácticamente todos los tratamientos existentes en ese momento debilitaban al paciente o lo mataban. Un poco más adelante, y más refinada la medicina, para curar se seguían sacando cosas de adentro: amígdalas, vesículas, apéndices, adenoides… Y lo que es peor, todavía entre los “alternativos” se oye hablar de procesos de desintoxicación; como si nuestros órganos o lo que ingerimos estuvieran contaminados. Pero si se les pregunta a los que pregonan las curas de desintoxicación de qué nos vamos a descontaminar, dicen que la mala alimentación llena de toxinas el cuerpo.

La medicina es una ciencia muy nueva, mucho más de lo que creemos. Hasta mediados del siglo 19 se actuaba por ensayo y error, sin exigirse conocimiento alguno sobre causa y efecto. Hasta ese momento, los tratamientos médicos hacían más mal que bien. Al tuberculoso lo enviaban al balneario a recibir sol y a bañarse en agua de mar, al infectado lo trataban con buena alimentación, a la parturienta la dejaban en cama engordando con caldos y presas de pollo. No tenían en cuenta que sin descubrir y eliminar el bacilo tuberculoso o la espiroqueta de la sífilis, sin matar las bacterias con antibióticos, sin vacunas para los virus, sin medidas de higiene para evitar infecciones de distinta índole, no hay sol, exorcismo, jugo de arándanos, pollo, ni brebaje alguno que pueda revivir al pobre enfermo.

La razón por la cual muchas personas denigran de la medicina, aunque el método científico que se aplica en la actualidad ha demostrado con cifras ser el único capaz de conducirnos a una medicina confiable, es que muchas enfermedades todavía son desconocidas, siguen cursos impredecibles o remiten espontáneamente. La experiencia personal cuenta, mas no debería contar, pues interesa la eficacia del tratamiento medida contra placebos y en un número significativo de pacientes. La historia médica personal aporta un valor muy pequeño a una información que para validarse requiere miles de casos. Además, el paciente casi siempre es un mal observador de su propio caso. Muchas enfermedades se curan gracias a los mecanismos de autodefensa que poseemos, y cuando esto ocurre, el paciente atribuye la milagrosa curación al último procedimiento utilizado (se curó de la tos tomando agua de cascaras de mandarina, por ejemplo).

Aunque la medicina y la ingeniera sanitaria son ciencias nuevas, nunca en la historia de la cultura el ser humano había sido más longevo ni había sobrevivido a más enfermedades y deficiencias propias. Sin embargo, la medicina no sabe todavía cómo curar muchas enfermedades mentales, ni la mayoría de los cánceres, ni la artritis, ni el Alzheimer, ni el Parkinson, para mencionar solo algunas, no obstante sus métodos constituyan la mejor opción que seguimos teniendo.

El economista de Princeton Angus Deaton, experto en temas de salud global, dice y lo confirma la Organización Mundial de la Salud 2013 (OMS) en su compendio estadístico, que entre 1990 y 2010 el porcentaje de niños que murieron antes de cumplir los cinco años se redujo casi a la mitad en todo el mundo, las muertes por sarampión se redujeron en 71 %, y tanto la tuberculosis y la mortalidad materna se redujeron a la mitad. Las muertes por enfermedades relacionadas con el SIDA se han frenado sustancialmente, hasta en un 24% desde 2005. La esperanza de vida global a principios de 1950 era de 47 años, en el 2011 subió a 70 años, un salto del 50%.

Por año, hay millones menos de muertos, tanto adultos como niños, millones de personas aliviadas de sus dolores y de sus enfermedades, y todo esto gracias al método científico: único método capaz de hacer investigación de calidad.

 

 

Comentarios