Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Lo que se espera al visitar un restaurante

El cliente que visita un restaurante quiere vivir unas horas agradables, disfrutar de una buena compañía y, por supuesto, comer bien en un espacio placentero. No sobra añadir que también espera que la relación precio- beneficio sea la correcta. Esta es una relación delicada, veamos por qué.

El dolor del pago (los sicólogos aseguran que pagar produce una especie de dolor) debe verse recompensado por el placer que otorga el restaurante; por la suma de aspectos que entran en el campo de la recompensa.

Empecemos por el menú y los alimentos. Cuando escogemos un restaurante estamos soñamos con una experiencia donde comida y espacio forman un “tándem”. Existen expectativas que deben ser satisfechas. Si vamos a Kokorico no esperamos encontrar truchas, pero sí pollo; cuando visitamos un restaurante hindú, queremos encontrar curris, chapati, naan y no sushi. Los restaurantes fusión ofrecen esos platos creativos que incluyen las recetas tradicionales de alguna parte del mundo «criollizados» o fusionados con un ingrediente regional, resultando una combinación sofisticada y al mismo tiempo familiar. La cultura culinaria de cada región está conformada por unos platos clásicos que se repiten, no importa en qué parte del mundo estemos, y el cliente espera encontrarlos y reconocerlos por su nombre.

Garantizar productos frescos, preparados higiénicamente, es una obligación; pero, las cantidades, el tamaño de las porciones, en cambio, parecen ser una decisión caprichosa del dueño. El cliente no quiere ver una montaña de comida en su plato, pero tampoco quiere ver una cantidad diminuta. Solo en el caso de la bandeja paisa esperamos que el plato sea muy grande, como para dos comensales; es cultura antioqueña; por tanto, una mini bandeja paisa puede hasta ofender. En algunos restaurantes, que siguen tendencias parisina, neoyorquinas o nórdicas sorprenden las diminutas porciones y la “avaricia” en las porciones de las guarniciones: tres alverjas con cuatro 4 centímetros de zanahoria (dizque plato acompañado de verduras) o tres tajadas de papa. El cliente sabe que la proteína es la parte costosa del plato y se conforma con una cantidad razonable de esta, pero que los acompañamientos sean ínfimos da rabia. La proteína anunciada debe siempre ir acompañada de una buena cantidad de frutas o verduras y algunos carbohidratos.

En los restaurantes no tradicionales se espera otra cosa: el cliente va a pagar por un conjunto de platillos que serán servidos uno seguido del otro, hasta llegar a los postres, y pagará por ese menú. Menú que debe juzgarse con otros criterios.

Es bueno sentir un ambiente de generosidad: que al llegar te pongan cositas para comer, además, pan, mantequilla o aceite, y agua fresca. La avaricia es que no te pongan ni agua, y que te la cobren si la pides. Otro asunto es que te pregunten si quieres agua Perrier o con gas, en ese caso estarás dispuesto a pagar por ellas. Deben siempre ofrecer gaseosas; es tonto no hacerlo. Lo mismo aplica a los postre. En general son costosos, comparados con el precio de los platos, y muchas veces son muy pequeños. El cliente que pide postre quiere recibir una porción de buen tamaño (pues la mayoría de las veces piensa compartirlo).

La carta debe ser amigable: legible y comprensible. Son ridículas esas cartas pretenciosas, que utilizan palabras extranjeras con platos de nombres impronunciables, intimidantes, que te obligan a preguntar el significado; peor aún las poéticas.

A los restaurantes les conviene ofrecer platos del día, recetas nuevas, que solo se ofrecen ese día. Es una forma de garantizar novedad, pues la repetición cansa. Esto invita a regresar al restaurante.

El valor del plato de un restaurante incluye muchos otros bienes, además de los alimentos: la vajilla, los cubiertos, la calidad de los manteles y servilletas, la iluminación, la temperatura, la belleza del lugar y sus alrededores, la comodidad de las mesas y de las sillas, la atención de los meseros, el techo, los pisos, la aireación, el ruido, la limpieza y el parqueadero; todo eso cuesta y lo pagamos en el plato. Algunas veces pagamos por la novedad, la extravagancia, la exclusividad, el estatus o la privacidad; son otros costos que eventualmente pueden entrar.

Los restaurantes son sitios al comensal e le pueden ocurrir ideas, proyectos, alianzas, negocios, viajes, consejos, confidencias, etc. ¿Acaso no sobra la música? Para la mayoría, el restaurante es un sitio para comer y conversar, siendo el conversar una parte importantísima de esa reunión, con amigos para la cual nos citamos allí. Además, la música es muy personal, es como el cepillo de dientes. ¡La música que a uno no le gusta es ruido! Y cada uno de los lectores tendrá un pequeño cambio para sugerir.

En resumidas cuentas, a un restaurante se vuelve cuando su acceso es fácil, pues cuenta con parqueaderos, cuando es limpio y aireado, silencioso, las sillas son cómodas y blandas, la atención es amable y eficiente, la calidad de la comida es buena, la cantidad es suficiente, con tendencia a la abundancia, y el precio es justo.

 

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