El llanto no es una exclusividad humana. Los animales sociales producen sonidos para comunicar dolor, miedo, angustia y tristeza. Para aquellas especies que no viven en grupos, no tendría sentido llorar, gemir o gritar, pues estas son formas de comunicación; si estos mecanismos existen, es porque hay receptores que reaccionan ante quien emite la señal.…
El llanto no es una exclusividad humana. Los animales sociales producen sonidos para comunicar dolor, miedo, angustia y tristeza. Para aquellas especies que no viven en grupos, no tendría sentido llorar, gemir o gritar, pues estas son formas de comunicación; si estos mecanismos existen, es porque hay receptores que reaccionan ante quien emite la señal.
Los toros, por ejemplo, no tienen vida social; son solitarios y, por ello, no gritan ni lloran. Al igual que la mayoría de los herbívoros que son presas en la naturaleza, han evolucionado para enmascarar el dolor. Mostrar debilidad ante un depredador sería una sentencia de muerte. Por esta razón han perdurado las corridas (esperemos que no por mucho tiempo): el espectador cree ver una “danza de muerte” que califica de elegante, simplemente porque el toro no emite señales de sufrimiento claras para nosotros; de hacerlo, ¡sería grotesco! Si lo que ocurre allí le sucediera a un perro, la gente se sentiría indignada, pues el perro llora, gime y demuestra su dolor.
Las lágrimas como producto del llanto son escasas en el reino animal; las más comunes son las basales, que limpian y protegen el ojo. No obstante, Charles Darwin, en su libro La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872), señala que los elefantes (Elephas indicus) y ciertas especies de monos —especialmente macacos y capuchinos— también lloran. Para Darwin, el llanto no era un “don divino” exclusivo del hombre, sino una respuesta biológica de raíces evolutivas que en nuestra especie se perfeccionó como una señal social compleja.[i]
En nuestra cultura, las mujeres lloramos más que los hombres, mucho más, y aunque a ellos se les permite llorar, no está bien visto que lloren en ciertas circunstancias. Está bien que lloren por la muerte de un familiar, o por la derrota de su equipo de futbol, pero no por “que les han estropeado su manto favorito al espolvorearlo con harina.”[ii] También se espera que aguanten mucho dolor físico antes de derramar lágrimas.
Pero esto es muy cultural. Darwin consideraba, acertadamente, que la capacidad biológica de llorar es la misma en todos los seres humanos, pero que la frecuencia y el motivo están moldeados por las convenciones sociales y la educación.
Estudios recientes reportan que las lágrimas reducen la testosterona en los hombres que las huelen o ven a alguien llorar. Aunque son inodoras, generan este efecto químico, funcionando como un escudo protector ante las respuestas violentas, que son sin duda, más comunes en los machos que en las hembras humanas. En este caso, el llanto busca disuadir al contendor de causar más daño. Pero tiene otras funciones: despierta compasión, pesar, e invita a la ayuda. Para quien llora, es un mecanismo que libera estrés y mitiga la tristeza. Una gran llorada deja al llorón livianito.
Sin embargo, no es fácil enfrentarse a las lágrimas ajenas; a veces resulta embarazoso y no siempre sabemos cómo reaccionar. Curiosamente, un estudio reciente concluyó que un pequeño detalle o regalo puede ser más reconfortante que una larga conversación para alguien que se siente triste, preocupado o estresado.
Dieric Bouts (Holanda, 1415–1475).
En mi experiencia personal, he notado algo sorprendente: son los objetos más pequeños e insulsos los que desencadenan la tristeza y la nostalgia por mi padre. Encontrar su navaja verde o la cajita de pastillas para el mareo, lo traen a la realidad. Veo sus manos fuertes y rápidas, sus brazos largos y poderosos, y oigo su voz que me habla. Tengo que contenerme para no decir en voz alta: ¡papá!
[i] Darwin observó personalmente y recopiló informes sobre cómo algunos primates, como el Macacus maurus (ahora Macaco de las Celebes), lloraban de forma visible. Describió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas y estas rodaban por sus mejillas cuando estaban frustrados o sentían dolor.
[ii] Dice Darwin en el libro citado que Los salvajes lloran por causas mínimas, y cita el ejemplo que le dio sir J. Lubbock contándole de un jefe de Nueva Zelanda.
Ana Cristina Vélez
Estudié diseño industrial y realicé una maestría en Historia del Arte. Investigo y escribo sobre arte y diseño. El arte plástico me apasiona, algunos temas de la ciencia me cautivan. Soy aficionada a las revistas científicas y a los libros sobre sicología evolucionista.
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