Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

La ventaja de las poblaciones grandes

Augusto

Augusto, primer emperador romano. Tomado de Wikipedia

El escritor americano Jonah Lehrer, en su libro Imagine How Creativity Works —el mismo que fue recogido por un escándalo de derechos de autor—, en el capítulo Fricción humana muestra con datos que una persona que vive en una metrópoli de un millón de habitantes genera en promedio un quince por ciento más de patentes, y hace un quince por ciento más de dinero, que una persona que vive en una ciudad de quinientos mil habitantes. Lehrer asegura que de la misma manera funcionan los planteles educativos, las experiencias en el trabajo y hasta el promedio de inteligencia. Para él, todo esto se debe a que la creatividad aumenta cuando hay encuentros fuera de lo establecido, con personas de otros grupos y de otras formaciones académicas y profesionales. Las metrópolis ponen a sus habitantes en situaciones inesperadas y curiosas, los hacen interactuar con extraños y sostener conversaciones que la mayoría de las veces no tienen una intención o un propósito. De esa fricción humana saltan chispas de creatividad, invenciones y progreso. Se puede hablar de un tipo moderado de cooperación.

Vayamos a las raíces del asunto. Cooperación con el propio grupo significa que sus individuos están dispuestos a hacer sacrificios a corto plazo, en aras de obtener beneficios a largo plazo. Un rasgo visible de la psicología humana es el ser cooperadores con los del propio grupo y egoístas con los de otros grupos. A esto se le llama tribalismo. El tribalismo fue muy beneficioso en nuestro pasado evolutivo, pues lo que ganaba el “otro” grupo en ventajas era proporcional a lo que perdía mi propio grupo. En otras palabras: si más para ellos, menos para nosotros. En cambio, el tribalismo en un mundo globalizado puede ser contraproducente.

En buena medida, somos sociales debido a nuestro diseño anatómico. Sin colmillos ni garras, nos vemos obligados a cazar, a defendernos y a recolectar en grupo. La fuerza del animal humano está en la unión del grupo, en la inteligencia y en la cultura. Tenemos un cerebro que coevolucionó con la cultura. Tal vez esta sea la herramienta humana más poderosa para el éxito de la especie.

Una sociedad es como un gran organismo cuyos miembros se reparten las tareas para mantenerlo vivo. Dentro de él se intercambia conocimiento incesantemente, y al hacerlo, este no queda dividido en dos, como ocurre cuando se comparte un pedazo de carne, sino que se multiplica por dos. El conocimiento intercambiado se propaga de mente en mente. ¿Por qué el tamaño de la población es importante en el progreso de esa población? La ecuación es simple: más personas, más conocimientos compartidos y más variados; en últimas, crecimiento exponencial de la cultura.

Cuando las culturas han estado abiertas a los intercambios con otras culturas se han enriquecido, y se han vuelto fuertes. La acumulación de conocimiento crea productos “emergentes”, innovaciones inusitadas que resultan de la misma acumulación y recombinación de ideas al azar. La historia de las poblaciones revela algo constante: las épocas doradas han estado correlacionadas con una gran apertura social hacia otras culturas. Así lo dice Johan Norberg en su artículo Open: The story of Human Progress: “La apertura ha sido la mayor bendición de la humanidad y seguirá proporcionándonos nuevas fuentes de riqueza y tecnología, si lo permitimos, incluida la solución al cambio climático y la curación de enfermedades. Pero la apertura produce incomodidad”. En el mismo artículo, Norberg menciona lo que algunos pensadores han dicho sobre las épocas de oro. De Montesquieu, dice que dejó escrito lo siguiente: “La razón principal por la que los romanos se convirtieron en dueños del mundo fue que, habiendo luchado sucesivamente contra todos los pueblos, siempre abandonaron sus propias prácticas tan pronto como encontraron otras mejores”. Para el Imperio Mongol, cita al historiador Jack Weatherford cuando dice: “Como ellos no tenían un sistema propio que imponer a sus sujetos, estaban dispuestos a adoptar y combinar sistemas de todas partes”. Norberg se refiere a casos similares como el Califato Musulmán, la China de Confucio, la Italia del Renacimiento, la República Calvinista Holandesa, la Ilustración y la Revolución industrial. El elemento común a todas estas culturas y su época de oro fue el haber estado abiertas a nuevas ideas, personas, tecnologías y modelos comerciales; sin embargo, la Historia lo demuestra: las sociedades abiertas, no tribales, lo son mientras todo marcha bien. Tienden a cerrarse cuando surgen problemas, porque los problemas dan miedo, y cuando las personas se asustan, cierran las puertas y ponen muros a todos los que no estén dentro de su tribu.

No se imagina uno lo que será el mundo en diez años. Este de hoy es un mundo globalizado en el que la información se riega a la velocidad de la luz, y se comparte y es gratis, gracias a internet. Tenemos acceso a las tecnologías que se desarrollan en otras partes, y el ejemplo lo estamos viviendo con la vacunación mundial. Unos cuantos, en algunas partes del mundo, descubrieron como salvarnos a todos. Este es un ejemplo de cooperación internacional.

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