Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

La historia del litio, la droga más común para tratar el trastorno bipolar

La manía es una enfermedad relativamente común, pues afecta a una persona entre cien. Los enfermos sufren mucho porque no pueden dormir, son hiperactivos, gastan dinero en exceso, corren riesgos, hablan mucho, para caer luego en una profunda depresión; mejor dicho, enloquecen a los que viven alrededor de ellos. Los maníacos sin tratamiento se suicidan con una tasa de diez a veinte veces mayor que la de la gente normal.

La manía tiene cura desde hace solamente setenta años. Antes de su descubrimiento, los afectados de trastorno bipolar tenían que soportar los altibajos en el ánimo, que además van aumentando con el tiempo, muy destructivos para ellos, para sus familiares y amigos. El litio es consistentemente el tratamiento más efectivo para este desorden siquiátrico y por tanto más recomendado.

Hace unos 70 años, el psiquiatra australiano John Cade descubrió el litio, medicamento que todavía hoy mejora los síntomas del trastorno bipolar. Durante los tres años que pasó en Changi, Singapur, como prisionero de guerra durante la Segunda Guerra Mundial, observó que en sus compañeros de prisión se podía notar una relación clara entre la falta de vitaminas y los trastornos mentales y físicos. Entre sus observaciones notó el vínculo entre la falta de vitamina B y el beriberi, y entre la falta de otras vitaminas y minerales y la pelagra. Cuando la guerra terminó, Cade regresó a Australia y se dedicó a investigar, usando la orina de los enfermos mentales. Se proponía saber si había algún componente en esta relacionado con los síntomas de la manía, la esquizofrenia o la depresión. Con precarios medios y sin tecnología, en una sala del Hospital Mental de Repatriación Bundoora, Cade inyectaba en las cavidades abdominales de ratones de laboratorio muestras de las orinas recolectadas. La orina de las personas con manía era más tóxica que las de los otros enfermos: hacía que los conejillos de indias murieran rápidamente.

Desde el siglo XIX, el litio se conoce, pues se usaba para tratar la gota. Cade notó que al mezclarlo con la orina, la volvía menos letal. Además, observó un comportamiento extraño en los ratones: estos perdían el miedo al laboratorista y se mostraban adormilados y relajados. Este efecto hizo que se decidiera a utilizar el litio en sus pacientes que, para su sorpresa, mejoraron con el tratamiento. En 1949, Cade informó sobre su descubrimiento al Medical Journal of Australia, pero sin éxito. Él sabía que de diez pacientes que había tratado, la mitad había podido regresar del hospital a sus hogares. Siguió investigando con otros productos y no logró nada. Un año más tarde abandonó su descubrimiento debido a que uno de los enfermos murió envenenado, pues la dosis terapéutica del litio es casi la misma que la dosis letal.

El psiquiatra danés Mogens Schou también investigaba con litio. Quería curar a su hermano que sufría de manía. En 1950, Schou y su colega, el siquiatra Poul Baastrup, realizaron una serie de experimentos con litio, pero bajo condiciones más estrictas y rigurosas. Hicieron un ensayo clínico controlado, que en términos científicos se llama de doble ciego, con el producto y un placebo. Finalmente, comprobaron la eficacia del medicamento. Su estudio fue publicado en The Lancet, en 1970. El hermano de Schou fue el primer beneficiario del extraordinario y sencillo descubrimiento. Es una lástima que John Cade hubiera abandonado su proyecto antes de recoger los frutos.

(P. C. Baastrup et al. Lancet 296, 326–330; 1970).

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