Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

¿Hacen arte los animales?

Congo (chimpancé) - Wikipedia, la enciclopedia libre

De Congo, el chimpancé que pintaba.

Esta pregunta hace pensar a muchos en los elefantes que pintan flores, que uno puede ver en YouTube, o en esas pinturas abstractas pintadas por Congo, el chimpancé que el etólogo Desmond Morris entrenó, o en los pobres perros que aprenden a bailar al compás del son. Esos casos solo demuestran una cosa: que algunos animales pueden aprender torpemente a ejecutar alguna acción humana (a propósito, qué injusto es con los animales obligarlos, a látigo y recompensa, a aprender acciones que solo tienen sentido para nosotros).

Hay tipos de peces y de aves que ejecutan acciones en una clara competencia entre los machos, para que las hembras los premien con el derecho a la cópula (para los artistas machos de la especie humana, una de las razones de la búsqueda de éxito es el mismo de las otras especies: tener acceso a muchas hembras).

Entre los peces, el pez globo japonés es un artista consumado cuyas construcciones en el manto marino desafían lo imaginable. Sus herramientas son la cabeza y las aletas. Hace composiciones que parecen resultado de complicados algoritmos matemáticos, y las hembras son jueces implacables que solo le permiten fecundar los huevos al mejor artista.

Entre las aves, los performances varían muchísimo: nidos, cantos, bailes. En las aves polígamas, las mismas que despliegan coloridas plumas en el ritual de seducción, los machos se aparean y desaparecen, no ayudan en la crianza de los polluelos. En sus cuerpos, en su perfección, colorido y lustre está encarnada la obra de arte, pero son vulnerables a la depredación por ser llamativas. Para ser más bellas, tienen que ser capaces de alimentarse bien, y contar con un sistema inmune extraordinario que las defienda de los parásitos y de todo agente que dañe el colorido y fineza de las plumas. Las podríamos llamar las artistas del vestido, aunque lo que portan sea por completo genético. Los machos compiten entre ellos con su belleza, y su tarea mayor en la vida es exhibirla. Los ejemplares más hermosos están entre las aves del paraíso. Es increíble saber que evolucionaron a partir de una criatura opaca, parecida a un cuervo. Gracias a la selección sexual de las hembras, estas aves se fueron transformando en obras de arte, dignas del paraíso, como su nombre lo indica. Existen más de cuarenta tipos de aves del paraíso, y no se sabe cuál de todas es más hermosa y extravagante.

Otras aves compiten en la construcción de sus nidos utilizando destrezas mentales como son creatividad y sentido del orden. En general, casi todos los nidos de las aves, hasta los más sencillos, nos parecen bellos, delicados y perfectos. Los pergoleros, llamados también tilonorrincos, son muy famosos porque hacen construcciones complicadas y grandes en proporción a su tamaño, con adornos de colores y de diversos materiales.

Cito a Jonathan Weiner (Tiempo, amor, memoria, del Círculo de Lectores, 2001):

“Los tilonorrincos o pájaros jardineros machos de Australia y de Nueva Guinea no entonan prodigiosas canciones ni exhiben vistosos plumajes. En cambio, construyen glorietas o emparrados, bonitos y pequeños refugios, cada especie según su propio diseño. Algunos los construyen al estilo de las cónicas tiendas de pieles de los amerindios, con ramas apoyadas contra un pimpollo, que los ornitólogos llaman «palo de mayo». Otros construyen lo que se conoce como «avenidas» o «pistas» adornadas con ramas, adonde invitan a las hembras para que paseen por el pasillo central. El jardinero satinado pinta las paredes con una ramita que sostiene en el pico a guisa de pincel; elabora los pigmentos con frutas masticadas y carbón vegetal mezclándolos con su propia saliva. Otros pájaros jardineros añaden orquídeas frescas a su obra. Tiran las flores viejas y marchitas todos los días y decoran la pasarela de cortejo o «jardín» nupcial con flores nuevas. Los machos destrozan las glorietas de sus rivales, roban las flores de los otros machos e incluso a veces irrumpen en medio de la cópula de otras parejas. El jardinero satinado, que tiene los ojos de un azul claro, decora su glorieta pintada con cualquier cosa azul que pueda encontrar, según el ornitólogo Frank Gill. ‘Una glorieta estaba decorada con plumas de loro, flores, fragmentos de vidrio, de loza con dibujos, trapos, hule, papel, billetes de autobús, envolturas de caramelos, fragmentas de la ruedecilla giratoria de un piano azul [sic], una taza azul de niño, un cepillo de dientes, cintas de pelo, un pañuelo orlado en azul y bolsas azules de la colada’”.

Las hembras inspeccionan el nido, lo recorren, y deciden si el macho vale la pena. Hay decenas de ejemplos cautivantes, recomiendo ver la serie Dancing with Birds, en Netflix, para ver a estos artistas ejecutando sus acciones.

El manakin (en español saltarín) utiliza un ayudante para ejecutar su danza, pero solo el pájaro alfa se aparea, en caso de tener éxito. La coreografía funciona entre dos: saltan entre las ramas, cambian el ritmo, dan volteretas.

El llamado gallito de las rocas baila en grupo, en el que todos muestran el trasero emplumado y se estremecen al tiempo que cantan para llamar a las hembras. Las damiselas miran desde lo alto, mientras los machos, muy bellos y exuberantes, de plumaje color anaranjado brillante, se “revuelcan” en el suelo. Cuando la hembra alfa se decide, copula solo con uno. La sorpresa es que ese, escogido por ella, es el único que aceptan las otras hembras. Es el efecto de la popularidad, muy común entre las aves. El ave escogida por la de más alta jerarquía en el grupo es la más valiosa para todas. Ese es el atractivo del muchacho popular del colegio: todas las niñas están enamoradas de él, y los otros parecen invisibles.

Los cantos de las aves se pueden considerar otra forma más de arte. Cito mi artículo Canto de aves y belleza:

“El estado hormonal de la hembra es definitivo en su respuesta emocional al canto del macho. Los machos cantan más que las hembras; incluso, hay especies cuyas hembras no cantan. Las hembras de los gorriones de zonotrichia (Zonotrichia capensis) responden a las canciones de cortejo solo si su estradiol plasmático está alto, o sea, si están listas para la reproducción. Los machos responden a la estación de cortejo cantando desaforadamente, compitiendo; y cantan más si sus niveles de testosterona son altos. Los machos de la reinita de Pensilvania (Setophaga pensylvanica) cantan canciones de batalla a las cuatro de la mañana, a veces hasta en grupos de más de veinte aves; cada pájaro hace una variación y antes del amanecer el concierto se trasforma, pues la intención de pelear y retar a los otros machos se convierte en la de seducir a las hembras. Para las aves, cantar es vital para su supervivencia y reproducción; para los humanos, la música la sentimos como vital, pero en realidad no sabemos el porqué. Sí sabemos que reduce el conflicto, que facilita el contacto o acercamiento social y que las canciones de cuna calman a los niños. Aunque nunca he leído un estudio sobre el tema, me atrevería a afirmar que en la edad reproductiva, sobre todo en la adolescencia, la música es más importante para los humanos que en cualquier otra etapa de la vida. La gente mayor, en promedio, prefiere el silencio. El canto de las aves es creativo en muchos casos, cuando agregan fragmentos de la propia autoría que no se han aprendido a través de la copia. Ahora bien, cantar en dúo no es solo de humanos. Ambos sexos del alcaudón africano (Lanius senator) cantan en dúo; prefieren las combinaciones consonantes a las disonantes, y la estructura polifónica de sus cantos guarda una increíble similitud con los primeros intentos del arte de la polifonía. El musicólogo Joan Hall-Graggs (Thorpe, 1983), al referirse al pájaro campana de Etiopía (Procnias tricarunculatus), que canta en dueto antifonal con su pareja, escribe: ´Parece que sus cantos contuviesen excesos armónicos; sin embargo, es la clase de armonía a la cual el hombre aspiró y en la cual, probablemente, Mozart alcanzó el pináculo´”.

 

¿Hacen arte los animales? La respuesta mía es sí, y con parámetros muy parecidos a los de los humanos, pues ellos, como nosotros, perfeccionan sus habilidades para superar lo estándar, y las exhiben. La complejidad varía; sin embargo, tenemos que aceptar que no somos buenos jueces de las acciones y obras de arte de los animales, pues apenas entendemos de qué se tratan. Los cantos de las aves son complejos y tienen aspectos que se salen del mundo auditivo nuestro, ya que sus gargantas o siringes producen dos fuentes independientes de sonido al mismo tiempo (no tenemos por qué pensar que lo que vemos o escuchamos es lo mismo que aprecian los animales que juzgan). Los animales que hacen arte y nosotros que hacemos algo parecido: optimizamos las habilidades, las capacidades y los objetos para la función para la que los hemos creado, y hacemos juicios independientemente, dentro de nosotros y también en el contexto de la cultura.

La cultura humana es compleja; y no solo eso, nuestras mentes están diseñadas para entenderla. Por eso el producto artístico del animal humano nos parece tan distinto del de los otros animales. Además, las aberraciones de la cultura pueden llevar el producto artístico a la función de no tener función: hacemos arte para hacer arte, y que no sirva para nada más. La naturaleza también llega a extravagancias incomprensibles. Y, además de que hoy hacemos arte sin otra función que la de ser arte, también hemos hecho y hacemos arte para enseñar, seducir, entretener, dar placer, hacer reflexionar, transmitir mensajes de toda índole, aumentar la compasión e incluso el odio, que en sus propiedades llegan a ser obras de arte.

 

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