Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Dar sepultura

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos. (Antonio Machado)

“Buen viaje” y “Descansa en paz” son dos frases que uno oye decir con frecuencia cuando alguien muere. Ninguna de las dos tiene mucho sentido, pues no hay viaje y no hay descanso. La muerte es el final de la vida, de la existencia para el muerto, es el final absoluto. Lo que era conciencia, orden y vida se convierte en desorden o entropía irreversible. Lo que era orden molecular, se convierte en desorden molecular. La materia y la energía no se crean ni se destruyen, pero sí se trasforman y lo hacen en una cierta dirección, no en otra.

Al que ha muerto no lo volveremos a encontrar más que en nuestra memoria y en las representaciones que hemos hecho o guardado: libros, fotos, grabaciones. El que ha muerto no descansa, porque algo que no existe no puede actuar. Uno nunca dice que alguien que no ha nacido descansa.

El muerto solo vive en nuestra imaginación, solo regresa en las películas y solo espanta a las mentes ingenuas. La cultura de hoy no ha creado el soporte narrativo ni ha ajustado el rito a conceptos racionales sobre la muerte. Las ceremonias laicas son todavía pobres. Las ceremonias no inventan el discurso en el momento, no improvisan. Este existe de antemano, para ser dicho de forma leída o de memoria. Las ceremonias necesitan guion, para ser convincentes. Las ceremonias requieren arte: espacio especial, performance definido, texto y música. Uno entiende que el dolor sicológico invita a esperar ante el muerto, invita a tener una luna de miel del dolor. Invita a tener un rito de despedida, quizás para darnos tiempo de convencernos de que en verdad el otro ha desaparecido para siempre.

¿Por qué es tan perturbadora la muerte?, ¿qué ventaja biológica puede tener la tristeza —el hecho de que nos derrumbe de pena moral el paso de los seres queridos a la inexistencia? No lo sabemos, pero quizás sea un mecanismo de enseñanza que nos dice indirectamente: no cuides a los tuyos, llega a perderlos (con el costo biológico que trae) y ya verás lo que vas a sufrir. La aversión a la perdida, conocido sesgo humano, es un mecanismo que nos hace cuidar lo que tiene valor, aunque se extienda a casi todo; incluso, a lo que no tiene valor.

Los neandertales enterraban a los muertos (hace 100.000 años). Lo primero que se le ocurre a un cerebro que reflexiona es observar el cadáver durante unos días, para buscar señales de vida. Y, ante la descomposición de la carne, poner tierra encima para tapar el olor y a los gusanos. Luego, poner piedras encima para que los animales carroñeros no encuentren el cuerpo. Es probable que los dólmenes hayan surgido de esta necesidad.

dolmen

Tendemos a volver más complejas ciertas acciones y protocolos, hasta que se vuelven insoportablemente largos, complejos y costosos (en función de la jerarquía social). Como somos animales sociales y jerárquicos, los entierros se magnifican con el valor social del muerto. Las pirámides son las formas más costosas de enterramiento; el cuerpo en el sudario, el sudario en el ataúd de madera, el ataúd en el cofre, el cofre en la sepultura de piedra, la sepultura en la cámara, la cámara en medio de la pirámide. Las mezquitas no se quedan atrás. La momificación es definitivamente una manera de preservar al otro, al menos su cuerpo. Congelarlo es otra, no usada culturalmente (la preferida de Richard Kuklinski y de Jeffrey Dahmer, “el caníbal de Milwaukee”), pero que se ha dado por azar con los cuerpos que se han quedado atrapados en el hielo como fue el caso de Ötzi (fallecido en 3255 a. C.).

Hoy, en Occidente se crema. Los budistas creman desde tiempos atrás, los indígenas ecuatorianos quieren que los pongan en una vasija de barro, los hindúes prenden una hoguera con el cuerpo, poniéndola sobre una balsa y echándola al mar. En el Tíbet existe una forma de sepelio impactante: llevan al fallecido a una montaña, para que los buitres se lo devoren.

En el duelo y en el dolor no estamos solos, lo sienten también los elefantes, los simios superiores y las orcas. Pero a estos, el dolor no los ata a la Tierra, a nosotros, sí.

 

 

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