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Publicado el Ana Cristina Vélez

Crisis ambiental y educación. Reflexiones sobre Otro fin del mundo es posible. Parte tres

El capítulo cuatro del libro Otro fin del mundo es posible, de Alejandro Gaviria (2020), trata sobre la crisis ambiental. Es un capítulo hermoso y muy importante, pues los gobiernos, los colegios y las personas no han puesto la atención que deberían a la crisis más importante de las que se tienen al frente. Se pasan por alto sus verdaderas y catastróficas dimensiones. El coronavirus llegó para quedarse a vivir entre los humanos, pero la crisis mundial que ha generado pasará. En cambio, las consecuencias del calentamiento global, el envenenamiento de los mares y del aire que respiramos y la superpoblación (con el consumo que conlleva) son los verdaderos problemas del mundo, que no estamos resolviendo como deberíamos.

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Santa Cruz del Islote o el Islote, la isla más poblada del mundo. Foto, revista Semana

Ante esto, y con la actitud indolente de los gobiernos, ¿otro fin del mundo será posible? Hay que ser optimistas realmente para creerlo. En su último libro, En defensa de la Ilustración, Steven Pinker (2018) nos muestra con datos que hay muchos aspectos en los que la vida humana ha mejorado; incluso, él confía en que hay soluciones para el calentamiento global. Sus datos muestran un progreso innegable, pero persiste el problema del calentamiento y los causantes, como son la superpoblación y el gasto desmedido de recursos naturales. Ojalá no se equivoque Pinker, y no sea demasiado tarde para el hombre.

Me estoy adelantando al capítulo cinco, en el que Gaviria reflexiona sobre las reflexiones de Huxley sobre la educación. La educación escolar necesita reformas, cambio de pensum. En los colegios, los niños deberían estar familiarizados con los problemas importantes del mundo, como el recién mencionado. Cada niño debería interiorizar la idea de que es parte de un todo con el que debe convivir en armonía. Cada niño debería saber cómo se mantiene el equilibro ecológico y lo que puede hacer como individuo para proteger el Planeta. En el colegio no sería nada difícil enseñar el amor por la naturaleza y por los seres vivos: bastaría mostrar las series extraordinarias de David Attenborough para enamorarse de la asombrosa vida en la Tierra.

La teoría de la selección natural, según el filósofo Daniel Denett, es la mejor idea que alguien haya tenido jamás. Tiene razón. Por eso, debería ser conocida por todos, y desde jóvenes. Es una teoría potente que ayuda a comprender muchas cosas, empezando por la biología, y siguiendo por aspectos de la cultura y del comportamiento humano, como especie. Las lecturas escolares deberían incluir El origen del hombre y El origen de las especies, los dos libros más famosos de Charles Darwin. No importa que con el tiempo la teoría haya sufrido ajustes.

Y vayamos al tema de la conciliación de las dos culturas, para añadirle al libro de Gaviria, que TED, la página de conferencias para todo el mundo, muchas con traducción al español, ha hecho esfuerzos por llevar las ideas de la Ciencia a la gente común; así mismo, John Brockman, en su página, Edge.org, expone temas científicos, sofisticados, de importancia, con especialistas (que usan palabras sencillas hasta donde les es posible). Brockman ha tenido el propósito de acercar las dos culturas: las humanidades y las ciencias. El curador de arte y director de la galería inglesa Serpentine, Hans Ulrich Obrist, se ha propuesto integrar la ciencia en el arte, haciendo un esfuerzo que ha sido interesante y polémico.

En el capítulo cinco, sobre la educación, Gaviria nos cuenta una anécdota de la vida de Huxley, que es como de película. Se queda uno pensando sobre el verdadero sentido y fin de la honestidad, y sobre el sentido de la integridad. Si una mentira no hace daño a nadie, ¿por ser mentira, debería de todos modos omitirse solamente por cuestiones de integridad? En su libro Lying (2011), Sam Harris defiende el valor de la verdad sobre la mentira en todos los casos, y sin excepciones. El tema es de muchísimo interés, y se presta para discusiones acaloradas e interesantes. No sé si Alejandro Gaviria ha leído el libro de Sam Harris.

La bondad o maldad de un acto pueden juzgarse en términos de los daños o el bienestar que este genera, pues juzgarlo en términos absolutos, creo, no tiene mucho sentido; por ejemplo: no es lo mismo robarle 5000 pesos a un vendedor de aguacates, que a un banquero.

En el libro Otro mundo es posible se argumenta sobre la importancia de la verdad, tema que también debería discutirse en los colegios. Es un deber de la sociedad dar herramientas al niño para que sea capaz de verificar la información, descubra los intereses que puede haber detrás de cualquier afirmación, y pueda así evadir toda forma de proselitismo y de dogmatismo. Y aunque ser jerárquicos está en las bases biológicas humanas y, por tanto, el elegir líderes y seguirlos, sería ideal que se nos enseñara a juzgar, antes de seguir ciegamente a quién sea, se trate de un líder político, religioso o un personaje de la farándula. Y otra vez, es necesario educar el escepticismo, y una actitud crítica frente a las modas, y hacerlo desde temprano, pues es muy importante aprender a leer la realidad con distancia, sin confiar y sin acostumbrarnos a tolerar lo que hace daño.

El nacionalismo, tan aclamado por los políticos cuando se ponen la mano en el pecho y gritan: “mi patria”, no es loable. Hay que verlo como un aspecto animal del comportamiento humano, ante el cual Gaviria dice: “El nacionalismo, como lo muestra el mundo actual, puede ofrecerles a unos cuantos una identidad consoladora, pero no mejora el mundo, todo lo contrario, representa un retroceso. En suma, ninguna ideología o doctrina constituye en sí misma un avance” (p 110).

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