Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Actos con propósito oculto

Los que llegan tarde, los que incumplen una cita, los que prometen en vano, los que gritan, los que contradicen sin razón, los que critican, los que hacen ruido, los que rompen cosas, los que ensucian, los malhumorados, se ganan la enemistad de los demás, la irritación del prójimo. ¿Se pregunta uno, por qué lo hacen a sabiendas de que les acarrea problemas? ¿Por qué no se controlan, más aún, porqué parecen no quererse controlar?
Algunas causas son evidentes, a veces se quiere buscar el conflicto por rabia hacia el otro, pero quedan las causas no evidentes: hay cerebros que necesitan estimular la corteza pre frontal y buscan sin que medie la voluntad algo que los excite, los despierte, los estimule y los ayude a concentrar. Buscan la pelea, recibir un buen grito, que se excite el cerebro, se active la corteza pre frontal, como ayuda indirecta para mejorar el déficit de atención, poder trabajar y concentrarse mejor. El grito equivale a mojarse la cara con agua fría cuando se está somnoliento.
El éxito en la propia vida, no el social ni el económico, que no tienen nada que ver con esto, la felicidad, llamémosla así, es encontrar las mejores fórmulas para activar el cerebro en las áreas de la recompensa y de las emociones positivas, y desactivarlo en las áreas de castigo, estrés y malestar.
Suponga el lector que es poseedor de un cerebro que se aburre, naturalmente se aburre. Los estímulos que son “suficientes” para otros son insuficientes para él. Entonces, ¿qué ocurre? que esa persona busca las novedades, corre riesgos, tiene aventuras, necesita cambiar de aires, etc. Supongamos lo contrario, un cerebro sobre auto estimulado. Su dueño no quiere cambios, encuentra novedades en la diferencia entre dos atardeceres y en la forma literaria de dos novelas. Pasa el día haciendo aparentemente lo mismo, un trabajo rutinario, y se siente feliz un domingo oyendo una sinfonía o con un crucigrama en la mano, sin necesidad de más retos o novedades.
Otra de las manías del cerebro es encontrar una buena razón para preocuparse “falsamente”, para así poder “evadir” una preocupación mayor. Por ejemplo el cerebro hipocondriaco de una mujer que descansa de su preocupación persiguiendo a un novio infiel. Ella cambia el miedo de perderse a sí misma por el miedo de perder a otro; al fin y al cabo el otro es reemplazable y ella no. O darse un golpe, quemarse con un cigarrillo para tener dolor físico y distraer la angustia sicológica.

El castigo indirecto. El sujeto sufre de una culpa que no se confiesa a sí mismo: entonces busca meterse en un lío, no sabe en realidad por qué actúa así, pero obtiene un castigo. Y el castigo le da paz. Un hombre cobarde no sabe cómo deshacerse de su esposa, le es infiel sin sentir verdadero interés en la amante, o decide quejarse de su esposa porque es insoportable la forma como corta los tomates. Le encuentra un defecto grave que por años le fue invisible; desvía la verdad que no es capaz de enfrentar: ya no la quiere, una verdad simple. El sentido de responsabilidad y lealtad no lo dejan pensar en la verdad, la oculta para sí mismo y para ella. El problema genera la deseada separación, el sujeto logra evadir la responsabilidad.

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