La llamada ola verde nació como un intento de romper con los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, un periodo en el que la izquierda no logró consolidar un proyecto democrático capaz de disputarle el poder. Fue Lucho Garzón, Sergio Fajardo y Antanas Mockus quienes levantaron la bandera de una tercera vía, distinta tanto de la herencia uribista como de la izquierda representada en ese entonces por Carlos Gaviria. De allí surgió una fuerza política que se convirtió en el Partido Verde, con incidencia nacional y local.

El problema vino después. El crecimiento del partido atrajo nuevos liderazgos y propuestas que poco a poco se alejaron de ese centro mesurado con el que había nacido. El aval verde se convirtió en un pasaporte para cualquiera que quisiera entrar en la política, sin importar si compartía realmente la idea original.

La colectividad empezó a oscilar entre discursos de izquierda y derecha, sin construir una ideología sólida ni un plan programático claro. Se refugiaron en lo políticamente correcto, moldeando sus posturas según la coyuntura. En ese terreno ambiguo salieron a relucir viejas figuras de dudoso pasado, como Carlos Ramón González (Exmiembro de la guerrilla del M19), antiguo directivo del partido, el senador Iván Name, el Ministro Antonio Sanguino y la exConsejera Presidencial, Sandra Ortiz; todos ellos relacionados con el escándalo de corrupción en la UNGRD.

La maleabilidad de sus líderes y candidatos los llevó a contradicciones evidentes. Respaldaron a Gustavo Petro para llegar a la presidencia y luego lo atacaron porque cumplió lo que prometió. Se acomodaron según la tajada que les ofreciera el gobierno de turno: apoyaron a Santos mientras tuvieron ministerios, criticaron a Duque y a Peñalosa porque no recibieron lo suficiente, y han alternado ataques y defensas a Petro y Carlos Fernando Galán dependiendo de la conveniencia.

La máxima confirmación de esa maleabilidad fue la Alcaldía de Claudia López, quien constantemente tenía encuentros y desencuentros tanto con Iván Duque, como con Gustavo Petro. Dependiendo cómo su partido o su figura luciera en los reflectores nacionales o en los nombramientos atacaba o guardaba silencio. Ahora, ella busca pintarse de un centro con el que nadie se siente a gusto porque más allá de ser tibieza es extrema comodidad y correctísimo político.

El Partido Verde, que alguna vez representó la esperanza de un cambio con mesura y la construcción de una Colombia distinta, terminó convertido en una fábrica de avales. Una colectividad que perdió el centro y lo transformó en un espacio de acomodo, útil para quienes buscan poder sin importar la coherencia ideológica.

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