EL PRESIDENTE PETRO, ENTRE LA CONFRONTACIÓN Y LA RECONCILIACIÓN

Hernando Llano Ángel.

El presidente Gustavo Petro en sus discursos y acciones oscila entre la confrontación y la reconciliación. Así lo demostró en su última alocución presidencial desde el corregimiento El Salado, en donde las AUC cometieron una devastadora masacre entre el 16 y 21 de noviembre del 2000, asesinando a 60 campesinos en total indefensión. Semejante terror produjo el desplazamiento de familias campesinas y a ello siguió el despojo de sus tierras, que luego fueron adquiridas a bajo precio por hacendados y empresas como Argos, que duramente fustigó el presidente Petro por su indolencia y avaricia oportunista. En efecto, 18 fallos judiciales de restitución de tierras ordenaron a Cementos Argos devolver 1.224.8 hectáreas, según recuento judicial de la revista CAMBIO.  Pero, a renglón seguido, Petro invocó la necesidad de la reconciliación: “he puesto como horizonte la reconciliación, un acuerdo nacional he dicho, pero un acuerdo nacional no es que las víctimas se arrodillan; un acuerdo nacional no es que el pueblo humilde, entonces se pone a implorar limosna. Acá se necesita la indemnización, la reparación”. Sin duda, no hay reconciliación social sostenible si ella no se afirma sobre la restitución de los derechos de las víctimas y la verdad de lo sucedido, si no se les restituye a los campesinos su condición de ciudadanos plenos y dejan de ser tratados como una servidumbre que solo tiene deberes frente a sus patrones y no goza ni siquiera del derecho de propiedad sobre su terruño. Como tampoco alcanzaremos la reconciliación política sin la conversión de los enemigos en el campo de batalla en adversarios en la arena política. Por ello, el primer paso que deben dar todas aquellas organizaciones que se reclaman portadoras de proyectos políticos es cesar de inmediato toda acción violenta y hostil contra los civiles, empezando por respetar la vida y libertad de todos los candidatos y candidatas que realizan campaña para las próximas elecciones regionales del 29 de octubre y las de los electores que concurrirán a las urnas. La reconciliación política no germina en los campos de batalla y la violencia, allí muere y se entierra.  Precisa sobre todo coherencia entre las palabras empeñadas en las mesas de diálogo y las acciones realizadas en la vida pública. No es tanto fruto de la imposición militar, sino más bien de la concertación política. Es un resultado de la persuasión y el convencimiento de todas las partes, no de la rendición o claudicación de una de ellas. En fin, como se dice que lo expresó Don Miguel de Unamuno en su claustro de la universidad de Salamanca al general franquista Millán de Astray, en una versión todavía objeto de controversia sobre lo acontecido ese 12 de octubre de 1936: se trata de “convencer y no de vencer”, pero para ello “hay que persuadir, y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha, así descalificó Unamuno la violencia del bando nacionalista: “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. En efecto, de eso se trata en la democracia, y es lo que está intentando Petro con su política de “Paz Total”, convencer a todos, empezando por los alzados en armas, pero también a quienes pretenden frenar de tajo sus reformas sociales apelando a una oposición furibunda que busca su deslegitimación e ingobernabilidad. Una tarea cada día más difícil e incierta para un rebelde que se desempeña como presidente.

Un Rebelde de Presidente

Esa tensión permanente entre confrontación y reconciliación, revela la compleja y ambivalente identidad política del presidente. Petro no puede dejar de ser ese rebelde concejal y activista del M-19 de Zipaquirá, pero tampoco puede renegar de su actual condición de presidente de la República, que encarna la unidad nacional, artículo 188  de la Constitución Política, y debe “garantizar los derechos y libertades a todos los colombianos”. Y si a ello sumamos rasgos de su personalidad protagónica y su liderazgo ecológico, que se proyecta internacionalmente como un Mesías que salvará el planeta, quizá comprendamos las dificultades que tiene para cumplir sus citas y el manejo caótico de su agenda presidencial. Tremenda paradoja, en su intento porque Colombia sea puntual políticamente con la democracia y la vida, su presidente es un impuntual incorregible en el presente. Esa impuntualidad y misterioso ausentismo presidencial, que tanto desvela a la oposición política y por ello reclama con urgencia exámenes médicos –con la esperanza de confirmar graves problemas de salud o supuestas adicciones inimaginables– puede tener más relación con la urgencia histórica de su dispersa agenda reformista.  Una agenda que no logra priorizar por abarcar desde lo más terrenal, como la reforma agraria inaplazable, hasta lo más cercano a lo celestial, como la Paz Total y la reconciliación nacional. Ahora, Petro intenta acotar esa ambiciosa agenda reformista con el comodín del “Acuerdo Nacional”, una carta de difícil aceptación en período preelectoral y más con sectores descentrados de una oposición radicalizada que busca a toda costa el fracaso del Pacto Histórico e incluso apunta a la defenestración presidencial. Una oposición que delira con volver a gobernar e impedir a como de lugar el avance de reformas que son inaplazables, pues todas ellas buscan el reconocimiento y el goce efectivo de los DESCA (los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales), sin los cuales ninguna sociedad moderna puede aspirar a vivir en paz y en democracia.

De la confrontación a la concertación

Sin duda, la vía para avanzar en el logro de ese “Acuerdo Nacional” pasa por la concertación. Para facilitarla,  la oposición debe superar esa confrontación intransigente que busca la ilegitimidad presidencial por la vía judicial y utiliza a la Fiscalía como ariete, para así torpedear su gobernabilidad e incluso la culminación de su mandato. Pero también el Ejecutivo debe aceptar que es imposible avanzar hacia la reconciliación sin reconocer la necesidad de realizar reformas por la vía de la concertación, incluso la transacción, y no mediante la imposición. Tal como lo hizo con la reforma tributaria. Aceptar que la democracia se juega y avanza gracias a los acuerdos parciales y se desgasta y muere en la búsqueda de máximos objetivos, impuestos por hegemonías y coaliciones partidistas. Quizá así pueda superarse esa oscilación irritante y frustrante entre una confrontación permanente y una reconciliación imposible, que cada día profundiza más la desesperanza y sepulta en fosas comunes y tumbas anónimas la vida de miles de colombianos. Porque la mayoría de colombianos no queremos seguir deambulando como  zombis electores entre urnas y tumbas, perpetuando este letal “régimen electofáctico” y aspiramos por fin a vivir como auténticos ciudadanos, ejerciendo plenamente nuestros derechos. Derechos hoy usurpados y conculcados a las mayorías por quienes se apropian de lo público en nombre de la “democracia” y de numerosas organizaciones violentas que no cesan de extorsionar, intimidar, desplazar, confinar y matar, bajo raídas banderas de una revolución extraviada hace muchos años en la manigua de ideologías anacrónicas y por codicias sin límite en la disputa de mercados ilícitos. Ese es el mayor desafío del “acuerdo nacional”, que no es otra cosa que un acuerdo democrático, al parecer imposible de comprender y alcanzar, porque grupos delirantes alzados en armas han convertido su utopía en la distopia de la guerra y los negociados ilícitos, mientras los dueños del establecimiento han confundido la democracia con la seguridad y prosperidad de sus negocios, reduciéndola a una injusta y voraz mercadocracia. Hoy agitada por  Javier Milei en Argentina y promovida por Bukele con sus megacárceles y el Bitcoin en El Salvador. Es la hora de reinventar la democracia en clave ciudadana, social y telúrica, antes  de que los mercaderes y los criminales la desaparezcan del pluriverso político. No por casualidad Trump y Putin son tan buenos amigos. Incluso algunos candidatos y candidatas en Colombia aspiran a encarnar y representar esa funesta trinidad política formada por Milei, Bukele y Trump, una monstruosidad de librecambismo anárquico con autoritarismo político. Eso sería cabalmente la hecatombe política y la tierra ubérrima para más violencia, la prosperidad de los de siempre, el despojo impune de miles de campesinos y la pobreza de muchos citadinos.  Es la añoranza por el retorno de los tres huevos envenenados: “seguridad jurídica, confianza inversionista y  cohesión social”, fórmula de esa  “democracia de emprendedores y hacendadados”, cuya identidad es a la vez  sólida, brutal y fantasmagórica, parecida a los negocios de Argos en Montes de María, según el informe de la Comisión de la Verdad.

PD: Para mayor información y comprensión, abrir y leer los enlaces en rojo.

 

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