(Artículo para EL PAÍS, el periódico global, sección América-Colombia, 8 de marzo)
Desde luego que las mujeres con su inteligencia, creatividad, libertad, sensibilidad y capacidad transformadora de la realidad están mucho más allá de las urnas. En las urnas no se agotan y mucho menos caben sus aspiraciones y horizontes de sentido, como igual nos acontece a los hombres, cuando estamos empeñados en afianzar con su compañía valores democráticos como la igualdad y la dignidad de todas y todos, más allá de los intereses limitantes de la competencia del mercado y la codicia de unos pocos que a todo le ponen precio.
Pero también es verdad que solo cuando ellas conquistaron su derecho al voto, después de abnegadas y tenaces luchas en las que derramaron sin límite “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”, es que pudieron empezar a ser libres, para afirmar sus identidades y diferencias con los hombres, quienes les impidieron durante milenios su plena humanidad al negarles sus derechos a la libertad y la igualdad política. “Las sufragistas”[i], película dirigida por Sarah Gravon, presenta esa lucha épica de las mujeres británicas que conquistaron su derecho al sufragio en 1928. Porque sin posibilidades reales de elegir, más allá de las constitucionales y legales, no existe libertad política y mucho menos la democracia.
Más allá del voto
Pero no existe libertad del voto cuando se está bajo el dominio y control de un poder patriarcal que le señala a la mujer por quién debe votar, qué debe pensar y hacer. Tampoco cuando prejuicios de orden ideológico o religioso le impiden pensar y decidir por sí misma. Mucho menos cuando se vive bajo amenazas de actores armados. Tampoco el voto es libre cuando se pierde la posibilidad de ejercerlo en la subasta de la compraventa de votos o se restringe sutilmente su ejercicio para conservar un empleo público o privado. En todos esos casos el voto pierde su sentido político y se degrada, se corrompe, pues no puede ejercerse con libertad. Se convierte así en un instrumento de dominación en manos del patriarcado, de minorías violentas, de partidos que controlan la burocracia estatal y de plutócratas que financian candidatos testaferros al servicio de sus intereses en las corporaciones públicas y el poder ejecutivo. Entonces esa igualdad legal de elegir que todas las personas tenemos frente a la urna: “una persona, un voto”, desaparece una vez depositamos nuestro voto en ella. Bien por condicionamientos previos como los anteriores o, posteriormente, cuando nuestros representantes deciden en nombre nuestro y, muchas veces, contra nuestros intereses y valores, pues su lealtad primaria suele estar con sus financiadores y no con nosotros como ciudadanos electores.
La metamorfosis democrática
Así pasamos, casi sin darnos cuenta, de la igualdad de poder elegir a la desigualdad de no poder decidir, pues esa competencia y facultad, que es la que más cuenta, la hemos delegado en quien hemos votado. Tal es la mayor debilidad y fuente de desprestigio de la democracia liberal representativa. Nos reconoce plena igualdad legal ante las urnas para elegir, pero nos arrebata casi totalmente la igualdad para poder decidir. Esa igualdad queda en manos de unos pocos, la de los y las elegidas, cuyas decisiones expresadas en leyes y políticas sociales a todos nos afectan a favor o en contra. Así las cosas, la democracia deriva en partidocracia, pues serán las mayorías y minorías que integran los partidos quienes decidirán en el Legislativo y el Ejecutivo. Y si esos partidos son rehenes de empresas y conglomerados privados que generosamente los han financiado, entonces esa democracia se convierte en una plutocracia que gobernará para esos contados patrocinadores y en función de sus limitados intereses, lo cual se conoce desde Aristóteles como oligarquía, el gobierno de unos pocos al servicio de ellos mismos. Pero si además de lo anterior, como sucede en nuestra realidad, también entran en juego numerosos y cuantiosos aportantes ilegales a las campañas políticas, estaríamos frente a la cacocracia, el gobierno de los cacos, los más diestros y siniestros candidatos en robar la confianza ciudadana para ponerla al servicio de sus cómplices e inconmensurables ganancias ilegales y legales, como sucedió con Odebrecht y la UNGD, los casos más recientes. Sin olvidar los anteriores: Agro-ingreso seguro y Reficar, los más cuantiosos de todos.
Desde y más allá del 8 de marzo
Esa terrible y decadente metamorfosis de la democracia es lo que está en juego este 8 de marzo, para mayor ironía en el día internacional de las mujeres. Ironía y a la vez paradoja, pues han sido ellas desde lo público y lo privado quienes colectivamente y como movimiento social más han aportado a la humanidad a recobrar el sentido profundo de la política: la vida, la libertad, la igualdad y la paz. Y lo continúan haciendo en todos los lugares y todo el tiempo, especialmente en Palestina, Irán y Ucrania contra la violencia y la brutalidad patriarcal de mandatarios como Trump, Netanyahu y Putin, para solo nombrar los más destacados, pero también contra credos religiosos, prejuicios, estereotipos y aberraciones como el club de Epstein que pretenden convertirlas en adminículos hermosos al servicio de la voluntad y el placer masculino, tanto en oriente como en occidente.
Entre muchas mujeres que se rebelaron contra tal destino, vale la pena recordar dos brillantes y valientes: Marguerite Yourcenar en la literatura y Hannah Arendt en la teoría política. Escuchemos sus lúcidas voces, comenzando con Yourcenar: “Cuando se trata de educación, o de instrucción, estoy por supuesto por la igualdad de los sexos. Si se trata de derechos políticos, no solo de voto, sino de participación en el Gobierno, estoy también más que de acuerdo, aunque dudo que las mujeres puedan, no más que los hombres, mejorar mucho la detestable situación política de nuestro tiempo, a menos que unas y otros, y sus métodos de acción sufran un profundo cambio”. Y Arendt, refiriéndose al significado de pensar, nos dice algo especialmente pertinente en estos tiempos de IA y catástrofes bélicas en curso: “Lo único que puede ayudarnos realmente, en mi opinión, es réfléchir, reflexionar. Y pensar significa siempre pensar críticamente. Y pensar críticamente significa siempre estar en contra. El pensamiento viene siempre, de hecho, a minar todo lo que pueda haber de reglas fijas, de convicciones generales, etc. Todo lo que acontece en el pensamiento está sometido al examen crítico de lo que hay. Es decir, no hay ideas peligrosas, por la sencilla razón de que el propio pensamiento es en sí mismo una empresa peligrosa…En cualquier caso, yo creo que no pensar es todavía más peligroso. No niego con ello que el pensamiento sea peligroso, pero si afirmaría que no pensar es mucho más peligroso aún”. Sin duda, un par de reflexiones totalmente válidas antes de votar o para dejar de hacerlo el próximo domingo 8 de marzo, según sea la mayor o menor capacidad crítica de pensar que tengamos.
No vote sin pensar
Millones, casi sin pensar, lo harán por candidatas y candidatos profundamente retardatarios y patriarcales, que exacerban sentimientos como el miedo, la desconfianza y el odio y ofrecen la fuerza y la seguridad como la solución a todos los problemas. Candidaturas que defienden con fiereza animal una idea de patria que rima más con la defensa de su patrimonio personal y casi nada con la prosperidad de la comunidad y la convivencia nacional. Candidatos que promueven sus aspiraciones al Congreso en vallas donde aparecen en compañía del patriarca Uribe y le juran lealtad filial, pues para ellos la política es ante todo una empresa al servicio de su tradición, su familia y su propiedad. Afortunadamente hay más opciones entre las cuales el pensamiento crítico puede elegir y en últimas hasta decantarse por el voto en blanco, si considera que ninguna candidatura merece su confianza porque no promueve sus objetivos con claridad, coherencia y factibilidad. A fin de cuentas, lo que hay que tener presente antes de votar es que la política vale, tiene sentido y legitimidad más por los medios que utiliza que por los fines que promueve, así como los candidatos merecen o no nuestra confianza por la coherencia entre sus palabras y acciones tanto en el pasado como en el presente. Es lo mínimo que deberíamos tener en cuenta antes de votar.
[i] https://co.video.search.yahoo.com/search/video?fr=mcafee&p=pelicula+britancica+las+sufragistas&type=E210CO1490G0#id=1&vid=d61adf3b0b66248aaf236b8e38a6f652&action=click
Hernando Llano Ángel
Abogado, Universidad Santiago de Cali. Magister en Estudios Políticos, Pontificia Universidad Javeriana Bogotá. PhD Ciencia Política, Universidad Complutense Madrid. Socio Fundación Foro Nacional por Colombia, Capítulo Suroccidente. Miembro de LA PAZ QUERIDA, capítulo Cali.