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Perfidia es mucho más que un hermoso y desesperado bolero sobre una amante infiel y un amor traicionado. Puede ser, también, la balada desesperada y postrera de nuestra esquiva paz política nacional. Una paz que no logramos alcanzar porque ella sea como esa amante pérfida e infiel, sino por desconocer su compleja y exigente personalidad. En este último caso, por querer someterla violentamente para que complazca nuestros deseos y vivir seguros, satisfaciendo todas nuestras expectativas y despojándonos de nuestras inseguridades y miedos. Por la forma como nos relacionamos con ella, pero sobre todo por la diversidad de pretendientes insatisfechos que la asedian y persiguen, es muy probable que la paz no sea pérfida e infiel, sino más bien que lo sean quienes desean poseerla y dominarla. Muchos de ellos quieren poseerla en forma exclusiva y absoluta, solo para su disfrute, como si fuera su propiedad privada. No reconocen que uno de sus rasgos identitarios es la libertad y su rechazo a ser poseída en forma excluyente, satisfaciendo solo a unos pocos amantes. Menos comprenden que se brinde a todos por igual, sin por ello ser frívola y estar disponible al mejor postor en el mercado sexual. Incluso, algunos prevalidos por su posición social, privilegios y cultura, se creen predestinados a llevarla al altar y convertirla en una esposa sumisa y fiel, que les proporcionará una descendencia hermosa y feliz por generaciones sin fin.

La PAZ privada

Así, la paz termina siendo una amante deseada por todos, disputada permanentemente, hasta convertirse en una propiedad privada que termina siendo defendida con la guerra. Es más, se define su alcance en los campos de batalla. Exagerando, podría decirse que termina siendo víctima de un feminicidio cometido por amantes crueles, posesivos y depredados, que intentan justificar su crimen con los más inverosímiles argumentos: “amor a la patria”, “defensa de la democracia”, “el Estado de derecho”, la “libertad” y hasta “Cristo Rey”. Entonces la amada y deseada paz es sacrificada en muchos altares y campos porque sus innumerables amantes y pretendientes son incapaces de amarla sin poseerla en forma exclusiva y excluyente. Solo desean que los ame a ellos en la medida de sus intereses sociales y valores personales. Para algunos, complaciéndolos generosamente, cuidando y conservando sus propiedades, privilegios y familias eternamente. Por eso, confunden la paz con la seguridad, la revisten con trajes camuflados y la protegen con ejércitos de escoltas, pues consideran que es la única forma de conservar su fidelidad, así sea eliminando potenciales pretendientes, que la asedian constantemente.

La PAZ raptada

Para otros, que son mucho más numerosos y ella no les proporciona ni siquiera una mirada por estar despojados de atributos económicos, ser demasiado pobres y hasta considerados feos e inferiores, la paz se convierte en una obsesión tan oprobiosa como deseada, por la que están dispuestos a morir y hasta matar con tal de poseerla algún día. Entonces grupos radicales, cansados de su desprecio y soberbia, la pretenden en forma más o menos violenta, la acosan y amenazan, hasta llegan a raptarla, secuestrarla y violarla. En estos casos, la paz también termina ultrajada, extorsionada y muchas veces desaparecida en nombre de la “justicia social” y la “soberanía nacional”.

La PAZ extraviada

Por esa disputa insensata, a pesar del Acuerdo de Paz firmado hace 16 años entre el Estado y las Farc-Ep, es que la PAZ POLÍTICA sigue extraviada, pues no hemos podido comprender que ella es una amante exigente y se resiste radicalmente a ser poseída en forma exclusiva y excluyente, bien sea por minorías o mayorías políticas, así reclamen más derecho que los demás con títulos de abolengo o propiedad, racial o incluso de superioridad moral, invocando alguna ideología, creencia religiosa o hasta la misma democracia. Y ello no puede suceder porque la PAZ POLÍTICA es hija legítima de la democracia, del respeto a la dignidad e igualdad de oportunidades y derechos de todas las personas, sin importar su condición social, credo religioso, etnia, nacionalidad, género o diversidad sexual, así hoy algunos gobernantes y conversos de última hora se consideren superiores a todos los demás y pretendan a punta de prejuicios, odios y escudos, con sus armas de destrucción masiva y egolatrías vergonzosas, poseerla en forma violenta y abusiva en nombre de la seguridad nacional. Olvida semejante manada de ególatras soberbios e ignorantes que la PAZ es el derecho a la libertad y la igualdad, imprescindibles para la fraternidad humana y por lo tanto jamás tolerará estar sometida al dictado de un amante, sea una nación, una clase, una ideología o un gobernante, así cuente con la mayor fuerza militar del mundo y el auxilio de la IA o la “Superinteligencia”, propia de quienes personalmente carecen incluso de empatía y se comportan como fieras depredadoras de toda la humanidad.

Hernando Llano Ángel Avatar

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