De allí que la mayor paradoja del régimen sea precisamente que las elecciones generan una metamorfosis política teratológica, pues transforman la virtuosa democracia en una corrupta cacocracia. El más claro ejemplo de lo anterior es Donald Trump.
De allí que la mayor paradoja del régimen sea precisamente que las elecciones generan una metamorfosis política teratológica, pues transforman la virtuosa democracia en una corrupta cacocracia. El más claro ejemplo de lo anterior es Donald Trump.

El régimen político, obviamente, es mucho más que las instituciones formales y sus gobernantes electos, aunque en todas partes aparezcan como sus representantes visibles y protagónicos. Pero, en la realidad de la vida cotidiana, el régimen es el conjunto de mediaciones, tanto las institucionales, formales y legales, como las informales y más o menos ilegales, que en últimas determinan quiénes gobiernan, cómo lo hacen, qué intereses sirven y a quiénes terminan favoreciendo con sus políticas y decisiones. Es, por tanto, un conjunto muy vasto y complejo de relaciones, que va desde los aspectos más visibles, apareciendo el Estado con todos sus rituales e instancias de representación como el más perceptible y ostentoso, hasta las relaciones más invisibles, simbólicas y prosaicas que sostenemos en los ámbitos políticos y sociales. Esas relaciones las vivimos, la mayoría de las veces, sin ser conscientes de ellas, pero son las que terminan configurando y consolidando el régimen en su conjunto, los gobernantes electos y sus decisiones políticas. El régimen está presente en expresiones personales y coloquiales de muchas personas que dicen: “mi filiación política es de derecha, izquierda o centro”. Pero también en otra más común: “soy apolítico, pues no creo en los políticos, todos son corruptos”. Como si ser miembro, afiliado o militante de un partido, movimiento político o ideología fuera un legado familiar que se transmitiera por la sangre de padres a hijos (filiación), en lugar de una decisión consciente y voluntaria, que se afirma afiliándose o desafiliándose de un partido, movimiento o ideología diferente al de los padres. Pero, aún más lejana de la realidad, es la expresión soy apolítico, pues nadie puede vivir sin aire, sin agua y por donde transitar, todo lo cual depende directamente de las decisiones políticas que tomemos o dejemos de tomar. Dichas expresiones hacen parte sustancial de todos los regímenes políticos y definen precisamente su existencia, instituciones, gobernantes y la calidad de vida de los miembros en una sociedad.
Jaime Garzón y el edificio Colombia
Todo ese entramado de relaciones de lo público con lo privado y personal es el régimen político. Así nos lo revelaba Jaime Garzón cada fin de semana con humor y lucidez, infiltrándose en el edificio “Colombia” con su pléyade de personajes del País Nacional: Heriberto de la Calle, Néstor Eli, Dioselina Tibaná y el compañero John Lenin, que con sus peroratas develaban la impostura y falsedad de los protagonistas del País Político, encarnados por el sempiterno Godofredo Cínico Caspa[i]. Ese Godofredo es hoy superado por la desfachatez ultramontana de quien gobierna desde Bogotá y otras sucursales presidenciales, realiza por el país espectaculares giras dantescas entre cadáveres y regaña en Pereira a damnificados en medio de escombros del terremoto, comportamientos más propios de un sádico cómico que de un jefe de Estado. Todo ello sucede gracias a las elecciones, pues ellas son la institución formal y la gran tramoya que oculta tras bastidores, casi a la perfección, las otras instituciones informales que definen la gobernabilidad efectiva.
Tras la Tramoya Electoral
Esas instituciones son una miríada de poderes que van desde el respetable entramado financiero y empresarial que articula discreta y legalmente a los poderes de facto de economías más o menos ilegales, como el contrabando, el narcotráfico, la minería, la trata de personas y demás recursos procedentes de bandas criminales, hasta los millones deVotos promovidos por persuasivos y fanáticos pastores cristianos que definen en las urnas a los ganadores. De allí que la mayor paradoja del régimen sea precisamente que las elecciones generan una metamorfosis política teratológica, pues transforman la virtuosa democracia en una corrupta cacocracia, gobernada por los más diestros personajes que suelen ganarlas en casi todo el mundo. El más claro ejemplo de lo anterior es Donald Trump, cuya gobernabilidad está en vilo y dependerá del resultado de la elección el próximo 3 de noviembre, que lo puede dejar gravemente convaleciente con su amada MAGA y todas sus argucias, incluidas la “Doctrina Donroe” y su “Escudo de las Américas”. Quizá el triunfo de Lula sobre su protegido Bolsonaro sea una premonición de su próxima derrota frente a los demócratas.
Régimen Electofático
Por eso, el régimen que actualmente predomina en muchas latitudes se caracteriza por la realización de elecciones en donde los poderes de facto, aquellos que escapan al escrutinio, la deliberación y el juicio ciudadano –aupados por las redes sociales y la IA– definen quiénes ganan, cómo gobiernan y al servicio de qué sectores de la sociedad. Por todo ello, debería llamárselo Régimen Electofáctico en lugar de democrático y cuenta para su gobernabilidad con un Estado cacocrático que sustituye el Estado de derecho, como acontece bajo las administraciones de Trump, Netanyahu, Putin y sus emuladores de extrema derecha en nuestro subcontinente. Obviamente, lo hacen como expertos prestidigitadores, guardando las apariencias, a punta de decretos y medidas especiales, invocando incluso la voluntad popular y también la divina, pues todos se consideran predestinados para salvar sus naciones y la humanidad entera. Son amigos y defensores a ultranza de las elecciones, porque saben bien que ganándolas se revisten de aparente legitimidad democrática, pero prescinden de ella desde sus palacios gubernamentales o cuando son derrotados, alegando fraude. Por eso, se puede afirmar, que son elecciones contra la democracia y su real existencia.
Elecciones contra la democracia
Ese tipo de elecciones se realizan en nuestro país periódica e ininterrumpidamente desde 1957 y son para la mayoría de colombianos la prueba irrefutable de la existencia de la democracia y por eso la proclaman con orgullo nacionalista como la más estable y profunda del subcontinente, desde el Estado, los medios de comunicación y hasta la Academia. Poco importa que esas “elecciones libres” se realicen siempre bajo la coacción de la violencia directa de grupos armados ilegales, desde la extrema derecha a la izquierda, en vastas regiones rurales o azuzando la violencia simbólica del miedo al “narcoterrorismo”, a la “guerrilla” o el “castrochavismo” -convertidos en temibles fantasmas siempre presentes– que condicionan de entrada las decisiones de las mayorías. Con mayor razón, cuando aparecen candidatos que periódicamente prometen poner fin a la inseguridad y la criminalidad, liderando una “guerra sin cuartel” contra los criminales y corruptos. Tampoco importa que durante las campañas sean asesinados precandidatos y candidatos, variando solo la importancia de los mismos y la de sus partidos, para que se hable de magnicidios. Ni hablar de la práctica mercantil de la compra-venta de votos y conciencias. Y, mucho menos, de los costos de las campañas electorales de los candidatos ganadores y los compromisos adquiridos con sus generosos financiadores, que luego cumplirán lealmente desde el gobierno, favoreciendo sus intereses corporativos, empresariales y hasta criminales, en desmedro de los generales, como manda la Constitución desde el artículo primero. Por todo lo anterior no es una exageración afirmar que el régimen es la corrupción, mucho más que un asunto de algunos partidos o la personalización maniquea e hipócrita de los adversarios de turno, de la que siempre hacen gala en campaña todos los candidatos y juran solemnemente erradicar con grandilocuentes consignas como “No más tolerancia con la corrupción”, “No más casa por cárcel” y de ñapa “No más impuestos”. Ya es hora de dejar tanta ingenuidad y reconocer que el problema de fondo no es la corrupción sino propiamente ese régimen electofáctico con su Estado cacocrático.
Cacocratas gobernando
Por eso, una vez están gobernando, hacen todo lo contrario y dan así continuidad a la impostura de sus campañas, llenas de promesas demagógicas, con el beneplácito de sus electores, que bien saben serán irrealizables y, sin embargo, votaron por ellos, con tal de derrotar a sus contrincantes, a quienes consideran enemigos y una amenaza para sus intereses y vidas. De esta forma, casi imperceptible, la democracia se corrompe desde las campañas electorales y se convierte, gracias a los votos de la mayoría, en una auténtica cacocracia, pues se sustenta en el robo, más o menos consentido, de las ilusiones, necesidades, intereses y expectativas de millones de electores. Electores cuya mayoría va a las urnas a ganar, pensando exclusivamente en sus propios intereses y aquejados por sus miedos o alentados por odios y prejuicios con la ayuda de la IA, sin considerar para nada las consecuencias. Consecuencias que, para la vida de todos, es decir, la vida pública, representan candidatos cuyo pasado es más que cuestionable y de la noche a la mañana aparecen transfigurados como incorruptibles salvadores de la Nación, la Patria y la Democracia. Los ejemplos abundan, pero el más representativo en esta crisis histórica y global de la democracia es, sin duda, Donald Trump, que en las elecciones de medio término del próximo 3 de noviembre enfrentará su mayor desafío, pues su MAGA cada día hace a los norteamericanos más pequeños, desesperados, frustrados, irascibles, menos grandes y poderosos, como les prometió que sucedería con su America First.
Corrupción y cacócratas regionales
Ese contexto explica la predilección de Trump por sus mascotas regionales, el “Tigre” en Colombia y la conversa capitalista Delcy Rodríguez en Venezuela, así como su apoyo incondicional al candidato de la extrema derecha en Brasil, Flavio Bolsonaro, derrotado en segunda vuelta por Lula, conteniendo así el avance de su Doctrina Donroe y su banda de depredadores de tierras raras, minerales críticos y petróleo por toda Sudamérica. Por eso, cabe preguntarse si el incorruptible Tigre los emulará y pronto desvinculará el Estado colombiano de la Corte Penal Internacional, después de su respaldo a la ocupación ilegal de los altos del Golán por Israel, condenada por la ONU y la comunidad internacional y del traslado de la embajada colombiana a Jerusalén. En tal caso, entraríamos a formar parte de la que podríamos llamar la Internacional más corrupta y criminal de la historia reciente. La Internacional Caco-Teocrática-Ciber-Bélica (ICTCB)[ii]. Teocrática, pues la trinca de Trump, Netanyahu y Putin, está respaldada por pastores y jerarcas de sus correspondientes iglesias y diferentes credos, que los presentan como profetas salvadores de sus naciones. Y Ciberbélica, ya que cuenta con la ayuda invaluable de la IA y sus portentosos conglomerados cibernéticos como puntas de lanza en sus guerras hibridas y depredadoras.
Teocracia y Transhumanismo
Jerarcas y pastores que en sus sermones y rituales los alaban y ponderan ante sus feligreses como líderes invencibles de sus naciones y de su grey. Les aseguran que en la batalla final de Armagedón vencerán a sus enemigos y herejes, poco importa que perezca media humanidad, pues el bien siempre triunfa sobre el mal: “los buenos siempre somos más”, sobre todo ahora que disponen de plataformas digitales insuperables, robots, drones y misiles indetectables para derrotar a la legión malévola del wokismo internacional. Claro, eso solo será posible en MAGA si son leales a sus líderes republicanos y se comportan como buenos y obedientes ciudadanos-feligreses en las urnas el próximo 3 de noviembre. Solo así estarán protegidos por ICE y el Escudo de las Américas de esas hordas infrahumanas del mal que amenazan con invadir su país. Porque una vez esas hordas ingresen a sus territorios, reclamarán en todas partes y todos los días igualdad de derechos y dignidad, invocarán una tal Declaración Universal de Derechos Humanos, una inaplicable Carta de Naciones Unidas, una ineficiente y costosa ONU, reducto de miles de burócratas y abogados incompetentes, que nada saben de geopolítica y menos de negocios internacionales. Para colmo, ahora pretenden, con su “corrupta” Corte Penal Internacional, limitar la soberanía de la trinca de la ICTCB, investigar y juzgar la conducta impecable de cada uno de sus integrantes y desconocer que ellos están más allá de todo efímero Derecho Internacional como nuevos emperadores y depredadores del mundo. No se puede tolerar tanta osadía y desafío a la ICTCB y su soberano derecho al despojo y la impunidad, fundamentos del nuevo orden internacional necropolítico y escatológico. Menos atender la llamada de científicos lunáticos y de anacrónicos líderes que le temen a la IA, esa “Superinteligencia” de Trump. Tampoco cabe escuchar a los apocalípticos ecologistas y a los nuevos predicadores de una imaginaria “Magnifica Humanitas”, todos ellos enemigos del transhumanismo[iii], que nos convertirá en seres superiores, “posthumanos” incorruptibles, gracias a la IA y las nuevas biotecnologías.
[i] https://co.video.search.yahoo.com/search/video;_ylt=A2RRY0aYT95qPzwGNcurcgx.;_ylu=Y29sbwN1cy1lYXN0LTEEcG9zAzEEdnRpZAMEc2VjA3Nj?type=E210CO1490G0&p=godofredo+cinico+caspa&fr=mcafee&turl=https%3A%2F%2Ftse3.mm.bing.net%2Fth%2Fid%2FOVP.Ceeva7vq_1rlNVhgADledAEsDh%3Fpid%3DApi%26w%3D296%26h%3D156%26c%3D7%26p%3D0&rurl=https%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3D9Jr6Zm5Eu2c&tit=Jaime+Garz%C3%B3n+-+Godofredo+C%C3%ADnico+Caspa%2C+sobre+Alvaro+Uribe&pos=01&vid=9023452038698e84bf5f596da22e2db1&sigr=z5yfR32oH4pZ&sigt=heZf_nmlqOYA&sigi=hrPPwFstea2s
[ii] https://cambiocolombia.com/puntos-de-vista/articulo/2026/10/la-internacional-necropolitica-y-escatologica?fbclid=IwY2xjawVK-ZBleHRuA2FlbQIxMABwZG9mBWJyaWQRMU9EMm9KSWJBdDlhRFpGb0NzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEeiZiWx2V9ar2qzs0qFZsEplkJS55l5LPB4skMOsKgFxcaiNkZd-E-6u_EEWI_aem_j5vSoiiL_guLba-bHQWHkw
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